¿Es la RAE la dueña de la lengua?

La respuesta es simple: no. ¿Entonces por qué tantas reglas?

La Academia de la Lengua Española surgió en pleno siglo XVIII, cuando el auge de las instituciones también tenían un fin político. Esta época fue conocida como el Siglo de las Luces que se caracterizó gracias a que la razón se tomó como el principio fundamental de las ciencias y de las artes.

La Lingüística también decidió incursionar. Aunque cabe señalar que antes no se consideraba una disciplina, sino una rama de la filosofía. El afán de que todo debía ser razonado impulsó el inicio del naturalismo; es decir, la corriente del pensamiento que dictaba que todo estaba regido por causas naturales y que, por lo tanto, podían ser explicadas.

A la lengua le vino como anillo al dedo, los mitos –como el de la Torre de Babel– fueron cayendo poco a poco. De esta forma, los fenómenos se explicaron cada vez de manera más científica –aunque la verdad los teóricos todavía mantenían ciertos prejuicios sociales que afectaron algunos puntos de sus tesis–. Y voilá, una institución llamada la Real Academia Española surgió. Fue propuesta por el conde y marqués Juan Manuel Fernández Pacheco con el ánimo de unificar todos los vocablos del español.

La idea, la verdad, no era tan nueva. Para ese entonces países hegemónicos como Italia y Francia ya tenían sus propias instituciones. La RAE, así, fue creada con fines meramente políticos: imponer una sola lengua en una región tan extensa como España aseguraba un dominio sin necesidad de armas.

Ya lo había dicho Nebrija, el gran gramático renacentista, en algún momento: enseñar la lengua a los conquistados aseguraba la victoria. La única manera de ejercer verdadero poder sobre un pueblo es a través de la lengua; algo tan simple como escribir leyes en un idioma específico o nombrar una “lengua oficial” es someter la voluntad desde la comunicación. Tal vez por eso regiones como Euskadi en España se empeña en no aceptar tan fácilmente el español como su lengua, incluso después de tantos siglos, porque todavía no se sienten españoles, sino vascos.

El teatrito, sin embargo, se les cayó cuando llegó el siglo XIX y los movimientos armados independentistas, sin saberlo, demostraron que la lengua no es de nadie. El hablante tiene la capacidad de hacer suya una lengua y usarla a su antojo. Las ciencias sociales comprobaron que si la economía o la sociedad, por poner un par de ejemplos, podían regularse solas, la lengua también podría.

La lengua se vislumbraba como un ente vivo y cambiante, sujeto solo a la persona que la usa. El estructuralismo y el santo de todos los lingüistas, Saussure, vinieron a corroborarlo. La Lingüística se volvió una ciencia con un método. El prescriptivismo fue el primero en morir.

La RAE, no obstante, se adaptó muy tibiamente a los cambios que vertiginosamente se venían sobre ellos. El inicio del siglo XX fue francamente difícil para ellos. Menéndez Pidal es quizá el director más reconocido de la RAE, pero no estuvo exento de escándalos, como el machismo de la institución y otros. En cuanto a la investigación, su visión estaba todavía dirigida al pasado, encontrar una identidad española en el Medioevo y en los Siglos de Oro era el móvil de sus obras. Durante esta época muchas de las “reglas” que se habían instaurado desaparecieron gracias al avance descriptivista, a la interdisciplina y a los estudios de nivel diacrónico.

La RAE, literalmente, dejó de montarse en su macho y la pluralidad comenzó a destacarla. Hoy, sin embargo, parece que no han aprendido nada. Da la impresión de haberse quedado estancada, se parece nuevamente a la institución pétrea de hace más de un siglo. Su palabra es ley y nada ni nadie pueden modificarla.

Chomsky les hizo cosquillas y se rigen nuevamente por el afán de mantener casi en un frasco al idioma, lejos del habla común y la nueva oleada de comunicación digital. Eso sí, a veces dan paliativos neologistas que nada sanan. ¿Es culpa sólo de la RAE? No, definitivamente el hablante es quien debería empoderarse sobre la manera en que habla y escribe; pero eso no quiere decir que una institución, siempre con miras políticas, quiera sostener lo que hace varios siglos perdió: la conquista.

 

 

 

 
 

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