Vive Latino

Por: Gustavo González Barrientos

 

 

Participamos en el ethos capitalista, la mayoría de las veces sin elección; hemos aprendido a convivir con la industria, le hemos dado la posibilidad de determinar lo que comemos, lo que vestimos y hasta cómo nos divertimos.Tal proyecto no permite la igualdad, pues hoy estamos divididos en clases sociales, en barrios y en gustos diferentes, y aunque iguales ante los ojos de Dios… divididos al final. Entre las peculiaridades que me conectan con cierta colectividad a la que pertenezco, está el rock, el grafiti, el futbol y la cerveza, al menos dentro de ese campo cultural al que corresponde lo popular, porque otra cosa es gustar de la equitación, la champagne y la opera; el consumo no es el mismo para todos, pero es.

En ese sentido, la industria del entretenimiento ofrece festivales de música para todo perfil en busca de identidad. A finales del siglo pasado, el rock mexicano tuvo un auge que inspiró la creación de un festival al estilo europeo para reunir a las bandas que comenzaban a tener gran demanda; en México, el festival Iberoamericano de cultura Musical Vive Latino fue de los primeros festivales de su tipo, que en el noventa y ocho reunió a las masas ante las reliquias del rock latinoamericano; desde el 2003, la apertura de géneros como la música electrónica comenzaron a estar presentes, el Vive Latino, como se le conoce también, es una plataforma importante para cualquier músico latinoamericano que se haya consagrado con algún público.

Este año, la industria de la cerveza se sirve de la industria de la música nuevamente para hacer una de sus grandes ventas del año, con eventos como este que ocupan los momentos de ocio, pero también ocupan los del alma, pues esta se nutre de experiencias para la prosperidad y, en mi caso, es la música en español la que me conecta con lo que más quiero en el mundo: la vida, mis seres queridos, México, Latinoamérica… de ahí que no podía perder la oportunidad de vivir la experiencia de un Vive pues, a esta edad y ante la realidad de que hoy el capitalismo reina en la figuras como la del empresario Donald Trump, la cerveza y la música siempre serán ese catalizador que hace rico al obrero de otro tipo de capital: el cultural.

La era digital es ahora, dentro de su beneficios, la conexión con personas de todo el mundo es una de ellas, pues paginas como Couchsurfing y BlaBlaCar le permiten a las personas elegir una manera colaborativa de llevar su día a día, ofreciendo un techo al viajero u otra posibilidad de trasladarse de un lugar a otro, ahorrando tiempo y dinero; me parecen estos, acuerdos que benefician a todos los involucrados, como un coto revolucionario que busca persuadir el modo de vida para jugar un juego de ganar-ganar, cosa que no pasa en un partido de futbol, pero que sí es posible en otros terrenos en donde algunos mexicanos todavía creen en los cambios, en donde aún hay gente que busca los beneficios de ser comunidad, aunque sea esta una comunidad digital, y esto esté relacionado directamente con el número de pantallas que nos rodean hoy.

El dieciocho de marzo de 2017 yo era parte de esos involucrados que usarían BlaBlaCar para llegar a la Ciudad de México y asistir al décimo octavo Vive Latino. Nueve de la mañana en la Mega Comercial de la Carretera 57 y Plaza Cimatario, un queretano promedio ubica el lugar como la mega del estadio. Carlos, un fotógrafo de 37 años, haría un viaje desde ese punto hasta el Auditorio Nacional y había ocupado los cuatro asientos que le sobraban para llevar a cuatro personas con una tarifa menor que la de un camión regular. Uno de los objetivos de viajar de esta forma es hacer el viaje más ameno y aunque se logró entre quienes viajábamos en el auto de Carlos, al final, como el nombre lo dice, es puro bla bla bla. Llegamos al auditorio a medio día y tres de los del grupo seguiríamos nuestro camino por metro hacia nuestros destinos; antes de bajar a lo subterráneo, caminamos sobre las estrellas, las del culto del espectáculo chocante que han llegado a llenar el auditorio, ninguna a la vista digna de mi admiración, pues las cosas a lo Hollywood cada día me gustan menos. A la entrada del metro algunos hombres le apuestan billetes de cien y de doscientos a adivinar dónde quedó la bolita, pues la suerte, como dice el negro, no se olvida.

Auditorio, Constituyentes, Tacubaya, trasbordo hacia Pantitlán, Patriotismo y Chilpancingo. Rogelio, un joven mercadólogo de 25 años, egresado de la Anáhuac norte, misionero, con quien un tiempo prediqué la palabra de dios, vive hoy el sueño de todo gay cosmopolita, pues la ciudad ofrece no solo más oportunidades laborales, sino que aquí los hombres guapos que se miran por la condesa pasean sus culos en busca de atención y viven en el ambiente de los antros; en Querétaro eso todavía es tabú, pues los vapores de la Alameda son los más cercano a un sauna gay y el único antro de ambiente lleva más de diez años siendo el único. Las entradas para el festival eran un regalo suyo y pasé el tiempo en su departamento hasta que fuera una hora más prudente para partir. Rodrigo vive con Colton, un hombre de 30 años, que da clases en una primaria en donde el idioma que se habla es solo el inglés. Colton es de Austin, Texas. La migración es cosa normal de todos los seres vivos y esa tarde nos movíamos entre países mientras quemábamos la yerbita de Dios y bebíamos cerveza, al mismo tiempo que poníamos sobre la mesa los males del mundo, nos lamentábamos y reíamos de ello hasta que la hora de partir llegó. A pesar de lo que nos divide hay quienes se alegran de la felicidad de otros, Rodrigo, había hecho la mayor aportación a mi felicidad al dejarme saborear eso a lo que saben las cosas que son un regalo.

Salí del departamento a las tres de la tarde y de vuelta al subterráneo Chilpancingo, Centro Médico, Lázaro Cárdenas, Chabacano, Mixiuhca, Velódromo y Ciudad Deportiva, mientras eso pasa, el tren se asoma al exterior en las ultimas estaciones, desde donde se puede mirar el lomo del Palacio de los Deportes; el paisaje imponente me recuerda la portada del disco “Un viaje” (2005) de Café Tacuba o a los insectos que simula el edificio en el disco “281107” (2007) de Zoé. Al bajar del tren es difícil no reconocer a quienes como yo se han dejado traer por la música al Foro Sol.

Si eres alguien que cuida su alimentación, que compra los insumos en el mercado, en el local de confianza y que prepara su comida para evitar ingerir alimentos de dudosa procedencia el rock latinoamericano no es para ti, pues en la entrada no es permitido introducir alimentos y bebidas, gancho al hígado para la economía del joven clasemediero que asiste al festival, pues en ese acuerdo industrial para traer a las bandas que nos gustan, vas a consumir lo que te ofrecen, al precio que te lo ofrecen sí o sí. Qué bonito seria poder entrar con tu comida, tu mota y tus cigarros, pero la cerveza INDIO no permite pérdidas y se aseguró que dentro hubiera opciones pobres de comida y que bebieras su cerveza. Yo en estos casos me pregunto si la esclavitud realmente dejó de existir. Pues esclavo yo también del amor, ya me fundía con los sonidos de la fiesta.

Hubo un tiempo en que pensaba que ir a conciertos era aburrido y cansado, lo que pasaba más bien era que no me atrevía a pagar, para ver a alguien brillar en el escenario haciendo algo que, entre mis sueños más profundos, yo quería hacer. Pero yo no sabía nada de música, no hasta que entre a la universidad; ahí también aprendí a escribir y a leer, todos los grados anteriores fueron juego y la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UAQ me dio más que eso: un rostro. Claro, si yo era víctima de productos culturales como Rebelde, fan de Paulina Rubio y también Reik, quienes me hicieron llorar, entonces mis momentos de ocio le pertenecían a algo que poco me aportaba, es importante poder buscar la manera de liberarse de lo que consumismos que nos consume y jugar el juego, pues aunque víctimas del sistema, nuestras decisiones siempre son lo que nos definen. La globalización también me presentó a Britney Spears y a Madonna, hoy solo las recuerdo con cariño porque hoy me muevo con las fuertes toneladas con las que chochan las masas y te llevan de un escenario a otro en el festival, así con la fuerza del rock que se hace en casa desde cualquier barrio que tenga algo que decir y que expresar, de ese que se cuece en sangre caliente y que se canta gritando, que se clava en la mente y te eleva del suelo.

Unido ya al mar de gente y con cerveza en mano, asistí al primer concierto en el escenario principal; dejándome llevar por ese mar, me encuentro ante un escenario que ha visto pasar a grandes como Gustavo Cerati (2007), por un momento me voy a ese año y lo veo, pero rápidamente vuelvo para conocer a Doctor Krápula, una banda colombiana de ska, que pedía más amor al ritmo de “Amanece” (2012) y que me hizo moverme… para eso no hay juicio ideológico que abstenga las ganas de bailar. Eso hace el ska, además de darle lugar a un grito revolucionario de justicia y paz que desgarra voces como las de Vicentico, que aceleran el corazón y que en México desde los sesenta con el “Jamaica ska” de Antonio Quirazco trae su oleaje, hasta los ochenta con bandas como La Maldita vecindad y los hijos del quinto patio, mismos que conjugaron el ska con el rock que se hacía en México. Cambié de escenario para ver a La Tremenda Korte (México), quienes conservan la lucha libertaria con la que se levantaron en los noventa, al igual que Inspector (México) con quienes la fiesta siguió en el escenario principal, acto después: Los Caligaris (Argentina) y a Los Fabulosos Cadillacs (Argentina), de estos últimos había respondido su llamado y eran quienes de nuevo me traían a la gran ciudad, pues el león del ritmo soy yo.

Las canciones son puertas al recuerdo, las bandas que vi, tienen canciones con las que un joven mexicano de los noventa puede contar su historia, pero algo pasa con una canción de Los Fabulosos que hace a la gente voltear a buscar la luna; esa noche ochenta mil personas miraban al cielo mientras sonaba “Siguiendo la luna” (1992), la cual solo se podía mirar en las pantallas digitales que el festival había montado y que, a pesar de las restricciones para poder divertirse, tomando en cuenta lo caro de la cerveza, el sonido falló en “Manuel Santillán, el León” (1992).

Al final del día escuchaba de lejos a los Babasónicos (Argentina), solo para caer en cuenta de que la bandera del ska sigue tan alta como se merece y a pesar de las transformaciones de algunas de las bandas, había tenido la oportunidad única, como la de despertar cada mañana, de escucharlas en vivo. Unas ganas explosivas de volver el siguiente año son parte de la adrenalina que siento al dejar el Foro Sol; pienso que a los primeros veinte años del siglo XXI, no se podrá vislumbra aun un fin para este ethos capitalista, en el que participamos sin elección, pero por otro lado sí se puede ver venir la guerra de nuevo, en donde podría ser posible también que un nuevo siglo de las luces se encendiera y aunque de eso tampoco hay una distancia visible, sí podría ser la carta ganadora para la salvación, ante un panorama en donde hablar de esto no te defina como chairo, o apocalíptico, sino como una manera en que la sociedad encuentre en el diálogo una dirección que no nos dan los partidos políticos, al menos no en México, pues hoy… no hay un líder. Por otro lado, las bandas que este día forman familia y construyen un legado, lo hacen no solo con su sangre, si no con la sangre mestiza que hierve y corre, junto con las canciones que nos mueven y nos descubren.

 

 

 

 
 

Revista Saltapatrás es una publicación digital independiente de periodismo, análisis y difusión cultural que apunta al ejercicio crítico desde la diversidad y la integración de opiniones.

Nosotros

CARTELERA

team1
team2
Back to Top