Non finito

Es domingo y escribo una columna porque no hay nada en la televisión. Una premiación de películas que en su mayoría ignoro, me hace pensar en cuántas no he visto y también reiterar el hecho de que he llegado casi tarde a todo. Hasta que tuve 20 años inicié a leer libros y escuchar música que mis compañeros de universidad decían haber poseído y oído casi como algo natural. Por lo que, ahora, no es novedad que vea películas tardíamente, casi dos años después de que se estrenaron o cuando ya están accesibles en las plataformas digitales. En eso, como en mucho, fallo como millenial o, al menos, como ser de esta era.

En ese estado de cosas veo Demolición, del 2015, la cual ni siquiera recuerdo en carteleras. Quizá si contextualizo que Jake Gyllenhaal la protagoniza, pueda ser más claro de qué película trata. El problema es que llegué a la mitad y no quiero ver el resto. Hasta ahora el hombre queda viudo y, en una especie de acto-reflejo, comienza a escribir cartas a la compañía de máquinas de dulces que utilizó mientras esperaba noticias de su esposa en el hospital. El reclamo es que el aparato se quedó con dinero y con unos M&M´s pero, para poder hacerlo, tiene que tocar puntos que, de íntimos, resultan bastante incómodos. Y ahí quiero que se quede.

Ese hecho que podría parecer dramático lo considero hermoso. Me recuerda a un cuento de Guillermo Fadanelli en el que parecía que nada pasaba y que nada tenía explicación. El protagonista de este texto era un hombre promedio cuya esposa era modelo en un programa de lotería. Un hombre que se ve feliz –en ese término socialmente aprendido–. Aun así no sabe cómo evadir esa sensación tan común y corriente. Empieza por hacer paseos innecesarios lo cual genera que la imaginación de su esposa le cree una amante. Y el cuento acaba ahí. Anunciándonos la frágil estructura de lo que puede entenderse, es una vida.

En ambas obras aparece una fuerza incisiva de que, al no comprometer nada –de nuestras historias–, sólo nos queda una actitud a la que no le importa el hecho que tengamos enfrente –ya sea la muerte de la esposa o la pérdida de la vida tal y como la conocemos–. Una tolerancia hueca. Creo que es por eso que no quiero terminar el filme. Me da miedo encontrarme con que el personaje debe destruir su antiguo yo para descubrir uno nuevo porque eso sería divertido, pero tremendamente superficial. Quiero que el personaje siga aparentemente tosco pero, sobre todo, complejo. Eso que casi no veo en las películas que justo ahora se están premiando en las que todo se resuelve. Quiero que se quede en el non finito, esa constante en el trabajo de Miguel Ángel, que ha motivado muchas investigaciones acerca de las causas por las cuales muchas de sus esculturas se quedaron inconclusas. Quizá porque soy una tonta o porque, tanto en la película como en libro, encuentro algo que una vez me dijo un amigo: “El tiempo es un relato que un dios le cuenta a un auditorio vacío”.

 

 

 



Gabriela Cano (Guanajuato, 1988) estudió Letras Españolas en la UG y la Maestría en Enseñanza de Estudios Literarios en la UAQ. Se desempeña profesora. Escribe columna semanal en la revista digital Golfa.

 

 
 

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