Todos somos replicantes

Hace casi diez años recostado en el sofá, vi en el televisor de mi sala Blade Runner  (1982), una de las cintas que marcaría mi orientación cinematográfica. En el aquel entonces, los efectos especiales que se observaban en la película  ya parecían un tanto llanos en comparación con los que se podían apreciar en las películas del nuevo milenio, –y que más adelante terminarían por sobreponerse a los argumentos y narrativas en el cine mainstream.

Desde la primera secuencia en la que un replicante es sometido a una prueba para determinar sus respuestas emocionales, se empezaba a entrever la médula argumental que se establecería en la icónica cinta de Ridley Scott basada parcialmente en la novela de Philip K. Dick,  Sueñan los androides con ovejas eléctricas,  donde acompañaríamos al Blade Runner: Rick Deckard en la persecución de los nexus-6; la última generación de replicantes que intentaba escapar de un destino fatal y utilitario en una sociedad distópica creada por el hombre.

A través de los pasos de un renegado oficial fuimos igual que él, empatizando con los replicantes, cada vez más cerca de alcanzar la naturaleza humana que sus creadores más humanos que los humanos. Más que una cinta me parecía estar frente a una interrogante existencial. Con todos los méritos propios pasó a ser un referente del cine, atravesando las delimitaciones de los géneros con los que se suelen etiquetar las películas. Su influencia puede verse en toda una ola de películas que intentaron rasguñar lo que aquella película consiguió. 

32 años después de su aparición, llega la secuela de este universo con Blade Runner 2049, esta vez de la mano del director Denis Villeneuve, quien ya había incursionado con maestría en el género de la Ciencia Ficción con la cinta Arrive (2016) y que inyecta a esta nueva entrega de un potente sentido y estética visual para acompañar los trazos  filosóficos y argumentales.

Esta nueva película, no se estanca en mostrar qué ha sido de los personajes que vimos en la cinta de Scott, si no busca igual que sus replicantes, hacerse de su propia valía, y lo consigue bien, pues retoma cuestionamientos importantes de su antecesora como el sentido y esencia de una naturaleza humana. Además plantea de forma inteligente y sutil –como toda buena obra– nuevos cuestionamientos, sobre el deseo de vivir, el miedo a la muerte y los elementos que pueden redimir a los hombres con su propia esencia.

En contraposición a la primera cinta, acompañamos de cerca al Blade Runner K, un replicante que acepta su condición artificial a diferencia de los viejos nexus de Tayrell, y cuya misión es la de limpiar –exterminar– estos modelos viejos, que inclusive compadece por sus  aspiraciones de hacerse de un alma. Esta óptica distintiva permite plantear una de las primeras interrogantes de la historia: el derecho por soñar, aspirar, desear y el costo que ello implica.  

A lo largo de la cinta veremos el derrumbe y pérdida de la aparente paz y equilibrio que sostiene a K, producto de la aceptación o determinismo de su propia naturaleza, y que se sustituye por los elementos que en un principio desdeñaba, llevándolo a tomar decisiones y acciones que lo remidan.

Como todo clásico, busca minar la conciencia del espectador con preguntas de su propia realidad. En el caso de Blade Runner 2049, nos arroja a una duda respecto a lo que los teóricos y filósofos de la posmodernidad han llamado la simulación de lo real. El universo presentado en la pantalla no parece tan lejano del todo.

Como lo planteaba Jean Baudrillard, “lo real ya no es aquello que se puede reproducir, sino lo reproducido”. Según este filósofo francés, en el mundo posmoderno no hay realidad, sino simulacro de la realidad, una suerte de realidad virtual. Una tesis recurrente en la literatura de K. Dick.

En más de un sentido me aventuro a señalar que todos somos replicantes, simulando replicar el proceso humanizador, pero olvidando la esencia de aquello que resulta el enigma de la conciencia y naturaleza del ser.

Igual que un replicante, parecemos aceptar un determinado sentido de la realidad y obramos en consecuencia de ello, aún a costa de nuestra propia naturaleza, si es que existe algo semejante. Tal vez Philip k. Dick veía algo que nosotros apenas alcanzamos a sospechar sobre un futuro desolador.

Como apuntes finales respecto a Blade Runner 2049, además de la riqueza argumental de esta entrega, existen elementos suficientes en materia de lenguaje visual, para establecer igual que la cinta de Ridley Scott, un paradigma que con suerte influenciará a nuevas películas. Las tomas abiertas y horizontes difusos acompañan a los personajes de la historia y terminan por configurarse en un elemento armónico y primordial del mismo universo. En la cinta de 1982, la lluvia juega un papel importante de la trama, ahora los escenarios desérticos funcionan como una metáfora de la soledad y el vacío, y por muy opuestos que parezcan estos elementos Villeneuve consigue integrar su estilo y lenguaje visual de forma coherente con el mundo distópico y paranoico que se reflejaba en  la cinta original y en la obra literaria de la que es referida.

La acción acontece de forma pausada, aunque sabe acelerarse en los momentos adecuados, aprovechando las casi tres horas de duración con las que cuenta, pero que pese a ello se agradecen, pues se entiende el sentido que toma el plantear no solo las peripecias al estilo Noir, si no para preparar el desenlace donde ambos Blade Runner's –Deckard y K– parecen redimir su presente y pasado, y sobreponerse a sus pérdidas sentimentales en favor de un futuro que saben los sobrepasa.

 

 

 



Iván Landázuri (Oaxaca, 1990). Ha colaborado para diferentes revistas como: Registromx, Penumbría, Letrina, Escopeta, Monolito, Síncope, Scf-Terror, Sic Fazine, Yerba, Errr Magazine, Hysteria, Apócrifa Art Magazine, Cloroformo, entre otras.

 

 
 

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