Carver y el amor

En los próximos días, las redes sociales se inundarán de discursos melosos y entusiastas  sobre el amor. Muchos adolescentes aprovecharán la ocasión para declarársele a la chica que los trae de nalgas; otros les insistirán, les rogaran que solo será la puntita. Los moteles tendrán su temporada más alta. Las cadenas televisivas programarán maratones de películas cuyo argumento es exactamente el mismo –un remake a lo shakespeare-. Nos toparemos a nuestro paso sujetos comprando peluches gigantes, arreglos florales, globos en forma de corazones y un sinfín de acciones encaminadas a demostrar cuan en serio nos tomamos ese sentimiento que llamamos: amor.

¿Podemos culparlos? Que arroje la primera piedra quien no haya en algún momento sido parte de este engranaje calendarizado del amor capitalista. El amor, colocado por muchos en un pedestal de las grandes virtudes y aspiraciones humanas, sin duda nos incumbe, nos llama, nos obsesiona y a veces nos desarma. Más de uno encontrará razones para desdeñarlo, otros más optimistas memorizaran poemas de Benedetti. Lo cierto es que en su carácter subjetivo encierra una rica variedad de interpretaciones de las que han germinado tanto grandiosas como deplorables obras en todos los ámbitos humanos.

Una parte importante de la literatura se ha nutrido de las incógnitas que emana este concepto tan amañado. De hecho, habrá quien diga que sin amor no habría literatura, y viceversa. Lo mismo ha inspirado a distintos filósofos y aristócratas, que a sádicos y borrachos. “Encuentra lo que amas y deja que te mate” frase atribuida a Bukowski ilustra lo anterior. El amor pues, parece ser una quimera de infinitos rostros.

Dentro de la gigantesca lista de obras literarias que abordan al amor, citaré la de un escritor –más por mi propia predilección que por cualquier otro motivo de peso–, cuya obra me viene a la mente al pensar en lo polifacético del amor: Raymond Carver, cuentista estadounidense que dio pie a una de las corrientes literarias más potentes en Norteamérica, denominada como realismo sucio.

Carver, quien gustaba de utilizar personajes grises, patéticos, con una inclinación a la mediocridad, dentro de situaciones habituales para construir sus historias –muchas de las cuales no parecían conducir a finales cerrados si no más bien a estampas de una cotidianidad que por momentos se desquebrajaban sin abandonar el sinsentido–, también reflexionó entorno al amor, aunque, claro, desde una visión distinta a lo acostumbrado.

En su libro de cuentos titulado: ¿De qué hablamos, cuando hablamos del amor? Carver, por medio de los 17 relatos cortos, ensaya respecto a las diferentes formas en que puede expresarse el amor y al mismo tiempo nos hace preguntarnos: ¿dónde se haya su límite?, si es que existe. Carver retrata pequeños instantes en la vida de distintas parejas que funcionan a base de diversas fórmulas de apego sentimental, las hay infieles, las que se odian, las que asesinan, las que juguetean con dulzura, las que no entienden un carajo, en fin, las hay de todo tipo.

Y aunque supongo que el amor demanda que uno mismo se formule su propia definición, y más aún, se experimente en su praxis, yo me sumo a Carver en la idea de no saber de qué carajos estamos hablando.  

 

 

 



Iván Landázuri (Oaxaca, 1990). Ha colaborado para diferentes revistas como: Registromx, Penumbría, Letrina, Escopeta, Monolito, Síncope, Scf-Terror, Sic Fazine, Yerba, Errr Magazine, Hysteria, Apócrifa Art Magazine, Cloroformo, entre otras.

 

 
 

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