Juicio académico

Ser profesor no es nada fácil en estos tiempos. Uno qué les puede enseñar a estudiantes de diecinueve años cuando todo lo pueden aprender en Youtube con un solo clic. Decidir al final de cada semestre quién pasa tu materia, te convierte en un pequeño dios. Calificar el desempeño literario de alguien es algo tan subjetivo. No es como las matemáticas donde la respuesta es correcta o incorrecta. Tuve un maestro de circuitos eléctricos I, al que le fui a reclamar, muy seguro de mí mismo, el por qué me había sacado 60/100 en el parcial. Yo no había llegado a la respuesta exacta, pero el procedimiento para resolver el problema sí era el correcto. “En ingeniería lo importante es llegar al resultado exacto. Si quieres que te ponga 100 te pongo 100”, me dijo mientras tachoneaba mi calificación y me devolvía el examen. Desde ese entonces nunca he vuelto a reclamar algo que no me corresponde. Supongo que por eso se caen los puentes, aparecen mágicamente los socavones en la carretera y la gente fallece en los hospitales por dosis erróneas. La exactitud de los números decide quien muere hoy, aunque se hayan hecho las cosas bien o aunque se tenga la buena fe de hacerlas.

En las áreas de ingeniería, físico-químicas, matemáticas, espaciales, aplicaciones médicas entre otras, de nada sirve el proceso o el medio si el resultado o el fin no es el correcto. Pero, ¿qué pasa en la literatura?

El semestre pasado reprobé a una alumna con espíritu de poeta y deportista. Durante el primer semestre sí cumplió con las tareas y asistencias y pasó la materia. En el segundo, faltó casi a la mitad de las clases por asistir a competencias. La mandé a final, no por faltas sino por baja calificación. Su examen consistió en entregar veinte poemas y un ensayo sobre el cine. Los poemas me gustaron. Le puse un cien. Redondo, absoluto, magnífico. El ensayo lo califiqué con un cero porque a mi parecer no hablaba de cine. Era un texto impreciso y bien pudiera leerse como un ensayo sobre la memoria, las parejas, o los recuerdos amorosos. El campo semántico que utilizó no daba ningún argumento a que yo pudiera precisar que estaba hablando acerca de las películas que le gustan. Cuando estábamos ante el secretario académico, alegaba que en una tarea sobre cine que le dejé en el semestre, había elegido la misma estrategia ensayística y sacó un setenta y cinco. Con un sesenta de calificación en la UAQ acreditas una materia. Por lo tanto exigía justicia de que la evaluara con el mismo criterio. Releí otra vez su ensayo y llegué a la misma conclusión. El texto no daba pie a que se abordara el tema cinematográfico. Me considero un lector profesional. Ella alegaba que no era necesario tener la palabra “cine” para que el texto hablara sobre el tema. Entendí la indirecta, claro, no soy un idiota. Hay una cosa que se llama subtexto. Pero también le recalqué que cuando dijo “lo que yo quería realmente decir es...”, le contesté: “¿Y por qué no lo escribiste? ¿Dónde está en el ensayo?”.

No llegamos a un acuerdo ante el secretario académico. Yo insistí en que reprobó la materia no solo por su imprecisión sino por sus casi veinte faltas de ortografía. Ella insistió en que sí había pasado. Por lo tanto, la única opción era que ella promoviera, por su cuenta, un juicio académico formado por otros profesores y alumnos que calificaran con una visión más neutra y objetiva su trabajo. Apenas acabó la junta y se fue derecho a ventanilla para iniciar el trámite. Yo me regresé a casa con la duda de por qué alguien cree estar en lo correcto por haber entendido mal una cosa que expliqué muchas veces en clase. Las muchas veces que ella faltó. También me di cuenta que su fracaso, también era mi fracaso como profesor.

A veces pienso que me vi excesivamente rigorista y que todavía habita ese espíritu de ingeniero en mí. A veces pienso que trunqué una nueva promesa literaria o que la hice nacer. Recuerdo que en el primer semestre ella era la única alumna que se quedaba al final para pedirme correcciones con un cuento de su autoría que trataba justamente sobre el fracaso y el miedo en las competencias deportivas. Con ese cuento no pasó nada, pero con sus poemas ganó el tercer lugar y un premio del $1 000 pesos en el concurso interno SOMOS UAQ.

Creo que la constancia vale más que la chispa en el arte. Me pregunto qué sería de aquellos alumnos brillantes que me gusta cómo escriben pero que no entregan tareas, faltan a clases, y a los que tuve que reprobar —o ellos mismos se reprobaron. La disciplina y constancia convierten a alguien mediocre, en extraordinario. Sin ellas, alguien brillante se transforma en mediocre con el tiempo.

A veces me encuentro en los pasillos a mi querida exalumna de ensayo y no me saluda al igual que otros de sus compañeros que tuve que reprobar. Corrijo. Que ellos reprobaron la materia. De algo estoy seguro, en México abundan los Marcos Aguilar y Peñas Nietos que, en su burbuja, creen estar haciendo lo correcto porque sus profesores les dieron un A —aprobado— a la ligera, en vez de un NA —No Aprobado. Desde mi pequeña esfera de poder académico —el aula y la libertad de cátedra— trato que este tipo de gente no escale más arriba. Hacen mucho daño. Uno nunca sabe el futuro de sus alumnos. Es necesario que nos gobierne gente más brillante que la que tenemos ahora. Que tenga la disciplina y el rigor de hacer lo que le toca hacer bajo el marco legal, y no lo que se le antoje hacer.

El juicio académico promovido por mi exalumna fue rechazado. No supo plantear el argumento para que aceptaran iniciar el procedimiento. Su alegato se basó en mi supuesta variabilidad de criterio a la hora de calificar: en una tarea de cine le puse setenta y cinco, y en el final sacó un cero. Sigo pensando que tomé la decisión correcta.

En este semestre ella se metió al concurso interno de ensayo y obtuvo el primer lugar y un premio de $2 500 pesos. Supongo que quiso sacarse la espina y demostrarse a ella misma que sí sabe escribir ensayo a pesar de mis limitaciones como maestro. Ella me dio la vuelta y seguirá adelante. Estoy seguro de que si no la hubiera reprobado, no se hubiera metido a ese concurso. Ahora sabe que puede ser poeta y ensayista y todo lo que se proponga. De eso se tratan mis clases, que mis alumnos se superen a sí mismos y estiren sus límites.

 

 

 



Rafael Volta (Querétaro, 1977). He publicado poesía, cuento y dramaturgia en diversas revistas literarias. Organizo cada trimestre lecturas de Poesía Precoz en un bar de 4.4 estrellas. Twitter: @rafaelvolta

 

 
 

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