La Barranca en el #212 | El fuego de la noche (de lluvia)

Por: Luis Ar Osorno

 

 

Saltábamos sobre un charco dándonos de golpes. Era el slam que provocaba el surf tropical y furioso de Lost Acapulco nombre por demás sugerente en una noche lluviosa en Guadalajara. No más de 30 minutos después, la furia de los cuerpos se había aplacado, o es más preciso decir, se manifestaba de maneras silenciosas. La Barranca volvía a la ciudad que vio nacer su primer disco, y dejaron chillar y gruñir sus instrumentos, mientras desde el público francamente empapados y heridos– veíamos los versos de José Manuel Aguilera partir la lluvia en cachitos. Como si se tratase de fuego.

Con 22 años en escena y ocho imperdibles discos, La Barranca es una de las bandas del rock nacional más interesantes, sobre todo en un país cuyo rock, al menos el visible, suele dejar a más de uno insatisfecho. El grupo, a pesar de “aparentar ser un proyecto cuasi personal de José Manuel Aguilera (aunque él jamás lo ostente así)” –en palabras del crítico Hugo García Michel  ha contado con una innumerable cantidad de colaboradores y músicos, quienes nutren de manera sustancial cada uno de los álbumes. Además, cuentan con el lujo de ser una de las primeras bandas en desempeñarse en la música nacional de modo independiente, lo que sin duda los ha mantenido ocultos para el bruto de los escuchas nacionales, perdidos sin remedio entre recalentados de Caifanes, el Tri y Molotov.

Fue allá lejos, en 1994, cuando José Manuel Aguilera y Federico Fong se propusieron comenzar a juntarse a tocar sin un propósito muy claro, sólo por hacer música. Ambos habían tocado juntos en la mítica banda Sangre Asteka. Más tarde, en 1996, sintieron que tenían un buen repertorio, que ya no era solamente una colección de canciones, sino que estaban siendo testigos y creadores de la formación de algo que hasta el momento no tenía nombre, pero que estaban seguros que valía la pena nombrar. Un conjunto de ruidos y texturas rockeras por supuesto, pero que distaban mucho de las simplonas imitaciones de bandas extranjeras que tanto abundaban y apostaban por la inquietante e inusual creación de un sonido propio. Así, invitarán al baterista Alfonso André, y grabarán su primer disco: El fuego de la noche.

El disco fue grabado bajo el sello independiente de la misma banda, Opción Sónica, en la ciudad de Guadalajara. El nombre lo propone André. Una canción ostentaba el nombre La Barranca y, cuentan, fue tras haberla tocado, que los tres se sintieron asaltados por algo superior y decidieron llamarlo de ese modo.

Cuando uno se pone a seguir la pista de La Barranca y sus músicos, empaparse en un mar de nombres y bandas, generalmente desconocidas, es algo totalmente inevitable. La riqueza de La Barranca no es casual. Jugar a la música entre tantos músicos produce sus frutos.

Nine rain, La suciedad de las sirvientas puercas, Dr. Fanatik, Sangre Asteka, Jorge Cox Gaytán, Revista La Mosca, Cecila Toussaint, Kenny y los Eléctricos, Revista Conecte, Walter Schmidt, Jaime López, Odio Funky, Fragmentos… ¿Qué es todo eso? ¿Quiénes son todos esos?

La historia del rock en México está plagada de altibajos y desencuentros de todo tipo. Sinceramente, aquello que decía Juan Villoro para referirse al país “esa indescifrable realidad que por convención llamamos México”– cuadra para cada rincón y para cada momento de lo mexicano. Basta con concentrarse lo suficiente en un pequeño tema y comenzar a rascar. O al menos para aquello que la globalización descifradora no se ha encargado de traducir al neutro el cual, por cierto, dista mucho de parcial.

Muchos de los críticos de rock suelen ser amargos o crudamente realistas al desenfundar sus apreciaciones sobre el bruto de la escena nacional. Así, no será raro que el crítico Hugo García Michel diga que, en el rock mexicano “el infantilismo de las bandas es moneda de uso corriente”.

David Cortés, importante periodista de rock –quien al lado del crítico Alejandro González, realizaría la publicación del libro 100 discos esenciales del rock mexicano, así como el libro La vida en La Barranca no pierde momento para recalcar en entrevistas, conferencias o artículos, el total olvido histórico de los distintos momentos musicales en la escena nacional.

Con eso en cuenta, no será novedad que la presencia del público que fue a ver La Barranca en el festival 212 de la estación RMX, se puede calificarse de discreta, en comparación de los artistas de otros escenarios El Gran Silencio o Paul Oakenfold. Tampoco exageraremos, no estamos ante una banda underground. Los años, los críticos y sus discos los han colocado en un lugar peculiar. Sin duda, estaban los que tenían que estar, ni uno más, ni uno menos.

Si fuese necesario hacer una irrelevante encuesta sobre el origen del rock mexicano, es muy posible que la mayoría diga que todo surge mágicamente con el auge del Rock En Tu Idioma si no es que de plano ponen cara de no saber de qué rayos les estás hablando. Desde luego, para los músicos que vivieron esas fechas, algunos melómanos y los periodistas musicales, el llamado Rock En Tu Idioma no fue más que una gran campaña mercadotécnica sin otros intereses más allá de los económicos y que provocó el lanzamiento de ciertas bandas que verían su propuesta estética limitada a la lógica mercantil.

Es en ese contexto que bandas como La Barranca proponen como necesario el alejamiento de las disqueras y llevar, hasta donde sea posible, el proyecto como independiente, dejando así la libertad creativa intacta.

Es importante decir que en esas fechas ya podían comenzar a hacerlo, pues recordemos que tras el famoso festival de Avándaro en el 71 tiempos agitados para el país: post68, halconazo, guerrilla urbana… el rock había caído en la grave censura por medio del partido en turno, el Partido Revolucionario Institucional, y sus espacios se vieron empujados tanto, pero tanto, que tuvieron que cavar un poco. Subsistir abajo, en el subsuelo.

Hoyos Fonkys los bautizó el escritor Parménides García. Recintos clandestinos de música e ilegalidad. David Cortés dirá que es en esas fechas en que el rock encuentra un espacio en los periódicos: la nota roja. A los medios oficiales del momento les importaba más el amarillismo alrededor de las bandas que las bandas mismas y todo lo que se estaba gestado ahí adentro. La Mosca y Conecte son dos de las heroicas revistas que marcarán pauta para comenzar a hacer periodismo musical de todas esas propuestas subterráneas. Y si nos vamos un poco más atrás, podemos encontrar otro momento de la música nacional que nos hará entender la propuesta estética de La Barranca.

Entre los 50 y los 60, llega el rock que se empezaba a hacer en Estados Unidos a través de la radio. En esas fechas coexisten dos corrientes que se dicen opuestas. La Nueva Canción folcloristas y socialistas en su mayoría y las bandas nacionales que hacían rock en inglés.

Claro que clasificarlas así es tendencioso y simplón, pero así lo entendieron también muchas de las bandas de la época que terminaron cayendo en alguno de los opuestos. Y también algunas que, en un intento burdo de hacer converger ambas propuestas, las pegaron con pritt y diurex y obtuvieron tristes resultados.  

Ese no es el caso de La Barranca. De sonidos predominantemente rockeros “somos una grupo de guitarristas”, utilizan también otros elementos que nos hablan de algo que difícilmente podríamos decir mexicano – ¿A qué suena lo mexicano? ¿Cómo se ve? ¿Cómo lo pinta Orozco o como lo pinta Rivera? Y más en pleno siglo XXI… pero que no deja de estar profundamente ligado a ello. Como si se tratase de una raíz lejana de mil ramas, una de cuyas puntas fuera la lengua de José Manuel Aguilera y los dedos de quienes empuñan los instrumentos. Una raíz donde reverbera todo el universo.

Entre eso que, con trabajos, diríamos lo mexicano y el rock más universal algunas experimentaciones instrumentales de progresivo como en el álbum Yendo al cine solo, La Barranca resuelve de la mejor manera: ocultando los límites de aquello que parecían contrastes, batiendo la música por todos lados.

“Eternamente en construcción/ pero sin plan maestro. Y esa manía de levantar un templo sobre otro templo”.

El concierto en el festival que organiza la estación de radio RMX estuvo plagado de lluvia, acordes y una que otra botellita de tequila. Al día siguiente, las notas privilegiaban los espectáculos del Gran Silencio, o el Dj británico Paul Oakenfold. Era difícil encontrar una mención en los diarios sobre La Barranca.

En el escenario, los músicos no escatimaron con un torrente de visuales que rememoraban el arte de sus distintos discos. Mención aparte merece el de Piedad Ciudad, a cargo del artista Pedro Friedeberg. Un surrealismo de tintes escherianos, donde las formas arquitectónicas blanco y negras conviven de la manera más inusual con naranjas brillantes.

Ahí, debajo de la lluvia, frente a una Barranca de alineación fresca, en una mezcla rara de solemnes y eufóricos, bombardeados por las luces de lluvia, nos reconocíamos cuando cantábamos los versos de Aguilera: como una sociedad cuya popularidad se balancea entre el under y lo icónico del rock nacional, entre La suciedad de las sirvientas puercas y los Caifanes.

 

 

 

 
 

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