El premio mayor

Por: Danielopski

 

 

El letrero de focos amarillos de la Lotería Nacional anunciaba el número ganador: 16844. En cuanto Julián lo vio, supo que correspondía a la serie que siempre vendía y lo mejor, sabía quién era su cliente: Rodolfo, un niño de 10 años e hijo de un comerciante, que venía  comprando un cachito con ese mismo número varios sorteos atrás. Era el año de 1958 y desde que comenzó a trabajar como boletero –hacía 20 años– nunca había vendido el que le pegara al premio mayor.

Julián tomó un taxi rumbo a casa de la familia Medina en la colonia Industrial. Tocó la campana con desesperación, eran casi las 12 de la noche, y adentro se encendió una luz. Don Eliseo Medina se asomó por la ventana. Los perros de toda la cuadra comenzaron a ladrar.

—¿Quién carajos toca así? —gritó Don Eliseo.

—Soy yo, Julián el boletero, baje por favor, Don Eliseo.

—¡Qué manera de tocar es esa! ¿Pasó algo Don Julián?

—Sí, pasa que el niño Rodolfo se ha sacado la lotería.

Don Eliseo se quedó como estatua viendo la silueta de Julián; por años había comprado lotería, pero ante su “mala suerte” lo había dejado de hacer. Su esposa Carmen, se acercó a la ventana preguntando qué pasaba. —Que el niño se ha sacado la lotería —dijo con serenidad su marido. 

Doña Carmen comenzó a gritar de emoción y en el alboroto sus hijos e hijas se fueron despertando; salieron de sus camas como espantados.

—¡Qué pasa, qué pasa! —gritaban  mientras bajaban las escaleras.

Licho –el hermano mayor– fue directito a abrir la puerta. Todos bajaron menos Rodolfo, el menor de los 7 hijos, que dormía en el cuarto del abuelo y quien había comprado el boleto a escondidas de sus padres, ya que tenía prohibidísimo gastar en lotería los centavos que ganaba haciendo mandados.

Julián entró, el corazón se le salía y apenas pudo decir: —Estoy seguro que el número ganador fue el que le vendí al niño, lo sé porque tiene varios sorteos comprándome el mismo.

Las tres hermanas –Carmelita, Lupita y Lourdes– empezaron a gritar “somos ricos, somos ricos”.

—Bueno pues, vayan y despierten al niño, yo voy por el cinturón, bien le dije a este escuincle que no comprara boletos de lotería —dijo Don Eliseo.

Al instante tenía la mirada de todos encima y se hizo un silencio en la sala.

—Por esta ocasión se la vamos a pasar, últimamente se porta bien y saca buenas notas —dijo Don Eliseo con una autoridad reposada.

Las miradas se hicieron sonrisas, y subieron corriendo hasta el cuarto del abuelo. Encendieron la luz y despertaron al niño. “Hermanito, hermanito, despiértate”, decían las hermanas; “hijito levántate por favor”, decía Doña Carmen. Rodolfo tenía a su alrededor a 9 personas que lo veían casi como santo.

El abuelo apenas abrió los ojos y comenzó a maldecirlos haciendo un esfuerzo por levantarse de la cama.

El niño no lograba despertarse completamente, estaba un tanto espantado. Julián se dirigió a él: —Rodolfo, ¿te acuerdas del boleto de la lotería? El 16844 ha salido ganador.

Rodolfo volteó a ver a su papá, sabía que lo habían cachado.  Volteaba a ver a todos con tanto miedo que no podía hablar, se imaginaba los cinturonazos de Don Eliseo  y metió media cara en las sábanas.

—Mi niño, no te apures, nomás dinos dónde está el boleto —dijo la mamá acariciándole la cabeza. Nadie le quitaba la mirada de encima. El abuelo se paró al lado de la cama mientras Licho, Sergio y Salvador –los hermanos mayores– abrían desesperados los cajones en busca de ese pedazo de papel.

—Me lo comí —respondió el niño. El silencio fue sepulcral.

Carmelita, la hermana mayor, soltó una carcajada. El abuelo comenzó a toser por la impresión y escupió al suelo, murmuró: —Chamaco baboso.

—Podríamos buscarlo en su caca —sugirió Lupita.

Todos comenzaron a hablar dirigiéndose a Rodolfo, hasta que Don Eliseo gritó: —¡Cállenseeeeeeee¡¡¡¡¡¡¡… A ver Rodolfo, ¿cómo que te comiste el boleto? No te lo pudiste haber comido, hijito por favor, nomás dinos dónde está —dijo tragando saliva con dificultad.

El niño empezó a llorar.  Y pasó de héroe a villano en fracción de segundos.

—Siempre dije que este muchacho estaba tonto —se resignó Licho sobándose la cabeza.

—La culpa es tuya papá, por regañarlo tanto —dijo Carmelita, la hermana mayor.

—Nunca vamos a salir de pobres —lamentó llorando la señora Carmen.

—Por tu culpa no voy a poder ir a la universidad —dijo Lupita cruzando los brazos.

—Podemos ir a que le abran la panza, ahí lo debe de traer —sugirió Sergio, quien estudiaba medicina en la UNAM. 

Todos opinaban hasta que Salvador levantó el pantalón del niño y metió la mano a la bolsa.

—¡Aquí está el boleto! —y lo puso a contra luz, y efectivamente era el 16844—, eres un hermano muy envidioso, querías el premio para ti solito —le dijo dándole un zape.

Luego, todos le dieron pamba… “envidioso” “mal hermano” “ahora si le voy a dar unos cinturonazos”

—Cállenseeeeee¡¡¡¡¡ —ahora gritó la madre—, si no fuera por mi niño, no nos hubiéramos sacado la lotería, si no quería darnos el boleto es porque tú, Eliseo, le ibas a dar una friega.

El niño estaba llorando sentado en la cama con las sábanas hasta las narices.

—Hermanito, fuiste muy inteligente al comprar ese boleto —dijo Lourdes abrazándolo.

—Perdón, campeón —se disculpó Sergio sacudiéndole el cabello.

—Chamaco menso —dijo el abuelo escupiendo al suelo nuevamente.

Los ánimos se calmaron en el cuarto y Julián los invitó a que fueran a ver el letrero que anunciaba el número ganador: —Pero por favor, vamos al edificio de la lotería para que vean que es cierto lo que les estoy diciendo.

—¡Sííí! —gritaron todos.

—Acuérdense que darle el 10 por ciento del premio al que lo vendió les dará mejor suerte— volvió a decir Julián y todos se quedaron callados.

—Bueno, levántate canijo que vamos a ir por ese premio —dijo Licho arrancándole las sábanas a su hermano el más pequeño.

—Sí, levántate —Salvador lo cargó en hombros por toda la casa… “Ro-dol-fo, Ro-dol-fo…” gritaban sus 6 hermanos y sus papás; el niño sonreía y se sentía el héroe de la familia.

Todos se subieron a la camioneta destartalada que usaban para el trabajo. La familia tenía un negocio llamado La Macarena, vendían recuerdos para bodas y primeras comuniones en La Merced, mismos que hacían en un taller que tenían instalado en casa. Fueron todos apretujados directo hasta el edificio El Moro en Paseo de la Reforma, y mientras llegaban, fueron gastándose el dinero imaginariamente.

—Cuando cobremos el premio, vamos a poner un gran negocio en mero Insurgentes, vamos a vender los recuerdos más finos para bodas —sentenció Don Eliseo.

—Dicen que en la zona nueva de Satélite, por donde acaban de inaugurar las torres, hay unas casas bien bonitas —dijo la señora Carmen—, nos mudaremos para allá.

—Yo me quiero comprar un rolsrois —dijo Licho mientras manejaba por Avenida Insurgentes.

—Yo voy a hacerme actriz de cine y me iré a vivir a jaligud —dijo Carmelita.

—Que les parece si nos vamos de vacaciones a Acapulco, quizá compramos una casa ahí donde María Félix tiene la suya —dijo Sergio.

—Por fin vamos a comprarnos una tele, mejor que la que tienen los vecinos, también me voy a comprar un canguro para saltar, un hula hula y un…. —decía Lupita cuando Lourdes la interrumpió: —Yo quiero que me compren una casa de muñecas.

—Y tú mi niño ¿qué quieres? —le preguntó la Señora Carmelita a su hijo Rodolfo.

—Quiero que me compren un circo con leones y elefantes.

Todos soltaron una carcajada. —Tú serás el enano del circo —bromeó Salvador dándole un zape.

—A mi llévenme a ver una corrida de toros a Las Ventas —el Abuelo siempre pensaba en la fiesta brava.

—¡Sí! —exclamó Doña Carmen—, nos vamos todos en barco a las europas.

—Y estando allá, vamos a ver un partido del Real Madrid —dijo Salvador.

—Imagínate, ver a Darío Estéfano, dicen que mide 2 metros —dijo Sergio agitando  los puños. 

—Se llama Alfredo, Alfredo Di Stéfano —corrigió Licho—, y mide 2 metros 15, dicen que es un porterazo.

—Es delantero, baboso —ahora corrigió Salvador.

—No se olviden del que vendió el boleto.

—A usted, Don Julián, le vamos a dar esta camioneta —dijo Don Eliseo—, y nos vamos a comprar una Chevrolet último modelo.

—Bueno, ya de perdis.

El abuelo comenzó a tararear pasos dobles con emoción, imaginándose viendo corridas de toros en España.

Iba a dar la una de la madrugada, dentro de la camioneta todo era felicidad. Cantaban y le echaban porras a Rodolfo.

—Oiga Don Julián ¿seguro que ese fue el número que vio en el anuncio de focos, verdad? —preguntó Don Eliseo quien venía en el lado del copiloto.

—Se lo puedo jurar por mi madrecita santa.

—Pero si su mamá ya se murió —recordó Carmelita—, mejor júrelo por alguien que quiera mucho pero que esté vivo.

—Por mi gato el Chacuaco, por él se los juro —Julián besó la cruz que hizo con los dedos.

—Que no se nos olvide ir a dar gracias a la Basílica, este es un regalo de la Virgen de Guadalupe —dijo Doña Carmen.

—¡Ahí está el edificio de la Lotería! —dijo Julián.

—Es gigante.

La señora Carmen fue la última en bajarse de la camioneta. Se estaba encomendando a todos los santos y a la virgen.

Don Eliseo comenzó a buscar el boleto en su saco: —estoy seguro que aquí lo puse —dijo con ansiedad tocándose las bolsas. Todo se quedaron quietos, hubo un silencio incómodo de segundos.

—Ay, Eliseo, me lo diste a guardar —dijo la Señora Carmen sacándolo del chichero.

Todos suspiraron con alivio.

Se acercaron al letrero de focos amarillos. Nadie decía nada. La calle estaba completamente vacía. Apenas pasaban los carros. —A ver Licho, vamos a ver si lo que dijo Don Julián es verdad —ordenó Don Eliseo.

—¡Vamos papá! Claro que es el mismo número —dijo Salvador.

—Hay que estar bien seguros.

Todos opinaban nerviosos: “tenemos el 16942”, “no, era el 16847”, “18646”, “no es el mismo”, “dejen ver el boleto”, “que sí es”.

—A ver, cállense —dijo la señora Carmen desdoblando el pedazo de papel. Todo se rejuntaron haciendo un círculo al lado de ella.

El hijo mayor se separó y dio unos pasos hacia el letrero.

Rodolfo se quedó afuera y saltaba tratando de entrar al círculo. Su hermana Lourdes lo jaló y lo levantó de la cintura.

Licho comenzó a mencionar los números:

—1

—Sí —decían todos.

—6

—Sí.

—8

—Sí.

—4

—Sí.

Licho suspiró… hizo una pausa

—4

—¡Sìììììììììììììììììììì! —Eran Ricos. Los señores Medina se dieron un beso. Lourdes, Lupita y Rodolfo, los más chicos, corrían de felicidad. Julián metió las manos a las bolsas caminando para atrás.

—Véngase pa’ca, Don Julián, usted ya es parte de la familia —Don Eliseo lo llamó con lágrimas en los ojos—, le aseguro que no le faltará nunca nada.

Licho, Sergio, Carmelita y Salvador, los hijos más grandes, se abrazaban mientras saltaban. “Somos millonarios, somos ricos”, gritaban.

—Vámonos por un mariachi —dijo Salvador—, esto lo vamos a celebrar.

En esa pequeña explanada los Medina sintieron lo que era ser ricos. Sintieron que la vida de arduo trabajo se difuminaba y que vendrían mejores carros, mejores casas, mejores escuelas… mejores tiempos. En sus cabezas visualizaron las cosas que estaban por venir.

—A celebrar se ha dicho —sentenció Don Eliseo con una alegría que jamás había experimentado.

Julián vio cómo la familia se dirigió nuevamente a la Chevrolet destartalada a la vez que vio salir a un hombre del edificio. Lo conocía perfectamente bien, era Antulio, el velador, un hombre panzón de unos 65 años. Iba con su uniforme y una gorra de la lotería, cargaba una escalera. Julián se acercó a él, dejando la celebración familiar atrás.

—¿Qué pasó Antulio? ¿Todo bien?

—Julián, ¿pero qué horas son estas de andar en la calle? ¿A poco a estas horas todavía vende lotería? Mejor váyase para Garibaldi, ahí todavía hay borrachos a los que les puede vender.

Antulio acomodó la escalera junto al letrero y a Julián le comenzó a latir muy fuerte el corazón.

—No, no, aquí nada más, dando la vuelta.

Los Medina seguían eufóricos alejándose del letrero. Antulio se acomodó el cinturón lleno de herramientas y se ajustó la gorra.

—¿No trae un cigarrito que me regale?

 Julián sacó de su bolsa unos Viceroy y le ofreció fuego encendiendo un cerillo.

—¿Y esos locos?, mire nada más que escándalo se traen —dijo Antulio mientras abría una bolsa con focos. Julián se quedó callado y se le hizo chiquito el corazón mientras veía que Antulio comenzaba a subir la escalera.

—¿Qué va a hacer? —Julián preguntó una obviedad.

—Cambiar unos focos fundidos, desde ayer se me pasó y ya sabe cómo joroban aquí—balbuceó, cuidando de no tirar el cigarro que sostenía en la boca.

—¿No se podría esperar al día de mañana, Antulio?

—No, no vaya a ser que unos piensen que se sacaron la lotería.

Julián lo veía subir deseando que le cayera un rayo. Todavía alcanzaba a escuchar los gritos de los Medina arriba de su camioneta.

—Oiga, Julián —Antulio hizo una pausa a la mitad quitándose el cigarro de la boca—, ¿nunca le ha tocado vender el número ganador del premio mayor o del gordo de navidad?

—No, hasta ahorita no —dijo con profunda tristeza.

—Ya llegará el día que la suerte cambie, vender el número ganador también es una cuestión de suerte, saber que la riqueza de unos pasó por sus manos, a usted le garantiza la prosperidad.

Julián lloraba viendo desde abajo como Antulio cambiaba lentamente 4 focos fundidos. La hilera vertical se iluminaba y donde antes había un 6, aparecía un 8.

 

 

 

 
 

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