Politizar el desencanto

Por: Teresa Valdés / César Borja

 

 

Ningún movimiento o colectivo político es perfecto, en parte porque transita por sociedades que se reconocen desencantadas de la política, y en parte porque muchas veces nosotrxs lxs militantes o activistas experimentamos nuestras apuestas políticas como un romance ciego cargado de afectos poco gestionados, pasajeros e impulsivos.

Ante este panorama, no parece extraño el devenir del trayecto ideológico de muchas personas, particularmente el caso de algunxs militantes de izquierda que en su juventud abanderaron un marxismo incipiente y que para su adultez, llevados por la inercia de la historia, se repliegan en el sillón más cómodo de la izquierda moderada, o por qué no decirlo, muchas veces de la ultraderecha más cínica.

Este fenómeno no deja de resultar inquietante, sobre todo si miramos el acontecer político de muchos movimientos, acciones, grupos y colectivos que están apareciendo y desapareciendo cada vez con mayor rapidez. Nuestros movimientos personalizan una cultura del abandono y en el peor de los casos de la incoherencia o la completa ausencia de una postura política.

En este sentido, algunas apuestas colectivas no han logrado consolidarse, ni han podido generar impactos de largo alcance. Son movimientos efímeros que carecen de una organización de base, pero sobretodo, de una adecuada gestión de los afectos personales que naturalmente nos atraviesan en la praxis política. El supuesto “desinterés” o poco “compromiso” de nosotrxs lxs jóvenes por adoptar una postura política bajo estos términos parece explicarse muy bien y se ha vuelto moneda de cambio en muchos análisis.

Sin embargo, la realidad es que el desencanto ha estado siempre presente como sentimiento contradictorio en toda narrativa política, algunos movimientos logran superarlo y otros sucumben a sus supuestos poderes. Pero, ¿por qué no aprender a gestionar el desencanto? ¿Qué implicaciones supondría?

Aunque son muchas las variables que podemos discutir y mencionar como causas de la desaparición o inconsistencia de nuestros grupos y colectivos, nos interesa hablar del desencanto, ante todo, porque nos parece más allá de un campo minado, un campo lleno de posibles rutas y alcances. 

Gestionar el desencanto implica, para nosotrxs en primera instancia, aprender a politizarlo. Así como se politiza la rabia, la indignación o el amor, podemos encontrar en el desencanto un motor para la acción. La politización del desencanto exige alejarse de la idealización romántica de los procesos políticos y del quehacer colectivo, entenderlos en su diacronía como procesos de largo aliento, inacabados e incluso inacabables, no libres de toda clase de afectaciones, encuentros y desencuentros.

El desencanto por sí solo exige un paréntesis para replantear, revisar y reevaluar. Da la posibilidad de retomar lo que sirve y desechar lo que obstaculiza. Implica, en sentido realista, renunciar a las viejas prácticas de abandono, y adoptar una actitud consecuente. Conmina a una revisión exhaustiva, más autocrítica, que atraviese de manera reflexiva nuestros sentires. Es muy fácil encontrar en la desilusión motivo de renuncia o desinterés, porque la leemos como signo de fracaso. Sin embargo, el reto consiste en resignificar el desencanto para que sirva en la apuesta de hacer política. Para ello, hay que reconciliarse con este afecto, que a primera vista pareciera estorboso en la praxis, pues nos confronta.

Parte importante de esta resignificación, es el reconocer que nos articulamos desde afinidades personales y afectivas que se desprenden de experiencias acumuladas en nuestro devenir como sujetxs políticos. Nuestras historias de vida están repletas de sucesos que, en última instancia, construyen nuestros posicionamientos y miradas políticas, y en determinados casos, nuestras militancias. Estamos trabajando a través de un constante movimiento de palabras y emociones que se comparten y entretejen. Las acciones llevadas a cabo desde nuestros colectivos, más allá de teorizaciones políticas, están permeadas de una vorágine de afectaciones y opiniones personales a menudo compartidas. Nuestra alegría, así como nuestra indignación se presentan invariablemente en nuestras reivindicaciones. Visto de esta forma, podemos señalar que nos articulamos especialmente desde los afectos, aunque no lo reconozcamos de manera explícita.

Por ejemplo, cuando idealizamos nuestros procesos colectivos, suele pensarse que entre todxs impera una visión “objetiva” del trabajo que se realiza en tanto hay una meta común, o que no puede existir espacio para el error y la contradicción. Sin embargo, la realidad es que cada unx de nosotrxs podemos tener una forma particular de militar y procesos personales distintos. En todo caso, las contradicciones y desencuentros no tardan en aparecer, pues son condiciones inherentes de la interacción y comunicación con lxs otrxs.

Cuando la discrepancia supone una ruptura al no existir un punto de encuentro posible, nos podemos sentir heridxs, traicionadxs y confundidxs, pues depositamos en lxs otrxs y en nosotrxs mismxs una especie de fe ciega. Es decir, muchas veces el desencuentro se vive como un duelo, lo cual devela la idealización romántica que opera en nuestros procesos políticos. Con esto, no queremos decir que los afectos amorosos deban evitarse o eliminarse, al contrario, se necesita de un amor que rompa con su mito romántico y dé el paso hacia la construcción de un amor amistoso, solidario y ético, que funcione a partir de la comunicación y la asertividad.

Cuando hablamos de politizar el desencanto, pretendemos darle la vuelta a las acciones que nos repliegan y nos llevan al abandono, como en un mecanismo de defensa. Reflexionar sobre el “encantamiento” casi narcisista que le podemos adjudicar a nuestra militancia es un primer paso. Ningún movimiento político es perfecto ni tampoco ningún activista, aunque estamos en constante búsqueda para mejorar nuestras estrategias y llevar a mejor cause nuestros desencuentros.

El propio sistema nos requiere en permanente desarticulación y desilusión, y que ante cualquier estrago nuestro ímpetu por el cambio se disipe. Aunque estas sean situaciones inevitables en el devenir político, podemos aprender a superarlas y gestionarlas cada vez que se aparezcan cerca, recordemos que experimentarlas no nos quita coherencia, tomarse un respiro y discrepar tampoco, lo virtuoso del desencanto es que nos da una oportunidad para reexaminar nuestras formas de colectivizar ideas, afectos y metas en común.

 

—Este texto surgió de charlas sobre experiencias comunes y compartidas, de acompañamiento y escucha y uno que otro café entre cada acto. También publicado en: https://porlaboca.wordpress.com/.

 

 

 

 
 

Revista Saltapatrás es una publicación digital independiente de periodismo, análisis y difusión cultural que apunta al ejercicio crítico desde la diversidad y la integración de opiniones.

Nosotros

CARTELERA

team1
team2
Back to Top