¿Tapar pozos o levantar la cabeza?

¿Para qué sirve la filosofía? Fue un cuestionamiento que me hizo una alumna de 17 años, durante una clase de psicología que, intentando explorar el concepto de subjetividad, aludí a los sofistas e ineluctablemente a las críticas que Sócrates les hacía respecto a la relatividad que usaban para argumentar la verdad. Fue en ese divagar de ideas que brotó aquella pregunta, una pregunta no solo espontánea, si no válida a mi parecer pues, ¿qué interés puede suscitar para las nuevas generaciones los textos filosóficos de autores cuyos escritos originales surgieron hace más de veinte siglos? ¿Pueden encontrar en ellos algo sobre su realidad actual? O en todo caso, ¿es ese el fin último de la filosofía?

Primero es necesario entender el contexto social de muchos de ellos, en los que impera una tendencia a premiar lo fútil, lo efímero, aquello que nos es de valor práctico y que nos ahorre el mayor esfuerzo posible. En esa directriz enajenante y frugal, la filosofía es renegada y segregada, ya que en ella no se encontrara un manual para lidiar con aspectos concretos de la cotidianidad, dado que el sitio desde el cual el filósofo interpreta o riñe con la realidad no es un lugar común ni reconfortante. El filósofo se interesa por temas diversos, sus estudios comprenden interrogantes sobre el universo y el hombre, el entendimiento de lo real, el propósito de la política y la ética, así como de la posibilidad del conocimiento y su alcance.

Si como lo afirma el filósofo ingles Whitehead: “La filosofía occidental no es más que una serie de notas a pie de página de las obras de platón”, un ejemplo que ilustra el quehacer de quienes se abocan al escrutinio de la realidad, es una anécdota que platón reproduce de Sócrates sobre un incidente peculiar ocurrido a Tales:

 

"Cuéntese, que ocupado Tales en la astronomía, y mirando a lo alto, cayó, un día, en un pozo, y que una sirvienta de Tracia, de espíritu alegre y burlón, se rió, diciendo que quería saber lo que pasaba en el cielo, y que se olvidaba de lo que tenía delante de sí y a sus pies”.

 

Ante dicho suceso la mayoría optaría por re direccionar la vista al suelo, a la espera de no caer dentro de un agujero en el suelo, pero aquello no sería más que una solución temporal, tapar los pozos nos desviaría del propósito original por mirar el cielo. Ello implicaría, dicho de otro modo, una renuncia al entendimiento de lo que nos rodea.

En efecto el filósofo renuncia al utilitarismo, y por el contrario problematiza lo cotidiano con el objetivo de develar los fundamentos y verdades ocultas tras el velo de lo superficial. En una sociedad enajenada como la nuestra, la filosofía parece una práctica contraria, pues implica ir a contracorriente del status quo y el repensar de aspectos que configuran el sentido común. No es de extrañarse bajo esta lógica que filosofar no sea una actividad común, todo una aparato ideológico hace que el la figura del filósofo sea visualizado como un tipo extravagante, un holgazán que interfiere al progreso social, un hombre destinado a caer en toda clase de pozos, pero no por ello renuncia a mirar más allá de lo evidente.

¿Para qué sirve la filosofía? Existirán diversas respuestas, pero yo diaria que sirve para no quedarnos en la oscuridad del pozo.

 

 

 



Iván Landázuri (Oaxaca, 1990). Ha colaborado para diferentes revistas como: Registromx, Penumbría, Letrina, Escopeta, Monolito, Síncope, Scf-Terror, Sic Fazine, Yerba, Errr Magazine, Hysteria, Apócrifa Art Magazine, Cloroformo, entre otras.

 

 
 

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