Aún me queda la lluvia de verano

Por: Paloma Guzmán

 

 

Quiero decir muchas cosas sobre mi ciudad natal.  Quiero hacer remembranzas dulces de cuando era un pueblo. Tenía estatus de ciudad capital pero en nada se comparaba con ciudades como la de México, Guadalajara o Monterrey. Es más, mis padres contaban que habían pasado su luna de miel en Celaya, en nuestro vecino estado de Guanajuato. Ir a Celaya era ir de compras y, sorpresa: encontrar cosas que no había aquí. Decir todo lo que era Querétaro, que ya no es, parece cuando menos inocuo, cuando más inoportuno.  Sería un texto que a muy pocos gustaría porque hay pocos como yo, que tienen 50 años viviendo en este lugar, de padres, abuelos y bisabuelos que nacieron aquí.

Querétaro era una ciudad que al este terminaba en la Avenida 5 de Febrero y al oeste en la Avenida Circunvalación; enmarcada al sur por la Avenida Constituyentes y al norte por las vías del ferrocarril. Lo de más allá eran comunidades separadas de la ciudad. Los autobuses a Carrillo Puerto, Santa María Magadalena, Hércules, y más lejos, La Cañada, o El Pueblito, eran todos suburbanos. Cuando yo viví en la granja El Rocío, en el noroeste, a unos kilómetros de la ex-hacienda El Tintero, mis hermanos y yo solíamos decir cosas como: “mi papá no está, salió a comprar unas refacciones –para el tractor– a Querétaro”, si es que alguien osaba ir a nuestra casa; o le decíamos a nuestra madre: “El fin de semana que vayamos a Querétaro, ¿me compras unos dulces?”.

Quejarse de los cambios es, a veces, provocar la media sonrisa de los que dicen haber traído el progreso y el arte. Otras veces, significa herir a quienes tuvieron que abandonarlo todo y llegar aquí huyendo de la inseguridad o de la falta de empleo, dejando una ciudad a la que amaban tanto como yo amo la mía. Lo mejor es escribir sobre el clima.

En mi ciudad es posible experimentar todas las estaciones en 24 horas. Levantarte en invierno, almorzar en primavera, comer y regresar al trabajo en verano y hacer la vuelta a casa agradeciendo haber llevado un suéter para los vientos fríos del otoño. También es posible que el clima te depare una mala jugada de un día para otro: hoy despejado y seco como un baño sauna, vientos calientes que levantan polvo de tepetate; al día siguiente nublado y húmedo desde el amanecer con promesas de una lluvia que llega hasta que te vas a la cama.

Una vez recibí a un amigo extranjero. Por correo electrónico le había pedido que trajera ropa ligera pero con mangas largas para los calores secos que te hacen arder la piel no cubierta. También le sugerí un paraguas y una chamarra ligera para los chipi chipi de aquellas tardes de septiembre. Cuando llegó, por la mañana, tuve que prestarle un abrigo de lana de mi marido: el aire frío nos inflaba la ropa como si en vez de caminar corriésemos a gran velocidad sobre una motocicleta. Por la tarde, suspendimos el paseo y nos refugiamos en lo alto del barrio de La Cruz. Con ello evitamos caminar por entre las aguas negras que el chaparrón de ese día hizo brotar por todas las alcantarillas del Centro Histórico.

No importa cuántos cambios ha sufrido, o mejor dicho, experimentado, el Querétaro pueblerino. Siempre que uno quiera evitar culpar a nadie de su muerte, lo mejor es escribir sobre los aluviones. Remembrar entre nosotros, los queretanos, y compartir con los fuereños, las tantas inundaciones que hemos vivido. La de mi infancia que desbordó el canal que pasa por la Zona Industrial Benito Juárez; aquella otra que inundó el estacionamiento de la Comercial Mexicana en Avenida Zaragoza; y otras tantas, más recientes, de pérdidas millonarias en el Centro Histórico y en el Centro Sur. Hoy, el aguacero comenzó antes del amanecer y me quitó el sueño. Me puse a escribir sobre Querétaro, del que ya no es, y terminé encontrando una de las pocas cosas que siguen existiendo: la lluvia intempestiva del verano

Agosto, 2016

 

 

 

 
 

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