¿Alguien sabe a qué hora es la próxima tragedia?

Por: Aldo Rosales Velázquez

 

 

Un amigo a quien aprecio mucho, y que además es un lector férreo, lleva una columna de opinión en cuya última entrega escribe lo siguiente: "¿Y dónde están? ¿Dónde se encuentran los que hablan de los baños de sangre, corrupción obscena, ineptitud gobernante y pasmo total que nos han abrumado? Quizá gozando su beca, rumiando su desgracia, quizá ya existen y los desconozco. O quizá intentando ganarse el pan de hoy. No lo sé". –Texto completo aquí http://revistaabuenpuerto.com.mx/contenido/articulo-de-opinion/meditaciones-en-una-emergencia.html.

Y si bien coincido con él en el punto que expone después del citado aquí –que se puede leer en el enlace– también discrepo con el mismo; suena paradójico. Me explico: creo que se necesita el testimonio de la gente, de los escritores también, sobre lo que acontece en nuestro país o, para el efecto, en cualquiera; la literatura y el arte en general son formas alternativas de construir y redactar la historia, quizás tan válidas como las del historiador. Además, como indica Walter Graziano, es mejor escribir la historia mientras ésta sucede, no después. Es decir, necesitamos testimonio vivo, limpio, de lo que pasa día a día en la nación: poemas, cuentos y piezas artísticas al respecto pueden ser otra forma de redactar la historia; una historia alterna. Sin embargo, no es de sorprender que exista gente que tergiverse este punto y halle en las tragedias el terreno idóneo para exhibir su obra, de corte generalmente pobre y rapaz. El caso más actual y visible: los 43.

Porque los 43 –así, ya no un conjunto de cuarentaitrés personas, cuarentaitrés individuos con vidas y nombres propios, sino un número nada más– han sido el pretexto ideal para levantar la voz por medio de textos que, en su mayoría, son mediocres y carecen de fuerza literaria, pero que inscritos en el dolor de un pueblo, resaltan. Poemas, cuentos, esculturas: todo medio es plausible para expresar la indignación que parece haber provocado el hecho. Resulta curioso, sin embargo, que dicha indignación y dolor se terminaron en cuanto lo mediático del evento tocó a su fin. Pseudo poetas que se enorgullecían de que sus débiles versos de pena traspasaron las fronteras del país; remedos de cuentistas que aseguraban sentir el dolor de los padres como propio: artistas de la más baja estofa –en su obra y en su persona– que se solazan en el dolor ajeno para vender sus mercancías. Seres de nulos escrúpulos o infinita ignorancia, que, como moscas o hienas, abandonan el cuerpo de la protesta en cuanto ya no hay nada que extraerle.

En comparación con lo que planteó mi amigo articulista, creo que algunos de los que hablan de los baños de sangre, los que hablan de la corrupción y demás miasmas de la sociedad mexicana, están gozando la beca/recompensa que, precisamente, su obra rapaz y oportunista les brindó. Porque es muy fácil hablar de dolor e indignación por los desaparecidos de Guerrero desde otras latitudes –Querétaro, Ciudad de México, Estado de México, por ejemplo– y desde otras realidades dentro de la misma latitud, y cobrar los réditos que deja el tocar estos temas y enarbolar la bandera social, siempre, claro, desde la comodidad que da el no ser víctima ni involucrarse de verdad con las causas. La tragedia es moneda de cambio con alto valor para el artista cretino, y el trabajo de este último es bálsamo para el ciudadano poco comprometido con su sociedad, con el apático; hacemos nuestra parte con comprar la antología de poemas por Ayotzinapa.

La muerte de tal o cual autor, un atentado, los niños pobres: el dolor es caldo de cultivo para este tipo de bacterias; los buitres vuelan más bajo cuando huelen la muerte. Que necesitamos gente que hable de las tragedias y dé testimonio de las mismas, sí, pero también necesitamos gente que se involucre, que no cese en su búsqueda de justicia en cuanto esta deja de ser rentable; que vea en las palabras la semilla de los actos. Porque de otra forma no estamos ante artistas comprometidos –ni siquiera afectados– sino ante plañideras bien pagadas, prostitutas del “arte” con delirios de grandeza, embaucadores y charlatanes cuya obra, de tan pobre, debe beber de la sangre que corre por las calles, o de otro modo moriría ignorada.

Y como no todos somos José Revueltas –como para poder tener una ideología y el valor para respaldarla con hechos, o para construir arte que no pierda el sentido social–limitémonos a trabajar sobre lo nuestro, y no tratemos de vendernos como creadores sociales cuando apenas nos dejamos afectar por lo que sucede en nuestro país. A quien le duele México sólo por 43, olvida que a diario muere gente: de hambre, de frío, de violencia y de pobreza. Perros callejeros, trata de blancas, racismo y clasismo palpitantes y en carne viva: eso es el México cotidiano, tanto o más terrible que la desaparición de aquel grupo de estudiantes. Quien diga que nos faltan 43 es un imbécil o un ignorante: faltan decenas de miles.  

Estamos frente a un grupo de artistas que sólo pueden resaltar cuando escriben o pintan con sangre ajena. Estamos, como diría José Revueltas, en una época de gente de letras, que no de palabras, porque las palabras son combate y compromiso, no hablar de la tragedia en turno y estirar la mano para que nos den un like/diploma/publicación/beca de limosna –aquí uno de mis poemas sobre los 43 publicado en Inglaterra, qué cool, ¿no?–. Por cierto, ¿alguien sabe a qué hora es la próxima tragedia? Para saber de qué escribir. 

 

 

 

 
 

Revista Saltapatrás es una publicación digital independiente de periodismo, análisis y difusión cultural que apunta al ejercicio crítico desde la diversidad y la integración de opiniones.

Nosotros

CARTELERA

team1
team2
Back to Top