Literatura para contadores

No es un secreto que un profesor aprende más que sus alumnos, dado que tiene que preparar la clase y tener valor sicológico y el atrevimiento de enseñar algo. Comencé a dar clases de literatura a estudiantes de primer semestre de la facultad de contaduría y administración en la UAQ. Mi público fue de veintitrés alumnos a los que les gusta Harry Potter y su piedra filosofal.

Este texto no va a ser una queja ni un desgarramiento de vestiduras como aquel profesor uruguayo llorón, que tiró la toalla ante la generación millenial adicta al celular y con un poder de concentración del 1%. Creo que el estudiante contemporáneo es el mejor alumno para enseñarle literatura. La razón radica no en alguna clase de súper poder que yo posea. No soy el súper escritor ni tampoco el súper maestro. Mi única autoridad viene de pasar más de treinta años sentado escuchando clase: desde el kinder hasta una maestría en ciencias y un diplomado en escritura creativa. Tuve maestros que merecerían una habitación en el olimpo y otros una buhardilla en el círculo más aburrido del infierno.

Desde hace tiempo tenía muchas ganas de dar una clase sobre algo que me apasionara. Quizá ninguno de mis alumnos vaya a ser escritor, ni vaya a dedicarse a lo que estudian. Es bien sabido que se estudia algo y uno termina viviendo de otra cosa. Lo que sí yo sabía es que casi a mis cuarenta, descubrí la vocación de escribir y de ser maestro. Si hay malos alumnos es porque hay pocos profesores con vocación.

Muchos millenial son casi vírgenes en literatura, sus referentes respecto a la tradición literaria y las artes en general se remontan desde el 2000 para acá. Como un árbol que va naciendo torcido, uno puede podarlo como sea. Se puede moldear el monstruo de plastilina al gusto. Agradezco que en la UAQ existe la libertad de cátedra y la clase que doy es un taller, que hasta el momento no tiene un programa de estudios sellado con sangre, ni un supervisor moral que censure lecturas. Por lo tanto hice un experimento. La única consigna que recibí de la facultad fue tener un entregable literario: cuento, ensayo, obra de teatro, novela. Los puse a que leyeran y escribieran como bestias. Mi única premisa fue no subestimar su potencial.

En realidad los semestres universitarios son cuatrimestres. En la primera clase, en un ejercicio de democracia pregunté qué género les gustaría aprender. Ahí tuve mi primera lección. No tenían idea de lo que era un ensayo literario, un guión de cine, crónica, dramaturgia o songwriting. Los géneros más votados fueron: cuento y novela. Era la primera clase y había muchas risas y entusiasmo. Es romántico pensar que el inscribirte a una clase de escritura creativa o asistir a un taller literario ya eres escritor, sin dedicarle tiempo a leer y a escribir. Quizá me vieron como un gordito barbón, medio ciego y buena onda. Quizá pensaron que sólo era cuestión de sentarse en la silla, escuchar, decir presente y no hacer nada. No tenían idea de que se las iba a dejar caer.

Dividí el taller en dos segmentos: dos meses al cuento y dos a la novela. En el transcurso iba a dejar muchas lecturas para leer en casa y comentar en clase. Primer error de profesor amateur. El público millenial no lee ni madres a menos que peligre su calificación para aprobar el curso. A esa edad recuerdo que también me preocupaba por lo mismo: un pinche número en vez de aprender cosas para  la vida.

Una calificación nunca ha sido garantía de éxito ni de un ingreso decoroso para sobrevivir en estos tiempos de alzas, gasolinazos y devaluaciones. El único remedio que encontré para hacerlos leer fue copiar a mano de "pe a pa" ciertos cuentos. Esta asignatura sé que suena pasadísima de chucks pero es uno de las primeras lecciones del libro Writing Fiction del Gothams Writers Workshop. Además tuve un profesor de narrativa, Eusebio Ruvalcaba, que se enseñó a escribir, no en el taller de Juan Rulfo y Salvador Elizondo, sino copiando a mano todo Pedro Páramo.

La literatura no es para todos. No faltó a quién le valiera madres y no entregara las tareas, quién se pusiera sus audífonos o revisara constantemente su celular. Fui un profesor bastante tolerante en ese sentido. No pasaba lista, podían entrar y salir a la hora que quisieran. Lo que si no perdonaba era la entrega de tareas y los ejercicios de literatura fuera de tiempo y forma. El sistema de calificación era un promedio de todas las tareas. Mi inspiración fue la prueba de clavados en los juegos olímpicos. No gana medalla el clavadista que se avienta un salto de 10 y luego otro de 6 o 7. Los campeones son los más constantes. Aquellos que saben sus limitaciones y no bajan de un 8 en cada ejecución. Segundo error de profesor principiante: estaba creando una réplica de la cámara de diputados en mis alumnos. Un orador al frente del grupo y pocos patriotas que les interesa el bienestar del país. Poco compromiso. Hay gente que no está lista para la libertad.

Pocos pudieron aguantar el ritmo de mis tareas, sólo los más ñoños. Muchos empezaron a dejar de entregar trabajos. sobretodo cuando por políticas de la UAQ necesitan un 80 para exentar. Ni entregando todas las tareas y sacando 100 lograrían pasar la materia. Otra lección: números y literatura no se llevan bien. Una calificación no es el mejor método para evaluar el talento de una persona y menos en una área artística. Tenía alumnos que me gustaba cómo escribían, su estilo es sobresaliente al promedio de sus compañeros, pero eran holgazanes. Había quienes cumplían con todas las tareas pero escribían plano, bien, pero X con mayúsculas. De otros no me gustaba nada su escritura y fueron los que ganaron el concurso de "Somos UAQ" con el tema mis orígenes.

Ya sabemos que la literatura es una diosa caprichosa que da a quien quiere y como quiere. Desde las primeras clases les prometí que si alguno de ellos ganaba algún concurso literario, en automático pasaba el curso y ya no era necesario que viniera ni que entregara tareas. Esto me agradó porque es una confirmación de la vieja premisa "pobre del alumno que no supere a su maestro, pobre del profesor que no estimule a sus alumnos a superarlo".

Los alumnos en cuatro meses leyeron veinte cuentos, cuatro novelas, escribieron un promedio de cuarenta cuartillas, terminaron dos cuentos de su autoría, y los más flojos –no los menos talentosos– se fueron a extraordinario y entregaron diez cuartillas de su primera novela. Quizá nunca vuelvan a hacerlo en su vida y quizá de esta generación no-literaria, salga el nuevo niño terrible de la literatura queretana.

 

 

 



Rafael Volta (Querétaro, 1977). He publicado poesía, cuento y dramaturgia en diversas revistas literarias. Organizo cada trimestre lecturas de Poesía Precoz en un bar de 4.4 estrellas. Twitter: @rafaelvolta

 

 
 

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