Inusual y pequeño planeta

Conmovido por la nostalgia es fácil que recurra a la lectura de mis viejos números de la revista Gorila. ¿Por qué acudo allí? Sin poder precisarlo del todo, ensayo la posibilidad de que, apenas separo las apergaminadas páginas de la revista, soy investido por nuevas fuerzas morales; unas que es difícil encontrar en las propuestas editoriales que genera mi cohorte. Después de la impronta de la que fui víctima hace tantos años ahora es difícil encontrar lecturas que puedan sacudir, aunque solo sea un poco, la visión de las cosas que he construido en mi estancia bajo la atmosfera. ¿No es eso lo que se busca en la lectura, desvanecerse aunque solo sea de una forma corta y limitada? Además, como el hombre supersticioso que soy, es fácil olisquear de un principio a donde se dirige la cosa: un fetiche snob, un paréntesis en la vida universitaria o un eslabón hacia un deseo autista, son los aromas más frecuentes de las revistas que he llegado a conocer.

En la revista Gorila desde la primera página, en el Choro Editorial, podía sentirse que uno estaba por entrometerse en un inusual y pequeño planeta. Carlos Ramírez escribía esta sección, con unos dedos que tecleaban con una fuerza desaliñada y necesaria; desde alguna atrocidad contemporánea o unos cuantos párrafos dedicados, por supuesto, a sus obsesiones. Era una columna que inauguraba lo que vendría después, e inmediatamente dibujaba una sonrisa a los adolescentes bobalicones, ávidos de recursos simbólicos que no fueran un insulto o un escupitajo introducido con mezquindad al pozo de nuestras mentes.

En aquella época era yo un escuálido que, pese a algunas propiedades más o menos originales, era del tipo corriente. Tanto la neurociencia moderna como los filósofos concuerdan que esta etapa es crítica para el desarrollo de los individuos, que lo que allí suceda marcará cierta diferencia en la conducta y en la jerarquía moral que a uno contengan. En otras palabras, el encuentro con la revista Gorila marcó la diferencia en que renunciara a pasear por el lomo de un equino, gestar cabriolas al ritmo de la banda o enorgullecerme por una camioneta, como un insolente campesino. En vez de la práctica de estas actividades, administré esos años en rasgar acordes punk rock y en ejercitar una actitud torva que provocó desvaríos con ciertas autoridades y me ganó varios señalamientos por parte de mis congéneres. Como diría Gadamer, tendría que hacer el rodeo histórico para que todo esto sea al menos en un inicio, comprensible. Para esto era yo, lo repito, un adolescente. Habitante de un villorrio en el que los estribillos punk rock eran solapados por la demencial sonata del querreque.

Jorge Flores-Oliver, Alejandro Pai, Francisco Zamudio y el mismo Ramírez se ocupaban de llenar aquellas páginas; el Dr. Rabias, y el propio Blumpi –seudónimo de Flores-Oliver– a ilustrarlas. Mi primera formación, si es que así puede llamársele, ocurrió en gran medida a lo por ellos elaborado. Desde la Enfermedad Social, de Jorge Flores-Oliver, que tenía el talento para narrar sobre los retazos desdeñados y fragmentos de la cultura poco comunes; asesinos, músicos, rednecks, ilustradores marginados y por supuesto, su eje central: el universo del cómic; para tener una idea de esto basta con leer el Apuntes de Literatura Barata, para ver el tino ensayístico del escribano.

No conforme con una sección para hablar de una parte del zoológico humano, tenía una sección nominada Zona Oscura, sin duda una de las partes más exquisitas del pasquín –esto de pasquín no debería tomarse como una ofensa–, sino justamente lo contrario. Misma que contenía la estructura de todo suplemento cultural moderno, con la diferencia de que allí no se encontraban la misma ceremonia ante la gran cultura, virtuosas personalidades, o las plumas más nobles y selectas: discos, libros, cine, cómics y novelas gráficas, devenidos por artistas que mostraban una veta disonante a las producciones de ritmos sosos y humores industrializados. Ensayando la posibilidad de suponer un punto iniciático a algo, podría decir que allí empezó mi paulatina reconciliación con la literatura. Una que se incubó hasta eclosionar, de una vez por todas, a mis veintitantos años; ya viejo, evidentemente. Las novelas que presentaba, y su estilo mismo de reseñar, era ya un lobby confortable y seductor que ejercía un efecto magnético en mí. Y sí, casi todos eran de Anagrama. Y también, no todos fueron libros magnánimos; elemento apreciable para alejarme de las mazmorras del idealismo y marrullería. ¡Cómo no olvidar los bostezos y cabeceos junto al condenado Sal Paradise!

Perro Malo –el propio Ramírez– se ocupaba del aparatado Mole Negro, donde reseñaba los filmes de personalidades distinguidas como Buttgerit, Miike, Park Chan-Wook, y otros directores afines a las tramas enfermizas y fluidos varios. Lugar al que se llegaba una vez pasadas las páginas de los Guet Drims y el Verdugo; en el primero, modelos multimillonarias, actrices hollywoodenses o pornoprincesas compartían sus suculentas figuras; en el segundo aparecían figuras públicas o bandas sintéticas, siendo torturadas en floridas formas y maneras por un ser nominado, ya lo he dicho, como el Verdugo –inolvidable la escena de Hugo Sánchez siendo despedazado por balas con pinchos simulando pelotas de futbol.

En cambio una parte del apartado visual, el Anticomercial, las ilustraciones de Dr. Rabias, adornaron la puerta de mi habitación, como si esta fuera la guarida de una secta poco cautelosa. Fue así hasta que mi padre, en una noche paroxística y cicatera, destrozó todos los posters y tomó todos mis números pensando que ese era el origen de la degeneración de su vástago. En una parte, no se equivocaba. Incluso fue fácil imaginar a mi padre formando parte de aquellas huestes que demolían bibliotecas enteras. Por suerte en aquella época no tenía libros que supusieran valía alguna.

Como tengo la fortuna de que esto no es un asunto académico, no es mi intención explotar los recovecos del susodicho pasquín; de ser este el caso sentiría lo mismo que al diseccionar un anfibio, viendo cómo los tejidos se separan para que la cosa deje de tener cierto misterio.

Justo después del Choro Editorial, la revista tenía en sus primeras páginas un apartado similar a una ficción socialista, para la participación colectiva: epístolas, o simplemente torvas misivas venidas de todos los confines de México. Allí los lectores tenían una tarea fundamental: ayudaban a espolear al conjunto editorial para que no cometieran pifias imperdonables, como el reciclaje de contenido. Tampoco pasaban por alto la intromisión de alguna banda edulcorada, famosa, masiva, y los insultos, los abundantes insultos, no se hacían esperar. Fundamentos que tornaban al Buzón Mutante más que un punto de interlocución, una auténtica palestra. Los despistados que escribían demandando alguna banda que por su sola existencia era ya un insulto a la revista, y a la horda de sus acólitos, eran recibidos con metafísicos azotes en las nalgas. Tampoco se aceptaban las líneas zalameras, que por cierto eran recibidas con un acto que necesitaba igualmente castigo.

Pasado el tiempo encontré el primer número de esta revista al recorrer las afueras de una terminal de autobuses allá por el año 2012. La portada estaba descolorida y acartonada por el sol y el precio ya se reducía a los diez pesos. La compré inmediatamente. De este número inaugural Ramírez se burló posteriormente y razones sobraban: el contenido no era gran cosa pero para mí tenía el mismo valor que le da un fetichista a la adquisición de un raro par de zapatos.

Su desaparición incluso fue acorde al temperamento ajeno a sentimentalismos ordinarios. Como un elefante viejo que se pierde en los arbustos cuando sabe que el futuro es algo que no puede ya sostenerse. Simplemente dejó de hacer espacio en los revisteros, esfumándose para siempre con apenas una breve exequia en suspendida todavía en algún punto del sideroespacio.

Ah, y lo olvidaba, también era una revista de Skate.

 

 

 



Félix Romero (Querétaro, 1989) ha publicado crónicas, artículos y relatos en revistas y suplementos culturales locales. Recientemente ha mencionado su interés en colaborar con un suplemento cultural de conocida importancia. 

 

 
 

Revista Saltapatrás es una publicación digital independiente de periodismo, análisis y difusión cultural que apunta al ejercicio crítico desde la diversidad y la integración de opiniones.

Nosotros

CARTELERA

team1
team2
Back to Top