Siluetas mudas e inofensivas

Cuando bebo el primer sorbo de mi cerveza indio siendo un escalofrío, la sensación benefactora en un maldito día caluroso. ¿Digo día? Ya es una semana de un calor insoportable y el sol todavía está lejos para extinguirse en el horizonte. Por el momento solo bebo con Ray, que me revela que hoy es el día de aquella profesión que amé y desprecié para reconciliarme al final. Ray habla y pero no consigo hacerle gran caso. Solo ella ocupa mi cabeza. De inmediato recuerdo las palabras de Fadanelli, que menciona que cualquier cosa es mejor que escribir sobre la mujer que existe. Cualquier cosa es mejor; tocarla, mirarla, insultarla, hacerle un halago desmedido, llevarla de paseo, olfatearla, pensar en ella. Pero yo prefiero disfrutar con ambas, para que ni un detalle o sensación, que me provoca ese cuerpo pálido y espigado, se me escape.

Estamos sentados fuera del bar que es un sauna que además huele ligeramente a caño. Bebo otra cerveza mientras la letra de una canción de Enter Shikari asalta  mi cabeza. Anything can happen in the next half an hour. Misma que me ofrece palabras para la situación, al mismo tiempo que otorga un desenlace, uno desgraciado, para mis intenciones. Es así porque ella tiene mis deseos en sus manos y lo que suceda después es solo oscuridad en estado puro; es la tierra que termina en un punto muerto donde es imposible seguir andando. Nuevamente es como si la experiencia acumulada en mi vida no sirviera de un carajo; todo por la presencia de lo inédito en una de sus más bellas formas.

Sentado en unos escalones, con mis codos descansando en las rodillas, la veo llegar. Los cuarenta kilos, o quizá menos, que me atraen y desesperan, van atravesando el estacionamiento. Fácilmente podría pasar por la hermana más bella de la chica esa de Hello Seahorse; nada menos que una joven rubia de esqueleto perfecto. Lleva gafas y se mueve con el cuerpo de una modelo adolescente, forjando una combinación que solo puede lastimarme. Además lleva al descubierto su ombligo y se nota el borde de sus pantaletas rosadas; luego veo el tatuaje que me dice el lugar perfecto para lanzar una dentellada; empezar allí, al lado de su vientre, luego, a la exquisitez de su norte y sur. La obviedad destella, es el deseo que me tiene totalmente subyugado.

No tarda en sacar su teléfono y eso me gusta bastante. Ver como cae su largo cabello rubio e inclina la mirada para parlotear por las redes. Sospecho que manosea la pantalla para que su amigo no se pierda, dando los últimos detalles de la ubicación. Al sujeto lo he visto antes, compartimos unas risas y cervezas en un día ya muy lejano. Fer, se llama, y camina encorvado, dejando caer suavemente su cabeza hacia el frente, como las artesanías de tortugas con la testa bamboleante. Él llega en unos cuantos minutos.

“¿Y ustedes a qué cosa son adictos?” pregunta Ray, en un intento para unir a los cuatro en una charla común en la que estamos obligados a participar. Hago una mueca cuando resulta que la mía es la más inofensiva y menos original: es el condenado café; a ella, a la rubia, la jode el tabaco; los demás no me importa en lo absoluto. Luego, para empeorar la sensación, agrego algo que me avergüenza. Digo que no puedo vivir sin libros, y se ríen de mí. “No mames Félix” dice ella intentando ser amable, con una inolvidable media sonrisa. Joder, hasta podría ser el nombre de una buena canción punk. “No mames Félix”. ¡Quien no iba a reírse de mí! Yo también lo hubiera hecho. La lectura es un medio y no un fin; es algo que se tendría que hacer en secreto, para no ofender a nadie con esta impopular práctica; un asunto íntimo, destinado a la clandestinidad; y allí es justamente donde debería quedarse.

 

II

Hay que moverse, el libreto así lo indica. El éxodo debe ejecutarse y nadie quiere mantenerse en el mismo sitio. Pero no hay nada, no hay fiesta a la cual llegar y nadie tiene auto. Por el momento hay solo una respuesta, e ir a las mesas de la facultad resulta ser lo más conveniente. ¿A caso es sano volver al útero del que al fin hemos salido? Por hoy quizá lo sea.

Al saldar la escueta cuenta, bajamos los escalones del bar y atisbamos al último de la cuadrilla al fin formada. Es Jano, al que no le tocó un caramelo lisérgico, cortesía de Ray; sí, llegar tarde va de la mano con casi todo tipo de desventajas.  

Antes de entrar pasamos a comprar unas latas que escondemos poco y mal. Y a nadie le importa. Como si a esa hora el cinismo fuera una orden absoluta y definitiva de un dios anárquico. En el trayecto siento un ligero cosquilleo moral, que llega a su punto más álgido cuando veo a la profesora Elida, apenas de reojo, dando una de sus clases sobre el desarrollo y la cognición. ¿Me habrá visto con el descaro de una cerveza? Claro, la observación es uno de sus más finos talentos. Todavía recuerdo su mirada inquisitiva cuando nos ordenaba que observáramos indicios, en apariencia imperceptibles, en infantes, para identificar los trastornos del desarrollo. Elida, Elida, Elida, la misma que me aconsejó que dejara la universidad por un tiempo. ¿Una profesora que aconseja al alumno que deje los estudios?  Una ironía de la academia. Una más; si Albert Camus agradeció a su viejo profesor después de la ceremonia del nobel, ¿qué me impide darle una botella de buen ron a Elida por ayudarme a pasar una temporada fuera de las aulas?

Llegamos detrás del último edificio de la Facultad, en la zona norte. Desde allí se ve el Cerro de las Campanas donde hay una carpa y luces estrambóticas, como si hubiera un equipo de detectives buscando las pistas de un complicado asesinato. A nuestro pequeño grupo se unen dos personajes más. Del mismo gremio. Los conozco poco pero estoy en el punto en el que la risa es un asunto sencillo. Pero esta aparente virtud tiene una consecuencia inmediata y es que no puedo quedarme callado. Sin saber cómo, despotrico sobre el irse a vivir con la pareja. Incluso agrego gestos y movimientos al discurso para darle más impacto y consistencia. Luego, infiel a la consigna de no decir aforismos que no me pertenecen, digo algo de Gaspar Noé. “Vivir con una mujer es como vivir con la CIA. Nada es secreto” Y por un segundo, uno solo, todos ríen conmigo.

Se habla de las actividades y todos tenemos una. Artesano, profesor y terapeutas para el alma y el cuerpo. La mía es la que no se remunera. No, pero me ofrece estabilidad psíquica, que por defecto es invaluable. Yo soy el escritor, y lentamente, estoy aprendiendo a vivir con ello; tal vez con el tiempo pueda llegar a apreciarlo o llegue a facilitarme unas cuantas monedas.

Al tanto de lo importante, mi sitio está separado al de ella, para verla, porque verla mucho y hablar poco han sido las dos únicas cosas que he hecho desde que la conocí. Es un placer canalla que, sospecho, solo puede sostenerse por unos minutos más. Me revuelvo nuevamente con mis desvergonzados deseos. ¿El resultado de la introspección? El deseo de hundir mis dientes en su cuello y extender mis diez dedos sobre ella en una actitud honestamente caníbal. Sonrió por mis ideas y se me salen un par de carcajadas que por supuesto nadie nota.  Después fumo en profundas y tranquilas caladas antes volver a circular la chispa entre la comuna. Hasta las cuatro sílabas que componen su nombre son excitantes. Me empujan a consumir, devorar, roer, comer, morder, probar, sentir, vivir. Erres a mansalva. ¿Es este el indicio de la locura?

Termino ligeramente trastornado por lo veneno que pueden secretar mis deseos. Es tan sencillo ahogarse en las fantasías: lo más fácil del mundo; y recién acabo de recuperar mi alma, rescatada de una relación que por fortuna no extendió más las desdichas. Consciente de la inquietud que ya solo puede crecer, me incorporo de mi sitio para respirar otra cosa. Aire, creo.

Las substancias no pueden sobreponerse a los humores y obsesiones bien cimentadas. Ya no tengo ganas de reír, y me siento descolocado. La misma sensación familiar de no encajar en ningún sitio; sensación que me arrebata mi pulsión social en un parpadeo. Me convierto en un anfibio al que le ha llegado el momento de salir de la superficie para volver a la tranquilidad del estanque. “Disculpe señor anfibio, pero ha llegado el momento en que se vaya de aquí.” Dice una de las voces que dirigen mi conciencia. Y a recriminarse.

No debí salir de casa, o en todo caso debí masturbarme antes de hacerlo. Solo así habría condiciones más o menos justas, menos atemorizantes o aturdidoras. La joven eslava apenas sabe que estoy queriendo entrometerme a la primera fila de las sombras, maleantes y mujeres que la pretenden. Los placeres que nos consumen son siempre los más riesgosos, los más improbables. Ya no tengo dudas de que corremos a toda velocidad al desfiladero, donde lo más seguro es quedar desfigurados por la decepción. Y a pesar de todo, aquí estoy, pisando el tablero de este juego con algo de esperanzas en los bolsillos; quizá como muchos, quizá como todos. Esto es lo peor que puede pasarme en momentos negativos, me pongo aleccionador, didáctico.

Ha llegado el momento de salir de allí. ¿El resultado en ese tiempo? Respondo un par de sus preguntas y agrego algunos comentarios destinados a perderse en el viento de la noche. Es tarde, y Fer propone saltar la cerca de la universidad para acortar el camino. Lo dice justo cuando ella ve al tipo que odia, establecido en otra de las mesas de la susodicha Facultad. No pierdo el tiempo y la incentivo a que ajuste las cuentas de una buena vez. La escena es memorable: ella agita sus delgados brazos para mostrarme lo dispuesta que está para sacarle los sesos al tipo que desperdigó no sé qué rumores sobre ella. Me conmueve su entusiasmo. ¡Ojalá yo pudiera agitar los brazos con esa energía! Ese era el momento perfecto para poner mis deseos en sus oídos, pero me ataca el miedo cerval, el maldito miedo cerval, antes de hacer nada. Se me escapa el momento para decirle maravillas y porquerías a quemarropa.

Nos separamos nuevamente camino a la salida. Hablo, pero sin decir nada, con Fer; vamos por delante; atrás va ella y Ray. De vez en cuando vuelvo para verla, como una bestia nerviosa que teme extraviarse de su amo. Por fortuna salimos por la puerta principal gracias a un par guardias que afortunadamente nos interceptan. ¿Yo contorsionándome para saltar una reja? De ninguna puta manera.

En el monumento que marca la entrada a la Niños Héroes, nos esperan amigas de Ray. ¿Cuándo las convocó? No tengo la menor idea. En eso consiste una de las habilidades de mi queridísimo amigo: puede convocar casi cualquier tipo de persona. Incluso podría organizar una secta con relativa facilidad, de mujeres claro está. Conociéndolo sé que la idea le gustaría bastante.

Me desplomo en una especie de cornisa y las saludo de lejos, con la cabeza, antes de guardar silencio. ¿No es lo que se hace un escritor? ¿Ver desde el rincón y la distancia cómo pasa la vida? A mí me sale sin esfuerzo, es un talento nato. Observo la escena y una sensación, a la vez desoladora y tranquilizante, trepa por mi cuerpo. Estoy de más en el mundo, que ríe y seguirá haciéndolo, independiente de mi persona. Es algo que puede saber cualquiera, pero cuando se le suma la sensación, adquiere la que podría ser su verdadera y violenta forma. Juego con mis por fin largos cabellos y escucho que, pragmáticos, concuerdan que hay que volver al bar el que salimos. A la cerveza de quince pesos. Lo celebro callando.

 

III

Camino al bar Ray, generoso, nos ofrece otro dulce. La rubia, para mi infortunio, cada vez más hermosa, duda un poco. Pero es solo parte del libreto; hay que mostrarse escrupulosos cuando alguien dona una infusión inesperada. “Pues va.” y lo engulle. Yo elijo ponerlo en la bolsa de mi camisa que esconderlo entre mis mandíbulas; esta noche necesito conservar los sentidos que pueda, esta inusual situación así lo requiere. ¿Quién iba imaginarlo? Soy la antítesis de la fiesta y de la noche.

La oscuridad hace tiempo que nos envuelve y en el bar la gente se ha multiplicado; como una infección que empeora con la aparición de la luna. Por supuesto exagero, con otro de mis aportes cáusticos a este, un mundo chiflado.

Los grados de mi humor decaen con una constancia que angustia. “The things I think I love, surely bring me pain. Intoxication, paranoia and a lot of shame”. Me avisa una estrofa de Pierce the Veil, cantada con la angustia y desesperación suficiente para apropiármela. Si las cosas marchan así no tardaré en desistir y desaparecer. Y esto, estoy seguro, no es otra jodida metáfora. Ha llegado el momento de saltar la cerca. Alguien tiene que hacerlo primero y su silencio me dice que ese es asunto enteramente mío.

Estamos sentados en los escalones, fuera del bar, como casi todos. Yo al lado de ella. Llevo el dorso de mi mano a la boca y la muerdo suavemente mientras mis ojos se concentran en sus pulseras. “Me muerdo luego existo” eso debió haber dicho ese popular filósofo, porque eso es exactamente lo que me sucede.  Me inclino un poco a su oído y se lo digo. “Entonces, Chica Rubia, ¿leíste lo que te di?” Es mi voz, que alcanza solo para nosotros. “Sí” responde en un tono diferente que por un momento acaba con el ruido sordo en mi cabeza. “¿Y no estás incómoda?” agrego, con la mirada fija en la piel blanca de sus tobillos. Responde, hablamos, escucho, suenan algunas ligeras risas y algo aparece en mi interior. Una señal nerviosa que avisa que los siguientes días tendrán una nueva dirección. Como es de esperarse, no quedo intacto, y el sentido de la prudencia es el primero que me abandona. Sin nada para hacerle frente, la impaciencia me descompone. Sí, a mí, que elegía las palabras y movimientos con tanta mesura: el efecto de haber esnifado sus palabras ha hecho ya sus primeros estragos. Aun así insisto y obtengo más palabras con las que puedo contornear un escenario placentero. Pero este no es ni el lugar ni el momento, y me lo dice en más de una forma. La más ilustrativa es su cuerpecillo tenso que mira alrededor con extrañeza. Tiene razón con todo lo que dice, aquí interrumpen en cada momento.

Parece ser que tener la atención de una joven hermosa va contra las reglas de la comuna, y Jano intenta recordármelo. Para eso interviene en la charla y hago lo posible para sostener el mínimo de cortesía. Pero respondo con parquedad a sus preguntas. “¿Una banda importante e influyente en esta época?” “Escucha a Enter Shikari. Su primer disco tiene diez años.” le digo con franqueza. “No Jano, todavía no escucho el nuevo de Gorillaz” respondo a la última de sus preguntas. Es una lástima. En otras circunstancias podría charlar con él sobre todo mi anaquel musical, compartir algunas bandas o aplaudir o menospreciar nuestros gustos mutuamente.

Después, pongo algo de atención en el relato de una de las amigas de Ray. Resulta que es de alguna costa y que es periodista. Relata una reyerta doméstica con su casera, pronunciando con fuerza y meticulosidad cada una de sus palabras, como si nosotros nunca hubiéramos escuchado una jodida palabra del español. Cuando termina le digo que yo también lo intenté, ser periodista, pero sin mucho esfuerzo, pero que lo intenté al fin de cuentas. Recuerdo que abandoné el recinto cuando el profesor y director del área de Comunicación y Periodismo, un obeso antipático, nos soltaba el discursillo de ser universitario. Debí soltarle un golpe en la barriga antes de irme, eso hubiera sido lo auténticamente romántico. Eso y no el marcharme en mitad de su sermón.

Alguna voz dice que hay que ir al centro, a esa pesadilla llamada Rodesia. Pero para llegar, añade la periodista, hay que apresurarnos. El eco no tarda en aparecer para que nuestro destino parezca estar sellado. La primera vez que fui a allí tenía las mismas intenciones con ella, pero la atmosfera del lugar terminó por desbaratar mi buen humor; que duró lo suficiente para verla bailar y fluir entre beats y estallidos tecno. 

Antes de partir la veinteañera de esqueleto perfecto, me invita una cerveza, la última que beberé. Me lo dice con esa voz densa y lenta; la misma con la que entona la jerga gringa. “Dude, trip, weed”, parecen ser sus favoritas. También ese “para nada” que tanto dice, suena en ella bastante sofisticado. La veo partir para pedir las cervezas. Su blusa, negra y con encaje, se transparenta por su espalda, e invita a querer soplar un poco para ver si su piel reacciona con un escalofrío. Cuando regresa lo hago, sin más resultado que llamar la atención de Fer, que me guiña un ojo en un extraño gesto que creo, es de complicidad.

Nuestra estancia en el bar termina y la larga marcha de Tecnológico más allá de Pasteur no parece preocuparme. Apenas y cruzamos Tecnológico algo sucede. Son nuestros cuerpos, que se encuentran y marchan a un ritmo compartido. Decido caminar más despacio para separarnos del rebaño. Ray y los demás se separan primero unos metros para después ser solo siluetas mudas e inofensivas.

En mi elemento, de uno a uno y en distancias cortas, mi lengua se desata en halagos únicos y estrafalarios. “Eres un pequeño y desconocido planeta, y no tengo otra certeza que la atracción que siento. Ojalá pudiera decirte más, pero en este momento no estoy seguro de otra cosa.” le digo, espasmódico, con mi metro ochenta y largas extremidades en todo su esplendor. Ella ríe, con ese sonido denso y por momentos grave, que para mí mala fortuna, no he escuchado lo suficiente. Solo quiere una cosa y me lo dice. “¿Y entonces?” pregunto con malicia placentera al mismo momento que me detengo. Acabo de desafiarla y ella no duda para tomar  mi mano y sacarme del camino. La rodeo no sin cierta torpeza y ella a mí con elegancia felina. Y unos instantes con ella hacen que mi estancia bajo la atmósfera valga la pena. Su cintura es fría y el aroma de su cuello va más allá de lo exquisito. Después, separados, me retuerzo y maldigo con humor y cinismo a ese beso que no sabe. Estamos demasiado secos y todo es culpa de los narcóticos consumidos. Ella ríe conmigo porque también lo sabe. Pero basta mirarla a escasos centímetros de mí para olvidarlo de inmediato y volver a probarla.

El momento lo interrumpe la, una y mil veces maldita, periodista, que aparece de la nada para apresurarnos. Sus motivos no me importan y me río en su cara para que le quede claro. “Ajá” y es todo lo que obtiene de mí, que sigo abrazando a la joven de cuatro sílabas. Sus manos y mi impaciencia hacen que mi gorra quede tirada en el pavimento. La recojo con una fluidez que no acostumbro, la veo a los ojos y le sonrío, antes de ponemos nuevamente en marcha. Ella, la noche y las siluetas que se alejan hasta quedar al fin extintas, me dan uno de esos momentos para volver a sentir que, esto del existir, no es una absoluta desgracia.

Ante las puertas cerradas de Rodesia hay gente desperdigada. Detrás de ellos esta Ray, Fer Jano y todos los restantes con rostro meditabundo. Ella se adelanta un poco para reunirse demás y yo atravieso la multitud como un fantasma. Sin más a donde ir queda deambular por el centro, porque la fiesta, o lo que queda de ella, de alguna forma tiene que continuar. Con ese propósito descendemos por un andador cuyo nombre ignoro. Hurgo en mi bolsillo y saco mi teléfono, al recordar que tomar fotografías en estado inconveniente se ha convertido en una de mis aficiones recientes. Así, tambaleante, sediento y con la vista cansada, disparo tres veces sobre sus espaldas. Solo al amanecer sabré cual es el resultado.

A pesar de lo sucedido con ella sé que la incertidumbre no acaba, que solo cambia de lugar para iniciar una vez más sus pasos, ofreciendo sus dudas y preguntas que de alguna manera habrá que resolver. Es algo que se sabe, pero que cobrará importancia, hoy por suerte, demasiado tarde. En lo que resta seguiré con mis trastabilleos, presenciaré como ella sigue tirando su teléfono y de ser posible, esnifaré su esencia una vez más.

 

 

 

 
 

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