Un día en la vida de Luis, o el ocaso del transporte público en Querétaro

Por: David A. Jiménez

Fotografías: Maxei Xiuhtecuhtli

 

 

Hay acontecimientos tan opuestos entre sí que pareciera que uno salió de una comedia de Moliere y su contraparte un cuento de Franz Kafka. Lo cierto es que todo pasa en un vehículo motorizado de no más de cinco metros de largo y tres de ancho. Son muchas las historias que ocurren entre las 5:30 y las 23:00 horas. Cada autobús es un universo lleno de sorpresas.

Por la mañana, Juan se desplaza en autobús a la Obrera, cerca de su centro de trabajo; le da tiempo de echarse una pestañita en los suaves asientos de la ruta 133. Ojalá María pudiera decir lo mismo, pues los asientos de plástico de la ruta 96 son unos correctores de postura. Por la noche, los alumnos de secundaria suben el ambiente y el olor a hormonas al colectivo. Sufren por los vistos de WhatsApp; otras se sienten cupido y prometen ayudar a su amiga a ligar con el chico que les gusta. Cerca del mediodía, la ruta 80 y otras que pasan por la Central de Abastos suben marchantitas que cargan el mandado de la semana en una o varias bolsas que a simple vista parece les igualan su masa corporal.

Todos los camiones tienen un actor fundamental pero olvidado. Presente desde la mañana hasta la soledad de la noche en la ruta oscura. Recordamos a su madre antes que a él. Todos actores anónimos, linchados por todos los flancos, señalados como los principales responsables de la deficiencia del transporte público.

 

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Un cantante venezolano habló alguna vez de Luis, un taxista que entre el verde y rojo del semáforo tenía tiempo para soñar. Todos los operadores de transporte son Luis, si lo pensamos bien: hombres de familia que pasan todo el día ante un volante, alimentándose de las garnachas y lidiando con todo tipo de personas.

Esta es la historia de Luis. Su día arranca con alguna cumbia, banda o la Z. El ritmo del acordeón y la trompeta lo tranquilizan al momento de parar, tomar el pasaje, regresar el cambio, verificar que nadie suba por atrás, observar el saldo suficiente de las tarjetas prepago, solicitar que todos se recorran, continuar con el arribo de más pasaje aunque su espacio vaya repleto. Las horas pico son difíciles para Luis. Al mediodía se sintió cuasi estrella cuando varios teléfonos celulares se acercaron a tomarle fotografías. Cayó en cuenta de lo contrario. "No mamen", dijo quien gasta su salario mínimo en transporte para sí y su familia. "Usuarios en riesgo de quiebra", reclamó el activista de las redes sociales. "¡Pinche bruto!, ¿cómo piden un aumento así?", gritó iracundo un Godínez.

Luis recordó las cartulinas que su patrón, Francisco Zubieta, le pidió colocar una noche antes. Mensajes sobre la tarifa insuficiente, la venta de las empresas y el dólar como factor de entropía en el transporte público, antes conocido como TMQro, antes conocido como RedQ, antes conocido como Liberación Camionera. No más palabras. Luis debe desarrollar una capacidad de resiliencia ante las filosas lenguas de los usuarios y cualquier señal emitida por los automovilistas. Quitose la camisa de manga larga ante el creciente calor; la playera de tirantes no combinaba con el pantalón de vestir y los mocasines sin calcetín.

Llegó la hora de los ambulantes. Desde que lo cambiaron de ruta, ya no veía al niño chiapaneco que siempre pedía a los usuarios para llegar a casa. A veces se presenta un hombre mayor, con vestimenta cowboy y bocina al pecho; canta algunas de Vicente Fernández, Joan Sebastian o del mismo Javier Solís. “Payaso, soy un triste payaso” recuerda la interpretación emocional del desconocido. “Payaso…”.

 

 

— ¿Me da chance, patrón?

 

Ahí, uno de los tantos payasos de la ciudad, con la misma rutina. Luis quitó la música. Concentrose en su labor de conducir.

 

—Señores pasajeros, pásenle que ahora sí llegó la diversión… antes la mujer tenía frijoles de la olla, tortillas hechas a mano y sopa de pasta, ahora frijoles La Sierra, tortillas Ochoa y sopa Maruchan.

 

Alguna risa se escucha en el autobús, que permanece indiferente para con el payaso. Luis se dedica solamente al pasaje.

 

—Pásele, ya viene más dinero, digo pasaje… Yo también soy casado, ¿a poco no, gordo?

 

La tranquilidad de la tarde ha llegado. El hijo de Luis, un puberto de secundaria, ha decidido acompañarlo en la ruta que ha recorrido toda la mañana. El autobús sobre Tecnológico y Universidad. El hijo, decidiendo si el Tecnológico o la Universidad para el futuro. Luis, dormido, recargado sobre su asiento.

Los pitazos de los automovilistas lo despiertan. Siguiente semáforo. Duerme. El verde pasa inadvertido. Luis se mece hacia la derecha, con los brazos estirados. ¿Larga noche? Acelera hasta el otro semáforo, pero esta vez cruza los brazos. Su sueño es interrumpido por su hijo. Le señala al vendedor de Vive 100 que pasa por la calle. La bebida que tiene 9.5 cucharadas de azúcar parece la solución ideal para mantenerse despierto otro rato. Pero no. Vive 100 es para su chavito, quien disfruta su bebida a cuenta de algún pasajero de la ruta 7.

Luis se topa con viejos amigos durante el día. Le entra a las carreritas por diversión o para ganar el pasaje –el tráfico de la ciudad le hizo retraerse. En un cruce se comunica a través de gritos con su compañero del otro carril, para que la voz se imponga al ruido de la urbe.

 

— ¿Qué güey? ¿Cuándo te vienes para acá?

— ¿Allá dónde?, dice Luis. Su compañero le señala Enlaces Metropolitanos, otra compañía de transporte urbano.

— ¡No! Acá ando bien. 2 mil 100. Descanso y todo. ¿Tú?

 

 

El semáforo irrumpe en la conversación. Las rutas no volverán a cruzarse y Luis no verá a su homónimo-homólogo en un tiempo. Se lo tragaron las vialidades de la ciudad. La noche, al fin. La música paró. La tranquilidad reina con la luz tenue del autobús. Luis no sabía cuántas veces había seguido la misma ruta desde antes que saliera el sol. Más de diez, pero no lo sabía. Un par de vueltas más y estaría en casa, con su esposa e hijos.

Un hombre se balanceaba en la puerta. “¡Las barras!”, pensó Luis.

 

—Nada más te encargo que no me tapes las barras—, dijo Luis desde el espejo retrovisor.

—No estoy tocándolas—, respondió el colérico hombre.

—Te lo pido amablemente. Gracias.

— ¡No las estoy tocando, cabrón!

 

El hombre recorrió todo el pasillo y se acercó lo suficiente a Luis para que este pudiera notar su estado de ebriedad.

 

— ¿Para quién trabajas? —, gritó en el oído aquel hombre.

—Yo solamente le pedí…

— ¡Te voy a reportar, pendejo! ¡Yo trabajo en Primera Plus!

—Repórtame, ahí está el número. Luis quería continuar conduciendo. Todos lo ignoraban, nadie salió en apoyo del operador.

— ¡Yo trabajo en Primera Plus! ¡Prepárate para que te reporte!

 

El hombre regresó iracundo al final del autobús. Vomitó un poco en las escaleras y bajó en su destino, cerca de la avenida Corregidora. En segundos, todos olvidaron de qué se trataba. Luego de dejar al último pasajero, después de las 22 horas nadie más subía a ese autobús que tomó una velocidad impresionante para llegar a una gasolinera cercana. Silencio en la fila para cargar combustible. Soledad de regreso al corralón de transporte. Oscuridad al interior del camión.

Luis no recuerda cómo regresó a casa. Tiene poco tiempo para comer algo, tomar una ducha y dormir. No quiere platicar de su día, a pesar de que Lord Primera Plus lo tiene de malas. Hay días buenos y malos para Luis en el transporte público… unos más bizarros que otros.

 

 

 

 
 

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