Una licencia para divagar

La columna es probablemente dentro del ámbito periodístico-literario, la manifestación más egoísta, entendiendo que su naturaleza no es la del consenso, sino más bien la del ensimismamiento. Su moneda de cambio es la de –re–construir con palabras el mundo interno de quien enuncia una opinión. Invita al lector a un diálogo alevoso, donde el columnista tiene la ventaja de narrar ciertos sucesos o anécdotas del mundo desde su propia subjetividad.

En ese sentido –que resulta válido– el autor nos cuenta los amaneceres, las derrotas y declives de quien observa, contempla e interpreta el mundo, parado en la cornisa de su habitación interna. Esto admite a su vez múltiples lecturas que emergen como cabezas de una hidra al encontrarse con los propios muros internos de quien sigue las palabras que intentan comunicar el pensamiento del autor. Y que puede estar en desacuerdo o concordancia con alguno de los argumentos elucidados.

Fuera de la periodicidad, y en algunos casos de su extensión, la columna no sigue un patrón fijo en cuanto sus temáticas. Más bien se haya condicionada a las cavilaciones y preocupaciones actuales de quien llena un espacio en la revistas o periódicos. Consiste en el sencillo y olvidado trabajo de cuestionarse el perímetro a nuestro alrededor, algo parecido al filosofar sin método predeterminado. Poner en duda las certezas y sobre todo tomarse más de una licencia para el divagar.

La columna al igual que cualquier otra manifestación literaria-periodística implica un grado de introspección al momento en que el autor se juega el ego para exponer al escrutinio público sus convicciones más personales; la exploración profunda dentro de sí, para sacar a la luz sus propias ideas, que como bien sabe puede influir a quien esté dispuesto a prestar atención a dichos ensimismamientos.

Existe en la columna algo de ensayo, de crónica, de narrativa literaria, y anécdotas como aquellas que solemos contar durante los encuentros con amigos en la barra de un bar. Cualquier evento y/o experiencia puede desencadenar los ensimismamientos que dan cuerpo a una columna. Escribir una columna sobre la columna es el ejemplo perfecto de su versatilidad y quizá también de su inutilidad práctica. Sin embargo considero requisito indispensable el escrutinio profundo sobre la idea, uso e importancia de la misma para quien se proponga entablar este estilo de diálogo.

No recomendaría este ejercicio a quien no esté dispuesto a perderse en los pasillos de sus propias cavilaciones. Pues implica para el columnista el compromiso de discutir consigo mismo ideas sobre aquello que llamamos por consenso: realidad.

Al leer columnas, en más de una ocasión he terminado sumergido en mis propias ideas. Algo curioso sin duda, pues al prestar atención a las opiniones vertidas en esas líneas que son el reflejo de un mundo interno ajeno al mío, inevitablemente me lleva a cuestionar los hechos desde mis propios resquicios de pensamientos, prejuicios y experiencias.

Este juego hedonista posee también sus puntos de ruptura y desquebrajo para quien las escribe, al igual que cualquiera, la postura del autor sufre cambios y no es raro encontrar con el paso del tiempo, posturas aparentemente contradictorias, la columna es pues, también una suerte de bitácora del pensamiento. Un registro en el que se aprecia los giros y visiones nuevas, engendradas de nuevas vivencias y más lecturas.

Así por último, renunciando a la idea de limitar una columna a lo vertido en la líneas anteriores, tengo la impresión de que al escribir una columna, se adquiere el compromiso de intentar con cierta periodicidad, el escarbar dentro de sí mismo y de  manifestarlo de la manera más clara posible en un hado de estética y literatura si se me permite cierto arrobo.   

 

 

 



Iván Landázuri (Oaxaca, 1990). Ha colaborado para diferentes revistas como: Registromx, Penumbría, Letrina, Escopeta, Monolito, Síncope, Scf-Terror, Sic Fazine, Yerba, Errr Magazine, Hysteria, Apócrifa Art Magazine, Cloroformo, entre otras.

 

 
 

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