Socialmente adicto

Buenas tardes. Mi nombre es Rafael Volta y soy un adicto. Un adicto a las redes sociales, al alcohol, a los libros y a otras cosas que me da pena decir. El celular es mi mejor amigo. Mi demonio. Mi tentación. Cada fin de semana me lleva al desierto de la Sierra Gorda y pone ante mis pies el ocio del  mundo. Lo único que debo hacer es adorarle y llevarlo siempre en mi bolsillo.

Yo no sabía que era un enfermo hasta que empecé a tener problemas de sueño. Aún los padezco porque me quedo mirando casi hasta medianoche fotos de chicas y de relojes vintage y porque ando de fisgón en el muro de ciertas personas que ustedes no tienen porqué conocer. Duermo mal y mi mente se despierta cansada en vez de amanecer fresca como lechuga romana para absorber un día más de realidad. Mis ojos también amanecen rojos y sin descanso. Parece que la luz de la pantalla se calca en el fondo de mis pupilas y aunque cierre los párpados no hay oscuridad. Por dentro están permanentemente iluminados por un dios. Y ese dios es el de mis adicciones. Dios o demonio, qué más da. Él tiene el control sobre mi tiempo.

Soy de la vieja escuela porque nací allá en los setenta. Y al escribir esto que les estoy verbalizando lo hice a mano con mi pluma favorita, pero se me duerme el brazo. Cosa que no pasa cuando con el teclado de la computadora. Cuando escribo a mano, con la técnica de la vieja escuela, gano varias cosas al hacerlo. Me concentro. No me distraigo con el chat del Facebook o las notificaciones del bar que administro. Además no tengo la tentación de abrir una pestaña para navegar. Navegar es valer verga. Equivale a distraerme sin saber a dónde ir. Me siento disperso.

Me he dado cuenta que cuando tengo lejos mi celular, y por lejos entiendan que es más allá de un metro de mi cabeza, duermo mejor: más tranquilo y descansado. No aparece ese agudo dolor en mi sien izquierda, ni tampoco el dolor de nuca por una mala posición en la almohada ¿Que por qué lo tengo cerca? Para escuchar la alarma y apagarla cuando suene, por si alguien tiene una emergencia. Pero la verdad, acá entre nos, son puros pretextos para no sentirme solo incluso cuando duermo. Es como un osito de peluche digital sin forma de osito de peluche. Lo abrazaría, pero la pila se sobrecalienta y no quiero morir pendejamente. Al despertar tengo la sensación de que que me he perdido de algo mágico y trascendental mientras soñaba. Cuando era niño no existían estos aparatos, uno simplemente se dormía y ya, porque mamá me mandaba a la cama y ella misma me despertaba con el ruido de los platos o el del radio.

Despierto y lo primero que toco es mi celular para ver si todo está fine y sí, todo fine, el mundo sigue ahí a pesar de Peña Nieto y Donald Trump. Un día más. El chicle sigue pegado en mi cerebro. No me siento fresco y ligero. Mis neuronas están saturadas como un póster sicodélico del primer Pink Floyd. Les juro que no tomo drogas duras. Pura cosa suave: alcohol y tabaco. Amanecer así no es mi estado natural. Es como una cruda digital. No vine al mundo con un chip injertado ni tampoco con una conexión inalámbrica.  ¿Alguna vez han escuchado el ruido de los trillones de bits que traspasan tu cuerpo? Yo sí, pero preferiría escuchar el latido del corazón de la mujer que amo esa noche, en vez de bostezar porque mis pensamientos están contaminados y no encuentran sosiego.

Hace mucho que no recuerdo mis sueños. Supongo que ya no tengo espacio en la memoria de acceso rápido para evocarlos en un parpadeo. No sé si deba a la edad o la dependencia a la tecnología. Antes podía contarlos como si hablara de películas hasta el último detalle. Tal vez sea el celular que no me deja dormir temprano y sus extrañas ondas electromagnéticas tienen un mal karma.

Desayuno Chococrispis y con mi mano izquierda sostengo mi celular para leer las noticias, la última tanda de tweets y publicaciones en Facebook. Hay que empezar el día informado para enfrentar al mundo. Estoy listo para luchar por México desde mi perfil. Mientras voy al baño sigo leyendo en mi celular con la mano izquierda, mientras que con la derecha me limpio. Ojo. Siempre me lavo las manos antes y después de ir al baño.

Mi coche no tiene stereo por aquello de los cristalazos en el centro histórico. Por eso pongo música en mi celular. Para no gastar datos, bajo las canciones a Spotify y le doy play. Mientras conduzco recibo dos o tres notificaciones. Se me queman las manos por desbloquear el teléfono y ver quién es: saber si tengo un nuevo crush en Tinder o una nueva amistad en Facebook que prometa ser el amor de verano. Falsas esperanzas. No es nada de eso. Sólo alguien que me caga le dio me gusta a mi última publicación o alguien que me caga quiere ser mi amigo. Nada importante. Todo fine.

A veces creo que mi padre es más feliz que yo y vive menos preocupado por las cosas. Tiene un smarphone pero sólo lo usa para hacer y recibir llamadas. No tiene redes sociales. Sí tiene email, pero se le olvida la contraseña. Pero eso no lo salva de las adicciones que son los partidos de fútbol. Mi hermana de catorce años parece un caso perdido. Ella checa el celular mientras baja las escaleras y ya tuvo su esguince de tobillo. No lee ni madres. Es adicta a jkanime.net.

Como les decía, me siento de la vieja escuela y cuando intento leer cuentos en internet en el sitio de Alberto Chimal –lashistorias.com.mx– me cuesta entrar a cada cuento. Porque se me queman los ojos por saber cómo va el mundo mientras leo. Tal vez alguien me mencionó, me dio un retuit o un corazoncito. Pero la verdad es que todo fine. No soy tan importante. Soy un grano de arena en la playa más extensa del universo queretano.

Antes de ir a clases, me siento fragmentado. Mi día ha sido fragmentado. Muchas cosas por hacer y a todas les dedico una rebanada de mi atención. Apenas me alcanza el tiempo. Alguien me dijo que las personas multitareas son inteligentes. Yo me siento inteligente porque poco a poco me voy dando cuenta de esta mentira. La inteligencia no tiene nada que ver con el multitasking. Las personas que lo practican sólo son buenos operadores: buenos mecánicos, buenos chefs destinados a la cocina de los grandes restaurantes y comedores. Lo fragmentario tiene una estructura débil. Bonito por fuera. Hueco por dentro. Carece de la fortaleza de lo continuo. Tarde o temprano lo fragmentario se derrumba.

A veces pienso que a mayor edad es más difícil sostener un flujo de información acelerado. Recuerden que mis neuronas son de la vieja escuela. Procesan la información en otro ritmo. Acabo de leer en un estudio realizado en la universidad de Bs. As., que quizá a mis alumnos millenials de literatura I y II les pasa lo mismo que a mí. Se sienten dispersos, distraídos, siempre cansados. Yo creo que por eso no leen. Y no leen porque no se concentran. Son estudiantes fragmentarios con un profesor fragmentado. No son mejores estudiantes aún teniendo un mayor acceso a la información del que yo tuve. Ni siquiera saben ler en voz alta: dicen mastíl, cuando está escrito mástil. Son errores de aprendizaje acumulados porque sus anteriores profesores se los toleraron o no les enseñaron bien.

Mis alumnos tienen un dilema. Todos sus tareas y trabajos escolares dependen de estar conectados. Está traslapado el espacio del ocio y el espacio de aprendizaje.  Para ser estudiante hoy en día hay que tener una red social y un correo electrónico, pero para ser un estudiante de calidad se sugiere desconectarse. Es una paradoja. No podemos volver al gis, ni a repartir copias porque ya no nos quedan suficientes árboles.

Cuando les doy clase me llegan más notificaciones por arte de magia. De ese culito que por fin después de tanto tiempo me hace caso cuando les estoy explicando los secretos más oscuros de crear ficción. Y me nace un conflicto porque me gusta dar clase pero ¡oh, ese culito! ¿Por qué estás chingando ahorita? Termino la clase y agarró el celular pero el culito ya sólo me deja en visto y no puedo hacer nada. Me da pavor marcarle y hablar por teléfono. El daño es irreversible. Creo que ya no tengo remedio. Pero todo fine.

Llego a mi casa hambreado y con sed después de disparar muchos ceros y verbos y leer poemamarios completos en clase.  Terminó de comer y me siento todavía cansado. Planeo una siesta de veinte minutos que se transforma en una de dos horas. Despierto y me sigo sintiendo roto y cansado. Cuánto tiempo perdido. El culito todavía no me contesta y creo que ya no lo hará. Lo único que me queda para salvar el día es leer y escribir. ¿Qué es lo que en verdad te importa? Sí, tú contéstame. A mí, me importa escribir una obra que perdure. Que me puedan leer en cien años. Traté de preparar lo mejor que pude esta ponencia y me encontré un estudio de Nokia donde dice que las personas revisan su celular un promedio de ciento cincuenta veces al día y escriben ciento diez mensajes de texto. Si cada mensaje tiene cuatro palabras en promedio, eso da un total de 440 palabras por día. Una cuartilla de prosa comprimida. ¡Mi, dios! Podría escribir una novela de 365 páginas en un año, si pudiera redirigir esa fragmentación. Cuánto talento y tiempo desperdiciado en culitos que no valen la pena. En culitos resentidos.

Si seguimos con las cuentas que menciona el estudio de Nokia, significa que cada seis minutos me distraigo porque necesito alimentar a mi celular. Por eso creo que también soy un adicto. Porque le presto más atención a mi celular que a las chicas. Pero déjenme decirles algo. Mi adicción es socialmente aceptada como la del tabaco y el alcohol. ¿Qué pasaría si en vez de una guerra contra las drogas hubiera una guerra contra los smartphones? Como toda adicción, esta ocasiona efectos nocivos sobre la salud, y al parecer la adicción en las redes ataca los procesos cognitivos.

 

¿Cuál es el remedio?

 

  1. Me voy a proponer realizar pequeños cambios para que se traduzcan en pequeñas victorias. Leer diez minutos al día sin hacerle caso al celular. El poder de desconectarme lo tengo yo. No voy a checar el celular mientras escribo, chupo, como, bebo, cago y cojo.

 

  1. Siempre voy a cargar en mi morral un libro para cuando tenga que hacer fila. Y en vez de checar el celular voy a ponerme a leer un libro, el que sea, que a mí me guste.

 

  1. Si esas pequeñas victorias se vuelven constantes y las aplico en un horario fijo. Se crea un hábito y como dice Juanga: "la costumbre es más fuerte que el amor".

 

  1. Todas esas horas que paso como mexicano promedio en las redes sociales –730 horas– más las 637 horas que paso en la televisión me dan un total de 1,367 horas. Si en promedio me tardo dos minutos en leer una página de un libro, esto significa que para leer uno de doscientas páginas necesito invertir 400 minutos que equivalen al número del diablo: 6.66 horas.

 

Entonces para leer 200 libros ocuparía 1,333 horas, casi lo que gasto en el ocio. Me sobrarían 34 horas para hacerle el amor a mi culito de forma continua. Claro, si me tardo más tiempo en leer una página distrayéndome con pendejadas nada importantes, me quedarían cero segundos para agasajar al culito. 

 

 

 



Rafael Volta (Querétaro, 1977). He publicado poesía, cuento y dramaturgia en diversas revistas literarias. Organizo cada trimestre lecturas de Poesía Precoz en un bar de 4.4 estrellas. Twitter: @rafaelvolta

 

 

 
 

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