¿Hace cuánto tiempo no ves una telenovela?

Es difícil recordar la vida sin el uso del internet. Al no poder acordarnos del pasado, solo nos queda imaginarlo. Cómo eran los días sin teléfonos inteligentes, sin redes sociales, sinladies lords. Nada de información viralizada. Me cuesta trabajo entender la dinámica de la cotidianidad teniendo casi como único ocio mediático el televisor, cosa que fue una gran ventaja de nosotros los que nacimos en los ochenta.

Vayamos a 1997. Ese año fue especial, un año que nos hacía imaginar transformaciones; fue diferente en la vida política de México. El país salía de una brutal crisis económica en la que se sumergió en 1995, el resquebrajamiento del sistema político mexicano representado por el PRI, hacía que la gente comenzara a despertar. En verdad que eran tiempos esperanzadores; en las elecciones intermedias del régimen de Ernesto Zedillo –julio de 1997–, el PRI perdió por primera vez la mayoría del congreso, y la izquierda mexicana ganó la primera elección en el Distrito Federal para elegir al Jefe de Gobierno. El país tenía relativas ganas de cambiar.

En ese mismo año, murieron Emilio Azcárraga Milmo y Fidel Velázquez, pilares indispensables en el funcionamiento del sistema político; el primero, dueño de Televisa, dijo alguna vez: Somos soldados del PRI y del presidente”, entre otras frases dignas de análisis; el segundo, líder de la CTM por más de cuarenta años, quien fue el gran proveedor del voto obrero para el partido hegemónico.

Así era el año de 1997 cuando todavía no teníamos idea de lo que era hacer un meme, y mucho menos teníamos acceso a otro tipo de información más que la que proveía nuestra siempre cuestionable industria televisiva. El internet estaba en pañales y apenas sabíamos lo que era un email; mientras tanto, en las sobremesas familiares se discutía sobre la telenovela del momento –algo muy diferente a lo que nos había acostumbrado Televisa–, María Inés y Alejandro Salas, interpretados por Angélica Aragón y Ari Telch, prendían las alarmas de los prejuicios morales de la mexicanidad televidente. Esta pareja de ficción irrumpió de manera polémica: María Inés era una mujer de cincuenta años, madre de tres jóvenes, que había consagrado la vida al matrimonio, y que su esposo decide separarse de ella porque se enamora de una mujer más joven; pero después del duelo del divorcio, María Inés se enamora de Alejandro Salas, un hombre también mucho más joven que ella… y esto, parecía realmente fuerte para los mexicanos conservadores. Mirada de Mujer fue una producción de Argos, transmitida por TV Azteca, que en el verano de 1997 se adueñó del primer lugar del rating televisivo.

 

 

Hoy, muchos pensamos que las telenovelas son una auténtica porquería; pero en aquellos años, Argos cambió la forma de producirlas. Tocó temas diferentes en tiempos donde muy pocos discutían sobre la libertad de expresión, porque ni siquiera era algo que colectivamente nos cuestionáramos.  Un año antes del éxito de Mirada de Mujer, en pleno ocaso del salinismo –y con ello el derrumbe del efímero México primermundista–, Epigmenio Ibarra y su productora, transmitieron en TV Azteca la telenovela Nada Personal, una trama política amorosa interpretada por Ana Colchero, Demián Bichir y José Ángel Llamas. La historia comienza con una escena un tanto familiar en el contexto político del país: el asesinato de un político mexicano por traición de sus correligionarios. ¿Comenzaba a haber apertura en los medios de comunicación a dos años del asesinato de Luis Donaldo Colosio? Y siendo optimista, algo estaba pasando, porque era impensable un tema así a mediados de la década de los ochenta. Nada Personal fue una historia diferente en comparación con el trabajo que Televisa produjo por décadas, y mejor aún, la telenovela estaba musicalizada por Armando Manzanero. Bajo esa nueva dinámica de producir telenovelas, vino el rotundo éxito de Mirada de MujerNada personal dio oportunidad para crear una secuela que terminó siendo policiaca, y en 1998 se produjo Demasiado Corazónun drama precursor de todas las series de narcos que abunda hoy en la red.

La manera de administrar el ocio familiar ha cambiado. Hoy tenemos dispositivos personales que nos conectan a internet. Por años, la televisión fue un intruso dentro de las casas, que juntaba a las familias mexicanas a ver telenovelas. Por más absurdo que parezca, la telenovela del momento era un nexo de unión familiar. Y en mi noventera adolescencia, cuando las hormonas le encuentran utilidad a la mano, vimos a Bibi Gaytan en Dos mujeres un camino. Telenovelas de cuatro de la tarde hasta antes del noticiero de Jacobo Zabludovsky.

La televisión educaba, las telenovelas constituían las aspiraciones de los consumidores de contenidos. Ver novelas no era solamente una cuestión de entretenimiento, era parte sustancial en la construcción de subjetividades culturales, haciendo distinciones muy claras de género que terminaban estableciendo formas y finalidades de la existencia. No exagero, de ahí el éxito de Televisa como gran productor de historias chatarra.

Emilio Azcárraga Milmo, consciente de la calidad de sus contenidos televisivos, dijo en 1993 ante un grupo de millonarios: “México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil”.  Y bajo ese contexto, creó una fábrica de realidades y una industria a nivel global: las telenovelas mexicanas. Así podríamos entender el éxito de Rosa Salvaje, interpretada por Verónica Castro y Guillermo Capetillo; y las tres producciones de las Marías interpretadas por Thalía: María la del Barrio, María Mercedes y Marimar, tres historias diseñadas bajo la misma idea de la mujer pobre y noble, que encuentra el amor en un hombre apuesto y millonario, y que viven felices para siempre después de librar el yugo de un villano o villana.

 

 

Las novelas mexicanas estaban sostenidas en el drama y el sufrimiento; para ver una novela, había que sufrir junto al bueno y esperar una larga historia que ya sabíamos en qué iba a terminar: una boda, hijos, casas elegantes y quizá, la imagen de la Virgen de Guadalupe como colofón. La polaridad que garantizaba el éxito del rating se debía al  correcto diseño de un villano y un mártir. También sabíamos que  el malo quedaría loco, inválido o se moriría; rara vez pisaba la prisión; México es tan impune que ni en las telenovelas los malos van a dar a la cárcel. En esta dinámica, Catalina Creel ha sido una de las mejores villanas diseñadas para las telenovelas. El perfil psicológico y la caracterización del personaje fueron claves para convertir a Cuna de Lobos en la producción telenovelera más exitosa en la historia de México, hasta la llegada de Mirada de Mujer. Catalina Creel fue uno de los personajes más odiados por el televidente mexicano.

Muchas han sido las historias transmitidas por el canal de las estrellas. Los grandes éxitos telenoveleros eran los temas de la cotidianidad. El control de la información no permitía hablar de otra cosa más que de futbol y el capítulo del día anterior de la novela. Hoy, la industria de la televisión pierde fuerza; e Internet se va convirtiendo lentamente en el medio hegemónico, pero todavía no lo es, porque hay otras realidades que no vemos, donde siguen pegados a la televisión. Los cibernautas voraces vivimos en otra realidad, que también crea subjetividades absurdas como las que crea la televisión; vivimos una lógica incorrecta, pensar que el internet nos está despertando y que hay una verdad que se viraliza por medio de las redes y que, por lo tanto, vivimos más informados y más democráticos; es una mera fantasía. 

Mi percepción es que en la actualidad ya no hay telenovelas exitosísimas que sean comentadas y analizadas en la opinión pública como se hacía antes, pero supongo que la industria sigue funcionando y, por lo tanto, arrojando ganancias; quizá no las de antes. Podríamos pensar de manera muy relativa, que la industria televisiva tiene las horas contadas, que sus pésimos contenidos tendrían que acabar con ella, pero si eso pasa, se tardará algunos años todavía. Las nuevas plataformas, como el caso de Netflix, han cambiado y abierto el menú de contenidos; sin embargo, la televisión como la hemos conocido, sobrevive y no cambiará su calidad en sus producciones porque seguirá habiendo un amplio mercado que las consuma.  Quizá estoy siendo benévolo con el futuro de la televisión, pero hablar de su desaparición por la aplanadora del internet, es algo que todavía tardará en pasar.

 

 

 



Danielopski. Autor de los libros “Cuentos ácidos para vidas sin remedio” y “La geometría de la Euforia”. Escribe para Tribuna de Querétaro y Catalejo. Director de Grupo IFO, dedicado a la capacitación empresarial y difusión cultural.

 

 
 

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