Tres paradojas en torno a la práctica anarquista contemporánea

Por: Octavio Cabrera Serrano

 

 

El presente escrito tiene como propósito desarrollar tres puntos de reflexión con base en las posibilidades y riesgos de la práctica del anarquismo en el presente contexto -en México, en el Siglo XXI-, los cuales se dividen en los siguientes momentos.

La primer parte comparte una serie de pensamientos con relación a la construcción del anarquismo como objeto de estudio, análisis e investigación dentro de las ciencias sociales, particularmente atiende a la paradoja de llegar a ciertos grupos de personas que no están familiarizados con él, pero que por su experiencia de vida e interés personal o colectivo desean saber más de esta corriente de pensamiento y, por otro lado, el riesgo de convertirse en un mero esquema ideológico al que hay que estudiar y diseccionar sin atender a su proyección y propuesta efectiva en su dimensión activa, ética y política.

Por una parte, la confusión sobre el anarquismo se refleja en los investigadores, en lo que denomino desvaríos o imprecisiones que pretenden hacer puentes entre ideas contradictorias que generan una cortina de humo sobre la anarquía. Si bien, la acracia se caracteriza por su heterodoxia al resignificarse en distintos momentos, contextos y sujetos, hay aspectos relevantes que la definen claramente: su rechazo a la autoridad y el poder esclerotizados -Iglesia, Estado, Capital, Patronos, entre otros-, su búsqueda de la libertad en tanto realización comunitaria, colectiva, grupal e individual a través de la acción directa, y la conjugación entre las acciones, las ideas y los sentimientos, de forma que plantea como horizonte la sociedad libre.

Al expresarse como un horizonte de la libre realización de la humanidad, Daniel Colson -académico francés- señala que "el anarquismo, porque no posee ni academia, ni formación habilitante, ni Papa, ni grandes sacerdotes, ni Comité Central, autoriza a todo el mundo a hablar en su nombre". Entonces, no importa si se es académico, herrero, vendedor ambulante, chatarrero o trasvesti, lo relevante es que todas y todos en nuestro libre interés seamos artífices de nuestra emancipación, así como la de quienes nos rodeas. Sin embargo, parecería que entonces dentro de la anarquía es posible hacer de todo, en este caso, en el ambito académico lo mismo puede vincularse con el pensamiento liberal de mercado, con la reforma de los tribunales de Estado, o algua otra elucubración que se venga en gana.

La primer paradoja de esta situación es que por un lado, quienes escriben sobre el tema, por una parte, lo hacen con la irresponsabilidad de no investigar sobre la filosofía, política, historia y praxis de este movimiento, dando como resultado la generación de baratijas o patrañas que poco o nada tienen que ver con la anarquía, ejemplos: el primero, es la indiferencia -o la ignorancia o la pereza intelectual- que se expresa al no hablar del anarquismo; sobre las ideas capitalistas y las marxistas se investiga profusamente, pero sobre la anarquía no hablan, omitiendo que muchas transformaciones sociales se consiguieron gracias a gente anarquista.

 

 

La segunda es solamente recurrir a los autores que han glorificado el panteón libertario: Prohudon, Bakunin, Kropotkin, Goldman, Flores Magón, Librado Rivera y la lista no rebasa a los diez nombres porque tampoco investigan a los demás. Además, en pocos casos se realizan análisis sobre la vigencia de sus planteamientos y consideran que el pensamiento anarquista se quedó estático entre el siglo XIX y el XX, desconociendo la heterogeneidad e incluso contraposiciones del anarquismo contemporáneo; como ejemplo, están los trabajos de Tomás Ibañez -vinculados al constructivismo-, Hakim Bey -anarquismo ontológico-, Alfredo María Bonnano –insurrecionalismo- u Osvaldo Bayer -anarquista pacifista-, por mencionar a algunos -por cierto, no todos europeos.

En complemento, puede observarse un interés ascendente de algunos investigadores por el pensamiento ácrata que en ocasiones derivan en trabajos brillantes ampliamente documentados que recuperan y socializan la inquietud anarquista de transformar la sociedad y se convierten en exhortos y alicientes para la reflexión y la acción; tal es el caso de la investigación realizada por Hugo Marcelo Sandoval Vargas cuyo título es La configuración del pensamiento anarquista en México, Horizonte libertario de La Social y el Partido Liberal Mexicano, editado por la Universidad de Guadalajara en el año 2010.

En otros casos, particularmente los de la historia contemporánea del anarquismo mexicano reflejan vacíos importantes, ejemplo de ello es el caso de los dos últimos capítulos del libro compilatorio El Anarquismo en México, coordinado por Olivia Domínguez Prieto, los cuales tratan sobre el Bloque Negro y el movimiento anarcopunk del extinto Distrito Federal; solo puntualizo que los trabajos carecen de indagación y pericia para analizar la trayectoria de dichas manifestaciones contemporáneas.

La paradoja que comparto señala dos caras de la situación, la primera es que este tipo de ejercicios, favorecen la domesticación del pensamiento anarquista en la medida en que este se consolidase como una línea de investigación financiada por los recursos del Estado vía CONACYT y abonar al desarrollo de las eminencias intelectuales que estén bastante lejos de asumir una actitud ácrata y tengan más interés en ampliar su currículum SIN a través de líneas de investigación alojadas en algún Colegio de posgrados o Universidad en un campo del pensamiento político que precisamente busca sacudirse la figura de la autoridad estatal.

De una forma u otra, albergar al anarquismo dentro del espectro de otras ideologías políticas de carácter emancipatorio y convertirlas en una mercancía susceptible de difundirse en seminarios, coloquios o congresos avalados por algún cuerpo académico vinculado al Estado, resta capacidad confrontativa y terminan siendo una ideología más que se puede enseñar en los colegios y no abrazarse a fin de emanciparnos de los atavismos que nos aquejan y buscarla en otros sitios y otras personas fuera de la escuela.

 

 

La otra cara muestra la necesidad de continuar investigando, analizando y reflexionando sobre el anarquismo desde distintos ángulos y desde distintas disciplinas, no como una curiosidad posmoderna e intelectualoide, sino desde tres aspectos que considero relevantes: su trayectoria y transformación etico-política, su historia, y su práctica contemporánea. No se trata de volver dogma al anarquismo y pensar que es solo para anarquistas -problema que aún no queda resuelto-, ni restringir su investigación solo a los anarquistas ni pensar que jamás hubo anarquistas en colegios y universidades -Eliseo Reclus, Piotr Kropotkin, Tomás Ibáñez, Saúl Newman o Silvia Rivera Cusicanqui, son ejemplos de la formación universitaria con una perspectiva anarquista.

Sin embargo, de la misma forma que las mujeres, los pueblos originarios y de la negritud han decidido recuperar su identidad, historia y trayectoria de una forma crítica y reflexiva sacudiéndose la intromisión de los investigadores sociales que en el mejor de los casos devuelven la tesis, monografia o video de su investigación PNPC, es importante que el anarquismo reflexione, investigue y documente su trayectoria de manera autogestionada, ejemplos, la Fundación Anselmo Lorenzo o la Red Norteamericana de Estudios Anarquistas, organismos anarquistas preocupados en recuperar y difundir el anarquismo y apoyar a investigadores anarquistas -y aquí en México, las editoriales Redez y Marea Negra se encargan de publicar textos ácratas.

El segundo punto de reflexión es lo que yo llamo la “ciudadanización del anarquismo”, esto es, la relación que este mantiene con otras luchas sociales que tienen como propósito la transformación social a partir de la interlocución con el Estado y la figura de los derechos. En este sentido, es posible identificar que distintos grupos de actores sociales interpelan al Estado o luchan a fin de que sean reconocidos como miembros del mismo en calidad de ciudadanos con pleno acceso a derechos -de las mujeres, de los niños, indígenas, entre otros- no solo desde la dimensión individual, sino a través de figuras colectivas, esto sin cuestionar la figura de control total que el Estado ejerce sobre la sociedad en general y donde más bien, la idea es transformar al Estado, no destruirlo.

En la actual situación del país, la generación de proyectos o experiencias de carácter local o regional que muestren la posibilidad de vivir sin Estado, recupera de una forma pedagógica y vivencial el aspecto confrontativo del anarquismo frente a la figura del Estado, que es aquella que no reconoce la ley y asume una posición fuera de esta, es decir, la transgrede de facto o se coloca en una posición ilegal, término que genera bastante resonancia en el eco de distintas movilizaciones sociales, puesto que algunas de ellas tienen como objetivos regular situaciones de sufrimiento social, como puede ser el abandono de niños, el tráfico de drogas, armas, personas, entre otros.

Un punto de análisis importante en este caso lo comparte Theodore Kaczynski en el texto   titulado El truco más ingenioso del sistema, al señalar que “el Sistema necesita una población que sea mansa, no violenta, domesticada, dócil y obediente. Debe evitar cualquier conflicto o interrupción que pueda interferir con el funcionamiento ordenado de la máquina social. Además de suprimir las hostilidades raciales, étnicas, religiosas y de otro tipo, también tiene que suprimir o aprovechar para su propio beneficio todas las otras tendencias que podrían conducir a trastornos o desórdenes como el machismo, los impulsos agresivos y cualquier inclinación a la violencia”.

 

 

Para ello, conduce y manipula el impulso de los movimientos sociales por rebelarse, es decir, los ciudadaniza, los vuelve legales y ahora instrumenta campañas en contra de la violencia contra las mujeres, legaliza las bodas entre personas del mismo sexo, consolida instituciones destinadas a erradicar la discriminación, la desaparición y otras situaciones de las que el Estado contribuye a crearlas, pero para mantenerlas en un margen adecuado de actividad e interpelación, requiere de la creación del consenso social, de forma que los activistas de diferentes movimientos sociales no solo actúan como los defensores del Sistema, también actúan como una especie de pararrayos que protege al Sistema al adelantarse al resentimiento popular y a sus instituciones, algo que Raúl Zibechi denomina “socialización preventiva”.

Entonces, si el anarquismo no expresa en su práctica una posición que prescinda de la figura del Estado y asume una postura dócil, restará fuerza y consistencia a la posibilidad de prefigurar espacios o situaciones que estén libres de la sombra estatal. Un punto que confronta abiertamente la lucha del anarquismo frente al Estado se expresa claramente en la liberación de los presos políticos y la necesidad de afrontar la represión, pues para ello hay que recurrir a la abogacía y a su capacidad de leer, interpretar y generar ideas que favorezcan la libertad de quienes son secuestrados por el Estado.

La importancia de vincularse con otros grupos, colectivos o comunidades que luchan por su emancipación implica una serie de encuentros y desencuentros con los mismos, la paradoja radica en que la búsqueda de la presencia del Estado a través de la protección por la vía de la ley y los derechos en sus múltiples presentaciones para buscar una vida libre, los ejemplos de las movilizaciones controladas se consolidan en distintas experiencias, una de ellas son las leyes de Derechos y Cultura de los Pueblos y Comunidades Indígenas que a grandes rasgos acartonan y restringen las formas de crear autonomía, gobierno y relaciones con el territorio, estrangulando las iniciativas que los pueblos originarios crean para vivir y reproducir su vida social.

Esta situación muestra la tensión existente entre la sombra del Estado y las instituciones que controlan a la población incorporando sus planteamientos y sus resistencias en nombre de la heterogeneidad, mostrando su faceta democrática que actúa como velo para desaparecer las desigualdades prevalecientes.

A ello hay que observar como el Estado se difumina y se hace presente en todos los aspectos de la vida social, parecería contradictorio criticar a quienes trabajan directamente en las dependencias estatales, quienes solicitan recursos financieros o algún otro procedimiento que requiera de su interpelación cuando todos pagamos la luz, el agua, el predio, los impuestos y demás gastos destinados a mantener a un aparato que dista de resolver los problemas que causa y por el contrario, los agrava.

Sin embargo, llamar a una sociedad sin Estado, más que una quimera es la aspiración de la anarquía, el camino para lograrlo se confronta a cada momento con esa tensión, no solo con la de la brutalidad del control estatal, sino con la de los movimientos sociales que solamente quieren leyes más justas, impuestos más justos, becas o salarios más justos, es decir, con seguir siendo obedientes, con renunciar a nuestra propia iniciativa de hacer las cosas, de vivir nuestra propia vida.

 

 

Finalmente, el tercer punto sugiere hacer una propuesta sobre la recuperación modesta del “afuera”, que es distinta a la del aislamiento, esto es, sobre la relevancia de resignificar los espacios privados como puntos importantes para la organización, la acción, el análisis, la investigación y difusión del anarquismo.

La idea no es nueva, no obstante, considero pertinente colocarla al centro de la discusión precisamente por las aspiraciones que múltiples proyectos de carácter anarquista han compartido, que es el hecho de recuperar de forma directa, autogestiva y responsable nuestra vida, nuestra historia y, por ende, nuestros sueños, sin la necesidad de recurrir a la sombra de los recursos o los intereses de quien pretende ampliar el consenso social del Estado en el sistema político denominado democracia o de estudiar al anarquismo con una curiosidad exotista como ha sucedido en ciertas ocasiones con el quehacer antropológico y las sociedades no occidentales.

Estar afuera del Estado, del Capital, de la democracia es la ruta del anarquismo, la pregunta sobre ¿cómo es posible lograrlo cuando nuestra existencia está regida y se consume entre los trabajos enajenantes, y los gobiernos controladores? La respuesta es sencillamente compleja, es decir, es una paradoja, aunque los pretextos, las necesidades o los deseos no sobran para ponerlas en práctica.

El telón de fondo del “afuera” puede sugerirse como la configuración de momentos, de situaciones o de experiencias que no están estrictamente vinculadas a alguna institución de carácter coercitivo, algo como lo que Hakim Bey ha definido como la Zona Temporalmente Autónoma, es decir, la apropiación, o creación de espacios cuyo contenido en las relaciones sociales es susceptible de ser subvertida, es aquella que se sacude de los dispositivos de control estatal y tiene sus bases en las inquietudes de las comunidades, grupos e individuos.

De esta forma, el “afuera” se crea por medio de la acción de los involucrados en cambiar su situación, esto se traduce a la responsabilidad de repensar las relaciones sociales, políticas, económicas, parentales y re-definirlas en la vida cotidiana, lo que abre la posibilidad de desaprender aquellas pautas sociales y de comportamiento conformadas desde la escuela, la iglesia y otros dispositivos de control, además de prefigurar formas para vivir de una manera anti-autoritaria mediante la acción directa, concibiendo a esta como la realización autoorganizada de una iniciativa que puede ser individual, grupal o comunitaria para dar respuestas específicas a situaciones concretas, o bien, para la creación de condiciones más favorables de la vida.

Se trata de toda acción organizada directamente por los interesados, en contraste con las acciones indirectas, como son las acciones mediadas a través de la representación o delegación política o económica. De esta forma, cuando solicitamos apoyos de diversa índole al Estado, renunciamos a nuestra autonomía y voluntariamente nos sometemos a su tutela, no solo para encarcelarnos o reprimirnos, también para atender nuestra salud, educarnos, viajar o divertirnos, de ahí que la eficacia del Estado no solo se define de forma negativa como un ente represor, sino en su capacidad administrativa y organizativa de bienes, servicios e insumos destinados a la alimentación, la vivienda, la salud y la recreación.

 

 

En contraste, la autogestión de las actividades e iniciativas a realizar para la emancipación se hacen de forma directa: ediciones y presentaciones de libros, círculos de estudio, grupos de producción y consumo de alimentos, centros comunitarios, campañas de liberación de presos, recuperación de espacios abandonados, grupos de auto-educación, destrucción de propiedades bancarias, sabotajes a proyectos extractivos, manifestaciones, bloqueos a vías de transporte, huelgas u otras acciones.

La posibilidad de consolidar estos proyectos no es sencilla, al asumir la responsabilidad de nuestros actos; es decir, de construir nuestra autonomía, nos confrontamos directamente entre nosotrxs mismxs, apareciendo de forma clara nuestras autoridades, nuestros rencores, nuestros prejuicios y nuestros conflictos, los cuales en muchos casos han culminado en el distanciamiento entre grupos, las difamaciones o las discordias provenientes de múltiples lados, dando por resultado en muchos casos la pérdida de proyectos exitosos, la frustración de los participantes y el eventual abandono de las personas en el anarquismo.

Esta es una situación delicada, pues a veces pensar en que las ruinosas condiciones sociales, económicas y políticas que actualmente prevalecen serán resueltas en 10 ó 20 años es una perspectiva poco halagüeña, sin embargo, abre la posibilidad de que los diferentes actores sociales se reconfiguren y vuelvan a recrear iniciativas nuevas para crear espacios libres.

En este sentido, una idea pueril sería pensar que lograr la anarquía implica que todos podamos sonreírnos y ser bienaventurados unos con otros y caminar de forma conjunta al nuevo sol de la anarquía, pero esto no sucede así, las enemistades al interior del anarquismo son moneda corriente en su historia, y considero importante dimensionar que el conflicto al interior del movimiento forma parte también de su dinámica y le permite reconfigurar los grupos, las afinidades y los proyectos.

De esta forma, queda en el aire la idea de generar nuestros propios proyectos de vida, de acción e investigación configurados no con el propósito de generar sectarismos, divisiones u otras situaciones de aislamiento de las que el anarquismo ha padecido en toda su trayectoria, sino de recuperar y poner al centro la autonomía, perspectiva que el pensamiento ácrata continúa creando.

 

 

 

 
 

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