«No tocar» lo obvio

En mi ciudad felizmente se llevan a cabo innumerables festivales de arte; exposiciones, cine, teatro, danza, literatura. Muchos de estos proyectos buscan tener sentido social pues comprenden que el arte está aquí para hacer algo más que mostrar ejecuciones estéticamente bien logradas y que lo que se dice a un público –interesado o no en el arte–, tiene irremediablemente efecto e impacto en él. O sea que el arte, es un espacio lleno de posibilidades: puede ayudar en los procesos de sensibilización, mover a la reflexión y a la crítica o crear más prejuicios, reproducir más violencia, o difuminarse en la erudición. El arte no es una monedita de oro ni nada por el estilo, como cualquier producto cultural y social puede llevar sus contradicciones y defectos.  

Pero, cuando se trata de hablar de ciertas problemáticas sociales desde el arte, pensándolo como una herramienta para la concientización, parece que es suficiente con plantear una situación hipotética, tomar sin contexto un hecho de la realidad, producirlo y listo.

Hace unos días asistí a una obra de teatro titulada No tocar de Enrique Olmos de Ita, apoyada por el Inmujeres y otras asociaciones dedicadas a tratar y prevenir la violencia contra grupos vulnerables. En realidad, entré con una amiga porque vimos el evento en Facebook y no habíamos entendido bien la sinopsis. Hablo de este caso, como excusa para hacer visible algo que he notado que sucede últimamente con mayor frecuencia en innumerables espacios: la tergiversación del discurso de género.

La obra inicia con dos niñas jugando a las carreritas. Sucede la ruptura: una de ellas cae al piso, se raspa y no permite que su amiguita la toque. A la siguiente escena la amiguita explica –por medio de una conversación con su muñeca– la extraña confesión que le hizo su amiga María: ¿Qué es una caricia? –se pregunta insistentemente–, ¿debo contarle a un adulto? María vive una tormentosa separación con su realidad de infante mientras la otra pequeña vive el idilio de un hogar cálido, con un abuelo que aparece en la escena literalmente como una voz etérea y una corporalidad invisible, recreando la imagen –ficticia– de un abuelo bonachón que usa una graciosa boina. María, sin embargo, vive con su madre, una mujer soltera y trabajadora que a lo largo de la obra se muestra poco atenta a sus necesidades, por sus innumerables y diarias citas nocturnas. En esas ocasiones María es cuidada por su prima y una amiga de esta, quienes abusan sexualmente de ella. El desenlace se resuelve gracias a que la amiguita decide contarle al abuelo, quien denuncia el hecho llamando por teléfono a la mamá de María. La escena del juego de las carretitas cierra la función.

El refuerzo de mitos en torno al abuso sexual y, por supuesto, el tratamiento completamente alejado de la realidad me dejó un sentimiento de zozobra. Para un público poco cercano a estos temas esta puesta escénica puede llevarle a muchas confusiones. En primer lugar, el abuso sexual infantil es un tema enormemente estudiado y documentado, las estadísticas demuestran que más del 90 % de los casos son perpetrados por varones. No cualquier varón, sino hombres heterosexuales socialmente adaptados, es decir, sin rasgos de locura o problemas psicológicos y cercanos a la víctima, sobre todo de su círculo familiar o escolar, como padres, maestros, tíos, primos y sí, abuelitos tiernos con boina. ¿Qué quiere decir esto? Que el tema del abuso sexual transita por un tema de género, de patriarcado, de machismo. Como en los feminicidios, no es casualidad que los feminicidas sean varones. Es la consecuencia social de la masculinidad. Estos abusos tienen sus propios rasgos comunes, a diferencia de otros tipos de violencia: son abusos de poder y control contra los cuerpos más vulnerables de la sociedad, los cuerpos de mujeres, de niños y de niñas.

(Entra a la escena nacho progre).

-¿Pero y los abusos sexuales y hombricidios cometidos por mujeres, esos qué?

En los actuales programas, iniciativas institucionales, políticas públicas, en la academia y en el arte, se nos filtra nacho progre intentando democratizar el tema de la violencia. Los nuevos discursos con perspectiva de género, se mueven a través del estudio de las excepciones. La frase progresista y conciliadora, Es que no todos los hombres, también existen mujeres abusadoras, se filtra cada vez más a nuestros espacios, con presupuesto público y presentándose como arte en un escenario o en un libro.

El estereotipo de la madre soltera negligente y las abusadoras aparentemente lesbianas, solo refuerza los estereotipos y criminaliza a las minorías. Es más fácil responsabilizar a las mujeres de la violencia, decir que el abuso sexual es perpetrado por desviados y perversos sexuales, o por madres que viven libremente su sexualidad fuera del matrimonio, que aceptar nuestra normalización de la violencia masculina.

Precisamente, esa figura masculina etérea que se presenta como la voz de una conciencia abstracta, ese abuelito que le explica a la niña lo que NO es una caricia normal, funciona como una metáfora más del mansplaining que tenemos que escuchar todos los días. Sin embargo, la REALIDAD –y lo pongo con mayúsculas– nos toca todos los días vivirla y experimentarla, no necesitamos de tanto material verificable y documentado sobre este tema, pues estamos rodeadas de depredadores y de mujeres y niñxs con historias de abuso sexual.

Nuestras formas de representación en el arte importan y mucho, sobre todo en un contexto lleno de violencia y vejaciones como el nuestro. Hablar de realidades con sustento social empírico, importa y mucho. Tratar acríticamente temas de tanta importancia como este, puede resultar perjudicial. No tocar lo obvio, importa y mucho.

 

 


UNICEF, Abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes. Una guía para tomar acciones y proteger sus derechos: https://www.unicef.org/argentina/spanish/proteccion-AbusoSexual_contra_NNyA-2016.pdf

Resultados de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016: http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2017/endireh/endireh2017_08.pdf

 

 

 


   


Teresa Valdés (México, 1991). Feminista y lectora. Tiene una licenciatura en Estudios Literarios y una especialidad en Familias y Prevención de la Violencia por la UAQ. Ha sido promotora de los derechos sexuales y reproductivos. 

 

 
 

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