¿Por qué necesitamos más feminismo en la literatura?

Al feminismo se le ha visto en los últimos años como un absurdo, como otra queja infundada que mujeres radicales –como si de terroristas se tratara– han planeado para la politización de su movimiento. Sin embargo, cuando salen a relucir las siete mujeres asesinadas diariamente en México, los encabezados asegurando que fueron crímenes pasionales y el olvido de las autoridades frente a un problema nacional, es más que necesario que exista un movimiento a favor de las mujeres. Cualquier disciplina artística no queda exenta de tratar temas sociales, pues en su realización es primero concebida desde el horizonte cultural que la alberga y después consumida por ella. Así muchas veces cuando la política u otras ramas del conocimiento no pueden resolver, el arte puede dar una respuesta efectiva, más allá del goce estético.

Uno pensaría que la intelectualidad y los círculos artísticos están exentos del machismo. La realidad es decepcionante. Por ejemplo, hace un par de meses se hablaba del guitarrista que golpeó a su novia y que ningún medio musical quiso denunciar el hecho, los cuales se excusaban en que eso no era un tema que le competía a la música, cuando irónicamente publican fracturas de pie y rupturas amorosas de otros cantantes, por poner un ejemplo. La literatura tampoco queda bien parada, pues desde los productores de ésta hasta sus críticos han caído en prácticas machistas también, en cuanto a publicación de textos hechos por mujeres y la conformidad del mundo literario hacia la violencia de género.

Si bien la crítica literaria feminista no surge sino hasta los años ochenta del siglo pasado, en el XIX ya se advertían señas de una protesta por parte de las escritoras. Rosalía de Castro, por ejemplo, decía en su Carta a Eduarda que el principal problema al que se enfrentaban las autoras era que los hombres las consideraban inferiores y que “mejor deben dejar la pluma y repasar los calcetines de sus maridos, si lo tiene, y si no, aunque sea los del criado”.

Otro caso de indignación dentro de las letras es el de Emilia Pardo Bazán, autora de Los pasos de Ulloa, quien solicitó en tres ocasiones su ingreso a la Real Academia Española. Sus coetáneos la rechazaron en todas las oportunidades y con lánguidos argumentos que nada tenían que ver con lo lingüístico. Para sorpresa de muchos, su principal opositor fue el poeta Juan Valera –se rumora que en gran medida se debía a la envidia que le tenía a la escritura de Pardo Bazán–, quien dijo que con gusto le ofrecería una silla, pero que no cabría en ella, haciendo burla de su peso. La resolución final de los integrantes de la RAE fue decir que la institución era una cosa de hombres. A lo que Pardo Bazán respondió: “Si los señores académicos no quieren verme entre ellos porque dedican las sesiones a contar chistes verdes, cometen un error: yo me los sé buenísimos".

Así, mujeres como Sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVI, Jane Austen en el siglo XIX o Simone de Beauvoir en el XX abrieron un camino para las mujeres que querían hacer y analizar literatura. La crítica literaria feminista tiene dos objetivos: proponer una nueva forma de análisis que reivindique el rol de la mujer como personaje literario y el estudio de la fenomenología del autor desde el punto de vista femenino.

Nuevamente, se pensará que es un exceso tener una vertiente que sólo trate de mujeres y sus formas de lectura, pero no es así. Sólo hay que repasar la historia literaria para percatarnos que incluso en el análisis de personajes, la visión masculina ha sido injusta. Por ejemplo, la figura de Helena que continuamente fue criticada por los poetas y rétores latinos, o Sita, la esposa en el Ramayana, quien tiene que entregarse al fuego como símbolo de sumisión al hombre. Claro que las épocas y las estructuras sociales han sido distintas a las de hoy; es ridículo, sin embargo, que todavía hoy se mantenga el papel dominante y la figura central del hombre en la literatura, así como la atribución de rasgos masculinos a las protagonistas y autoras.

Respecto a lo anterior, el otro objetivo de la crítica feminista encuentra su razón en que siempre se pensó la literatura hecha por mujeres como textos menores. Las hermanas Brönte, por ejemplo, tuvieron que usar seudónimos para poder publicar. Por segunda ocasión los detractores dirán que fue debido a la época histórica, y de nuevo se equivocarían. J.K. Rowling es un caso reciente y muestra de lo que muchas autoras jóvenes sufren. El nombre que la hizo famosa no fue gratuito, su editor le recomendó que no usara el nombre de pila de mujer, pues no se vendería su libro: nadie compra libros hechos por mujeres.

Hay que preguntarse entonces si las mujeres escriben diferente a los hombres o profundizar más inclusive: ¿las mujeres tienen un estilo propio para escribir? La fenomenología de la escritura en sus inicios no hablaba de si había un estilo para cada género, pero es importante recalcarlo porque la mayoría de los estudios que se hicieron en el inicio de la hermenéutica literaria estuvieron centrados en autores hombres. Hasta hoy, no se ha comprobado las diferencias de la estilística, por decir algo, entre Carolina Coronado y Gustavo Adolfo Bécquer, aunque sus poemas, su retórica poética y corriente literaria sean muy similares; eso sí, siempre se ha dicho que Carolina Coronado escribía como Bécquer. Ejemplos de este tipo sobran: Helena Garro y Octavio Paz; Zelda y Scott Fitzgerald; Mary y Percey Shelley. En los anteriores salieron a relucir tiempo después estudios sobre las autoras, pero siempre haciendo hincapié en su papel como esposa, madre, o su comparación con la influencia masculina de su escritura.

No, no es un absurdo hablar de los roles, de los personajes femeninos ni de las autoras. Tampoco es un tópico que se ha superado con la modernidad. Es quizá el momento en que más se ha hecho hincapié en que las mujeres no son comparables a los hombres al momento de crear historias y poemas. Por eso, más que nunca, la crítica literaria feminista tiene que hacerse presente y visibilizar los problemas en los que el arte ha preferido hacerse de la vista gorda.

 

 

 

 
 

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