La decisión que selló el vínculo entre nosotros

Por: Carlos Cadena Lozano

 

 

I

“Con tu decisión sellaste el vínculo entre nosotros, yo no te voy a olvidar jamás. Atreverme a contar esta epopeya me hace regurgitar el ácido del pasado para contar la historia que anhela ser contada, pero cuyo escondite se entristece al volverla a sentir”.

Ella era tal vez la persona más adorable y apacible que yo haya conocido. Fue esa fragilidad y dulzura la que poseyó al corazón errante de Ian, mismas cualidades que lo hacían sentir querido y pensar que tenía que ser la versión más correcta de sí mismo para ella. Pero también sabía que esa ternura era sumamente peligrosa, era tal su neutralidad que él podría haber estado abusando de ella durante diez años, y nunca le habría reclamado nada.

Vi sufrir a mis dos amigos al verlos terminar una relación de casi un lustro. Eran un típico noviazgo entre dos chicos universitarios de la cultura queretana. Estudiaban Química, vivían entre las trivialidades del trabajo escolar y los equipos de laboratorio, unas ocho horas diarias de contacto. Era de esperarse el sin sentido e histeria que padecieron al ya no reconocerse el uno al otro como pareja.

Recuerdo haberlos visto unas tres semanas después de su ruptura. Melissa portaba un collarín. Una semana atrás, un tío de Melissa salido de no sé dónde comenzó a vivir en su casa. En una mañana, entre el estrés del tráfico cercano a las 7 de la mañana, su tío manejaba y ella dormía en el asiento del copiloto cuando estrepitosamente un automóvil se les cruzó. No supe de más detalle.

Melissa esperaba que Ian le atendiera y pusiera atención de inmediato con su lesión, esta fue la dinámica durante años, pero Ian estaba seguro de lo que tenía que hacer; si le dedicaba sus pasiones y atención como si fuera una infante, la codependencia les podría jugar a ambos una mala pasada.

 

—Si en verdad este ya fue el final de nuestra relación, no puedo ir tras de ti cada vez que algo te suceda, solo hará nuestra ruptura algo más complicado— dijo Ian a Melissa, quien con gesto de tristeza asintió.

 

Ella siempre fue una persona entregada, siempre tenía un momento, una palabra o un detalle para su amado, quien le correspondía tan idealista cada una las dádivas. Su soledad era tan descarnada como su amor; ella no tenía amigos de confianza, no pasaba mucho tiempo con alguien que no fuera Ian, y con su círculo de amigos más cercano mantenía una relación superficial. A sus 22 años, apenas había conocido a su padre dos años atrás, vivía con su madre, su tía y sus hermanas, pero siempre dejaba en claro que no podía hablar con ellas sobre aquello que le angustiaba.

 

II

Era la última semana del mes de octubre, el estrés debido a las maratónicas sesiones de trabajo se acumulaba, la asignatura más difícil de la licenciatura les acechaba y ellos dos, junto con un tercero de nombre Omar, tenían que hacerle frente. Ya no era posible captar los detalles de aquello que les rodeaba por tanta actividad mental, la fatiga apenas les permitía tener un comportamiento cortés, el mínimo necesario para poder seguir trabajando. Aunque es un ambiente universitario, en aquellos días acataban el manual de comportamiento de la sociedad moderna como es costumbre de cualquier estudio institucionalizado que sea útil para el progreso: jornadas largas, agendas saturadas de actividades sin sentido social o espiritual, ansiedad por hacer lo que deben para obtener un calificativo basado en números en un marco de referencia en el cual son casi invisibles.

A Ian lo invadía la angustia por el estado de Melissa. Durante las últimas semanas habían estado conversando. Ella manifestaba problemas para dormir, falta de apetito, una alimentación y una extraña incontinencia urinaria le había afectado ya un par de veces. El peor temor para Ian era que ella pudiese hacerse daño a sí misma. En una ocasión anterior en medio de conflictos en la relación, ella se hizo un par de cortes en una pierna, argumentando que eso la hacía sentirse más tranquila.

El jueves de esa última semana de octubre, Melissa se ausentó misteriosamente de sus actividades sin avisar a nadie. Esto nos extrañó a todos, pues era un día en el cual sabíamos que ella tenía varias obligaciones importantes. ¿Era posible que finalmente hubiera estallado, que se ausentara decidiendo abandonar su cotidianeidad por el hastío? Ian estaba más preocupado que nadie, pero pensando nuevamente que tenía que respetar la independencia y decisión de esta dama, que el cuidado y el apego eran prácticas que ya no eran válidas, decidió dejarlo pasar.

Al día siguiente en una noche nublada, se dejaba sentir entre sus conocidos el desasosiego y la duda. Desde que salió el sol hasta que se ocultó, nadie había sabido que pasó con aquella joven, lo único que supimos fue que mandó material con su mejor amigo.

 

—Me comentó que tenía algo de vómito y que no se siente bien— dijo su amigo ante un curioso público reducido.

 

Si bien Ian y Melissa tenían ya pocas conversaciones íntimas, al menos procuraban estar en contacto. Era sábado en la noche, fui con Ian a un concierto tributo de Red Hot Chili Peppers en un bar ubicado en la zona de Juriquilla. Entre riffs bien ejecutados y una sonora batería al estilo de Chad Smith, nos relajamos y tomamos un mojito. Ian lo habrá mencionado al menos cuatro veces durante la noche.

 

—¿Por qué aún no me habrá mencionado nada Melissa? ¿Estará bien? ¿De qué pudo haber enfermado? ¿Será por molestia conmigo?— decía Ian con franca preocupación.

 

III

Aquel duelo después de una relación apasionada durante la casi adultez estaba pasando de ser un paso necesario a todo un conflicto moral en Ian, quien de por sí mantenía una mente tribulada. Esperaba verla el lunes, cuatro días de reposo es tiempo suficiente para las enfermedades e infecciones comunes. Desagraciadamente, ella no hizo su aparición.

Para el martes algunos ya habían normalizado su ausencia, sus conocidos se preguntaban por qué no había cumplido con sus compromisos, y mi amigo Ian sabía que tenía que hacer algo.

Esa noche, Ian llamó. Su mano temblorosa tomó el teléfono y marcó su número de casa.

 

—¿Bueno?— contestó la madre de Melissa.

 

—Hola, buenas noches, ¿se encuentra Melissa?

 

—Ian, ¿eres tú?

 

—Sí, soy yo señora Isabel.

 

—¡Ay!, Ian –suspiró–, ¿no te enteraste?

 

—No señora Isabel, ¿qué sucede?

 

En sus ideas más perturbadoras, Ian consideró muchas posibilidades, entre las cuales no descartaba distintas manera de desórdenes psíquicos, daño auto infligido e incluso el suicidio. Sintió que se le calentaba la cabeza y que los ojos se hundían en su lugar, la garganta se tensaba, todo en un instante como reacción a la pregunta que acababa de escuchar. Continuó la señora Isabel.

 

—Ahorita no puede hablar, venimos del hospital -dijo con la voz cortada al borde del llanto-. El sábado entró de urgencia al hospital en estado de coma. Los médicos me dijeron que tenía una acidocetosis. La acidocetosis se da como reacción del cuerpo cuando no puede utilizar los azúcares para obtener energía, y empieza a utilizar las grasas para obtenerla, obteniendo como productos, cetonas, que inducen a una intoxicación que puede llevar hasta la inconsciencia. Le diagnosticaron diabetes.

 

—Ya veo señora –respondió Ian incrédulo de la situación-. ¿Y cómo encuentra en este momento?

 

—Está estable. Muy triste y desanimada por el diagnóstico. Se encuentra muy débil, no puede caminar ni pararse por sí misma, y apenas puede hablar, habrá perdido unos 5 kilogramos (ella era de por sí una chica muy delgada). Te agradecería que mejor le marques mañana.

 

—De acuerdo señora Isabel. Cualquier cosa que requiera solo avíseme, muchas gracias.

 

Al día siguiente Melissa contestó con un mensaje. Quedaron de hablar esa noche.

 

—¿Hola? ¿Melissa?

 

—Oooooaaaaa— respondió Melissa con una enorme dificultad para abrir la boca.

 

Ian estaba conteniendo con vehemencia las lágrimas de escuchar a la persona con la que más había compartido tiempo en los últimos cinco años; tenía un nudo en la garganta y un tono suave en su voz.

 

—¿Cómo estás?

 

—Iiieeen – contestó Melissa incapaz de pronunciar la letra “b”.

 

—Que susto me has dado, pequeña. ¿Cuándo puedo ir a verte?

 

Ian agendó una visita dentro de tres días para verla en viernes.

Los pensamientos de Ian no cesaban durante el recorrido a la casa de Melissa. ¿Cómo era posible que se manifestara ahora una diabetes?, pensaba Ian.

La señora Isabel recibió a Ian en la entrada. No pudo olvidar el espectáculo que vio al entrar a la casa de Melissa. Estaban sentadas su hermana gemela y su hermana mayor al lado de ella, sonrientes haciendo como que nada extraño sucede. En medio, estaba Melissa, con el ojo izquierdo considerablemente más pequeño que derecho por la inflamación, sosteniéndose como podía de la mesa, tenía una pequeña toalla rosada al lado para limpiar su saliva, se la pasaba babeando puesto que no podía cerrar bien la boca, desprendía un aroma parecido al de un anciano y el ropaje le colgaba en sus 35 kilogramos de hueso y músculo debilitado, sus pechos casi habían desaparecido por la falta de grasa y los pómulos se veían enjutos al cráneo.

Ian se acercó a saludarla y abrazarla con una sonrisa y ojos cristalinos. Se sentó junto a ella y la abrazó por la cintura apoyando su cabeza en su hombro. Melissa le devolvió la caricia frotando su mejilla de Ian con el canto de su mano, incapaz de levantar la mano y hacer fuerza.

Al final del día, el tío de Melissa ofreció llevar a Ian a su casa. Él le contaba la situación.

 

—Mi hermana y yo no podemos creerlo— exclamó su tío. Yo tengo paso ya de los 60 años, he estado rebotando en los trabajos, y me gusta la cerveza, pero ya he hecho una vida, uno ya va casi de salida. ¿Por qué tuvo que ser a ella? Tan joven y guapa, tiene toda una vida por delante. El sábado en el hospital, mi hermana me llamó llorando diciendo que Melissa se encontraba en muy mal estado. Ya le habían llevado unos papeles para firmar porque era posible que no saliera de ésta.

 

IV

Los días siguientes Ian y Melissa mantuvieron una cercana compañía, en la cual los sentimientos brotaban sin cesar. Ian sentía la obligación moral de estar para ella. Incluso la madre y el tío de Melissa le pedían personalmente a Ian que fuera visitarla, decían que ella se ponía de buen humor.

A Melissa le cambiaron la dieta para regularizar el azúcar, y la mandaron a hacer fisioterapia. Los efectos negativos de la capacidad motriz no duraría más de un mes, y poco a poco iba recuperar peso. Las expectativas eran buenas al respecto.

Al paso de un par de semanas, Ian fue a visitar a Melissa. Aumentó un par de kilogramos, sin embargo, sus niveles de glucosa estaba por debajo de los niveles de una persona sana y su capacidad motriz se recuperaba a paso más lento de lo pensado, como si algo más estuviera mal.

Al día siguiente en otro encuentro, a Melissa le hacían un masaje en su habitación en la planta alta de su casa para sus adolorido y atrofiados músculos. Repentinamente ella comenzó a llorar y a gritar, pero decía que no le dolía nada. La familia de Melissa junto con Ian se miraba con gesto de preocupación y desconcierto, nadie había tenido una experiencia parecida al respecto.

Ian recordaba aquellos días en compañía de Melissa. Las salidas, las risas, las vigorosas relaciones sexuales y el ejercicio físico de las mañanas, o la vez que corrieron diez kilómetros juntos de la carrera Oxxo. ¿Dónde había quedado esto?

 

V

En los siguientes días las cosas no parecían mejorar ni física ni emocionalmente para Melissa. Entrado diciembre, quienes alguna vez fueron una pareja común seguían conversando.

 

—Buenos días Melissa, ¿cómo te encuentras?

 

—Esta tarde fui a mi fisioterapia y comencé a llorar. Estoy harta de estar así, no puedo caminar sin ayuda o vigilancia, no puedo bañarme por mí misma.

 

—Tú puedes, Melissa , nos guste o no, las cosas están como están, y hay que ver hacia el frente. Por hoy, trata de descansar un poco.

 

—Ian, hay algo que quiero decirte, pero no sé cómo, tal vez te lo diga después.

 

Una visita de diciembre la familia hacía una oración por Melissa. La visita terminó entre sollozos con gritos de Melissa. ¡Váyanse, déjenme en paz! Le gritaba a su familia y a Ian.

“Ian, hay algo que quiero decirte, pero no sé cómo, tal vez te lo diga después”, Ian recordaba esas palabras apretando. A la semana siguiente, salieron a un parque para conversar.

Caminaba bajo el atardecer, Melissa iba callada sosteniéndose de Ian por el codo, por momentos detenía su marcha y sus piernas temblaban con inestabilidad de una torre de palillos. Se sentaron juntos en un rincón para ver lo último de la luz del día.

 

—¿Algo quieres decirme verdad?— preguntó Ian.

 

—Sí— reviró Melissa asintiendo con lágrimas en los ojos. Ian, ese jueves que no me presenté a la universidad estaba harta, ya no podía más. Mi madre había hecho ponche de frutas. Entonces encontré en mi casa un frasco con metanol. Los mezclé y bebí hasta acabármelo a ver qué pasaba.

 

Estuve leyendo en internet— continuó Melissa estando ya rota en llanto. La intoxicación por metanol provoca algo llamado ataxia. Provoca algo parecido a la acidocetosis diabética. Provoca daño neuronal afectando las conexiones nerviosas, puede provocar parálisis, atrofia los músculos. Puede ser que el afectado requiera de por vida un bastón, una andadera o incluso una silla de ruedas.

Se lo iba a decir a mi madre el viernes después de haber vomitado todo el día. Caí en coma y fue demasiado tarde. Pensé que podría olvidar que todo esto había sucedido, que podría continuar. A veces, pienso que debí de haber bebido tan solo un poco más y acabar con esto. ¡Perdóname! ¡Perdóname!

 

VI

¿Qué hacer cuando una mente ya no quiere volver a un estado funcional, cuando el espíritu está tan mermado y parece que cualquier intervención del exterior es inútil cuando alguien ya no quiere vivir? Entonces todo intento de sus seres queridos por verla mejor solo parecen deseos egoístas, porque ellos se sienten angustiados, porque les gustaría tener la comodidad que alguna vez tuvieron.

Sería bueno que esta historia fuese aislada. ¿Qué hacer en una realidad en la que la violencia, el desánimo, la superficialidad invaden cuando se tiene un marco de referencia en el que se compite, y entonces un individuo es incapaz de adaptarse a los estándares? Y entonces, parece haber una salida, hartos del caos, buscar una manera de cerrar los ojos.

Y así, la vida de quienes en ningún lugar pueden encontrar un rincón sin ausencia de la opresión y el vacío catalizador para la locura.

Ian me dijo unos meses después: “Esa fue la decisión que selló el vínculo entre nosotros”.

 

 

 

 
 

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