La Alameda Hidalgo | Espacio contra las buenas costumbres

Fotografías: Ricardo Lugo

 

            

Para los nacidos en los noventa, la Alameda Hidalgo fue un espacio de convergencia de la juventud queretana que encontró entre sus pasillos y locales una alternativa de consumo lejano a las dinámicas comerciales de boutiques y tiendas departamentales, al que uno dedicaba tiempo para ver los discos –que entonces no había en muchos otros espacios– y ropa, y entonces salir nuevamente a las dinámicas cotidianas. Llegábamos a la secundaria con discos de ska, reggae, rock o rap, y parches cosidos en sudaderas negras –adquiridas ahí mismo–, pantalones tipo baggy, pulseras y cinturones de estoperoles y otras tantas extravagancias de la época…

Durante la gestión del primer edil panista, Francisco Garrido Patrón, en su periodo de 1997 al año 2000, se realizó, el 17 de enero del último año de su gestión, el “Corredor Comercial Alameda Hidalgo”, en el que fueron reubicados los comerciantes de la unidad “Felipe Carrillo Puerto” en un trabajo de “reordenamiento” urbanístico debido a la liosa estructura en la zona céntrica de la ciudad de Querétaro. A partir de la fecha inicial, las dinámicas sociales en torno a un espacio específico fue aprobada por la opinión pública la cual primó la estética urbana. No obstante, la complejidad va más allá de meras valoraciones formales, sino de una serie de aspectos que van desde los derechos humanos hasta los aspectos económicos –que derivan en la reformulación de trabajos– los cuales se suscriben al comercio ambulante, mismos que fueron vejados la madrugada del 19 de junio de 2016, luego de una serie de pleitos en el que participaron policías estatales y municipales así como personal de la Dirección de Inspección de municipio, siendo retirados puestos ambulantes durante la administración de los actuales dirigentes Marcos Aguilar Vera, presidente municipal, y Francisco Domínguez Servién, gobernador del estado, bajo la responsabilidad inmediata del Secretario de Gobierno del Municipio de Querétaro, Manuel Velázquez Pegueros, para quien el propósito fue “garantizar la seguridad, movilidad y la tranquilidad de los queretanos”.

 

 

Semanas antes del desalojo de comerciantes, de manera arbitraria, Velázquez Pegueros anunció la certeza jurídica del espacio en el que municipio obtuvo el título de propiedad del bien inmueble, un proceso con duración de cerca de cinco meses del que se había planteado ya un proyecto de “rehabilitación”. Tres años antes, es decir, en 2013, se realizó una inversión para la accesibilidad a personas con capacidades diferentes durante la administración del entonces edil Roberto Loyola Vera, el que resaltó el simbolismo y la “inclusión” del espacio, con una inversión de poco más de 1.5 millones de pesos.

Reitero: para las generaciones de los años noventa las dinámicas culturales fueron desarrollándose en la segmentación urbanística de la que el centro se divide, en el que la Alameda se concibe como un referente de las llamadas clases populares, donde mi generación, denominada bajo los términos de “contracultura” o “tribus urbanas”, le tocó desenvolverse en un territorio que asemejaba al mítico Tianguis Cultural del Chopo, en su versión provinciana y con permanencia semanal. Quizá a los viejos y no tan viejos queretanos o foráneos adoptados les cueste aceptar que dentro de ese espacio de prietos y jodidos exista una serie de dinámicas culturales propias de los tianguis, herencias mercantiles prehispánicas y de Medio Oriente, de significados y tratos que configuran un actuar citadino, del que la multiplicidad de voces se hace presente en sus rincones. La Alameda era nuestra, y los comerciantes parte de su escenario.

Los argumentos arrogantes e imbéciles que vierten nuestras autoridades y la ciudadanía siempre en defensa de lo más burdo y no de lo necesario, se tornan insultantes en cuanto un timo para el razonamiento. Escucho en programas de radio a conductores –Luis del Toro, por ejemplo– preocupados por las familias –el bastión reaccionario por antonomasia– y los lugares de esparcimiento, como si los comerciantes hubiesen vetado el acceso al parque, apelando a su nostalgia setentera como si la nuestra fuera menos importante. Primero, se enarbola la “recuperación” del espacio público, como si los restaurantes y cafeterías del centro histórico no tuvieran “secuestradas” las calles y pasillos que impiden el tránsito con mesas y sillas expuestas sin mayor problema. Segundo, el tema de la percepción de inseguridad pública, del que la gente en comentarios expresa el temor hacia la zona, mientras el número de asaltos en calles como Ezequiel Montes, Benito Juárez y Corregidora representan un conflicto serio, a su vez del robo excesivo de carteras en el mercado de La Cruz, sin que, claro, represente un problema ciudadano. Tercero, que nuestras autoridades aseguran la venta de drogas, trata de personas y prostitución, esta última tomada como un ejercicio voluntario –hasta donde esta palabra me lo permita–, tres temas distintos con resoluciones distintas y demasiado complejas que deben ser atendidas en sus justa dimensión, ingenuo pensar que los comerciantes son la causa de tales actos, agregado a que con ellos fuera, el problema se acaba, cuando a lo mucho solo migra hacia otras zonas. Cuarto, resulta que a estas autoridades les preocupa la opinión pública, misma que ignoraron en el tema de la desaparición de personas, la recolección de basura, las obras en Ezequiel Montes, la tala excesiva de árboles, la inseguridad creciente, por decir algunas, entre otros tantos conflictos que a la ciudadanía aqueja sin que se les preste atención.

 

 

…Ahora, remodelado, es un espacio de tránsito y estancia con fuentes de suelo –última novedad en fuentes públicas–, compuesta alrededor por la Galería Hidalgo –donde se exponen a concurso o invitación series fotográficas–, reducido a parques temáticos, la que solo afirma la "regeneración urbanística", y en la entrada del lado de avenida Zaragoza, una serie de piezas tituladas Los Olvidados, hechas con cemento y ropa usada “para representar a los hombres, mujeres y niños, que día a día trabajan para salir adelante”, leí en el periódico El Universal, obra de Eva Trujillo e inaugurada con titulares de distintas dependencias gubernamentales, la cual es una ironía luego del desalojo de hombres, mujeres y niños de su fuente de empleo, demostrando que el arte, aun contrayendo un mensaje crítico, es vacío sin una congruencia práctica que lo sostenga.

Creación del corregidor Ignacio Ruiz Calado e inspiración de la “Canción mixteca”, obra compuesta en 1915 por José López Alavés, en cuyas vías cruzaron Maximiliano de Habsburgo, Porfirio Díaz y Francisco I. Madero, cuentan los cronistas locales, la Alameda Hidalgo es un referente simbólico de la urbe, de la que distintas generaciones han visto cambiar a través de los años, y de los que su vida se enmarca en tales o cuales acontecimientos personales e históricos que le dan diversidad de significados. Sostener acaso que su valoración se remite solo a una visión, es fragmentar un espacio variopinto del que los comerciantes sumaron anécdotas, mismas que, interrumpidas por la fuerza gubernamental, quedaron quebradas. No sé a qué se refiera la población al decir “recuperar espacios”, pues siempre pertenecieron a quienes acudían, pero apelar a lo “bello” no es más que un argumento simplista basado en prejuicios de proyectos gubernamentales idílicos, abriendo paso a la realidad reprimida, “al lado del resplandor, los escombros”, dirá Charles Baudelaire. ¿A dónde irán estas personas? Reclama Marshall Berman, filósofo estadounidense en su libro "Todo lo sólido se desvanece en el aire". “El problema no es que estén irritados o que pidan. El problema es, simplemente, que no se irán. Ellos también quieren un lugar bajo las luces”. Misma luz en la que, bajo estas circunstancias, la felicidad queretana aparece como un privilegio de clase, en el que la Alameda obliga a esta ciudad a reaccionar políticamente, cada quien tomando su lugar en el estrado.

 

 

 



David Álvarez (Querétaro, 1990) estudió licenciatura en Sociología en la UAQ. Director de la revista Saltapatrás y gestor cultural en Proyecto Cultura UAQ. Ha escrito artículo y crónica para medios locales y nacionales. 

 
 

Revista Saltapatrás es una publicación digital independiente de periodismo, análisis y difusión cultural que apunta al ejercicio crítico desde la diversidad y la integración de opiniones.

Nosotros

CARTELERA

team1
team2
Back to Top