Pinches ganalikes

“Para el último año del siglo XX llegó a haber tal número de famosos que superaron el número de desconocidos que los pudieran conocer, al grado de que cada quien se convirtió en algo así como el famoso de sí mismo, esto es, el centro de un universo vacío”.

Pablo Fernández Christlieb. La forma de los miércoles

 

Un amigo captura la pantalla de una imagen de mi Instagram, me manda esa foto donde salgo con mis perros. “Pinche ganalikes” me escribe con emoticones de carcajadas. Un par de horas después hago lo mismo, capturo una publicación de mi amigo donde retrata a sus sobrinos, se la mando y le escribo “lo bueno que el ganalikes soy yo”. Después ambos coincidimos, capturamos la selfie de una amiga en común, ya saben, la imagen con la sonrisa de oreja a oreja con alguna frase mamarracha de superación personal y se la enviamos… “Ganalikes”, le escribimos. Capturar pantallas de Facebook, Twitter o Instagram es el fenómeno a la inversa de la era de las redes sociales: hacer privado lo que se ha hecho público, y cuando aquellas capturas llegan a los grupos de Whats donde el capturado no es miembro, parece ser el “pueblo chico infierno grande” a modo cibernético.

Las redes sociales son una memoria permanente. ¿Nunca has pensado hacer un viaje al pasado a través de tu Facebook? Saltar pa’ tras en tu biografía del feis quizá te haga sentir una sensación extraña a la altura del pecho: ¿Qué putas estaba pensando cuando posteé eso? La pena se descubre cuando la red social osa recordarnos los posts de años pasados. Un día como hoy, pero de dos años atrás, subiste una foto donde sales con un amigo, mismo con el que hoy ni siquiera te diriges la palabra. Igualmente, en los recuerdos de otros apareces con aquel o aquella a quien varias veces exhibiste públicamente en la red social como el amor de tu vida y que hoy quizá hayas mandado al basurero de tu historia. Y en esos momentos en que ves los recuerdos frunces la boca y te percatas de la impulsividad absurda de hacer público lo privado, acto que tiene como paga chingo de likes; ¿y quién no ha abierto su Face desde su teléfono para ver el número de likes en alguna publicación?

Conste que escribo desde la autocrítica. Todos los usuarios de las redes sociales somos —unos más otros menos— unos ganalikes. Y es que en la era de las redes sociales convertimos lo privado en un cascarón que ha duplicado nuestro yo, si de por sí el yo está construido en ego de acero, de forma cibernética es inmamable. Nos inventamos un mundo paralelo para ser mostrado a los demás, un diminuto universo para metamorfosear nuestra personalidad —aquí todos tenemos derecho a un talento sobrevalorado, al éxtasis, a la felicidad—. Y resulta que el like tiene alguna connotación extra, a veces dice más que el simple gusto por lo que exhibimos o lo que otros exhiben. Las relaciones sociales en la era de lo no privado han creado nuevas formas de decir las cosas, por ejemplo, con un pinche like.

En Black Mirror, serie que se transmite por Netflix y que muestra de manera exagerada y surrealista la forma como la tecnología está jodiéndonos la vida, hay un capítulo denominado “Caída en picada” donde se ve la forma como las redes sociales toman un papel determinante para construir un prestigio. A través de likes —aquí son puntos manifestados en estrellas— la gente obtiene una calificación que le permite tener acceso a diferentes cosas —créditos, boletos de avión, acceso a lugares— y la aprobación de los demás es lo que le da sentido a la existencia. Y sí, es exagerado, pero a la vez caricaturiza el mundo real que vemos a través de las redes, donde es evidente que mientras más sentimentalista, más exitoso, más cursi te muestres, más dispararás tu likecometro para tu satisfacción personal. Es decir, llamamos la atención por lo más pinche trivial, por lo que tendría que quedarse en las cuatro paredes de nuestra casa, y ya no hablar de los comentarios que escribe la gente, que resultan una cosa espantosa de sentimentalismo del más barato, un listado de palabras huecas, vacías; y repito, escribo desde la autocrítica, reflejado en el espejo de mis miserables redes sociales.

 

 

 



Danielopski. Autor de los libros “Cuentos ácidos para vidas sin remedio” y “La geometría de la Euforia”. Escribe para Tribuna de Querétaro y Catalejo. Director de Grupo IFO, dedicado a la capacitación empresarial y difusión cultural.

 

 
 

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