Escocia, contra la desidia y el trastorno

En la ciudad de Rostov de Don fusilaron a una de las primeras psicoanalistas, la tristemente célebre Sabina Spielrein; fémina reducida a un episodio galante con el, en un inicio pródigo de esta misma atmósfera de ideas, C. G. Jung. Mujer a la que además de libros y artículos le han dedicado dos filmes. De esa misma ciudad proviene una novedad que ha trastornado mis nervios: Motorama. Y bien sabe uno que las novedades que nos conmueven pueden ser decimonónicas o inclusive –esto no me ha pasado–  renacentistas. Los cosacos ya llevan tiempo en los escenarios, hasta tocaron en el país hace unos años. Y sigue siendo una sensación inédita.

En la novela de Irvine Welsh, Cola, Carl en su estrategia para cortejar a una compañera de clases conecta con ella charlando sobre discos. Hablan de los que tienen, de los últimos conciertos y la evolución del sonido de sus bandas preferidas; a las que aplauden o reprueban. Y, cosa rara en estos torcidos tiempos, terminan quedando para escucharlos juntos. ¡Escuchar un disco al lado de la joven deseada! Reír y charlar o guardar silencio mientras las canciones se suceden en la ortodoxia, sin interrumpir o acelerar la ceremonia.

Detuve la lectura y me sentí maldito, desahuciado por algo que me resulta distante e impracticable. Maldigo a Carl, maldigo a Welsh y a su universo escocés por algo que me es vetado. Dos cosas me lo impiden y están incrustadas en el sistema de recreaciones de mi cohorte: el obstáculo de darse el tiempo y el de tener una afición precisa y además compartida.

¿Quién  querrá escuchar el segundo disco de los Artic Monkeys conmigo? ¿El Gish de las Calabazas Aplastadas? ¿Alguno de los Cribs? Nadie naturalmente. Antes me mirarán extrañados e incluso conmovidos por el alcance de mis deseos. No me dedicaran unas horas y, lo más lamentable, no existe el susodicho interés compartido, y tampoco algo que se le aproxime. Y al pensar la dimensión de mis juicios deduzco que suena a fascismo, este, mi corazón y sus anhelos. ¿Sería acaso la soledad e incomprensión lo que azuzó a los fascistas del siglo XX? Puede ser posible.

Las reuniones o fiestas, supuestos espacios para la desenvoltura y la espontaneidad, se muestran –de esto me sobra experiencia– intransigentes para mis apetitos. Cuando intento apoderarme del aparato para poner música, en cualquiera de sus modalidades, siento los ojos inquisitivos aguijoneando mi espalda. Que mi música no. Y cuando la pongo descompongo una atmósfera y algo se tuerce, hay algo maloliente y todo es culpa mía. Un ejemplo: en la despedida de Ximena, ya dispuesta en abandonar el país, puse a Dr. Dre, sus rimas de los noventas y me la quitaron al cuarto verso. ¿Qué esperaban de mí? ¿A los Cadillacs? ¿O a los chingados Caifanes?

He vuelto a la novela escocesa en busca de consejo, donde cada uno de los personajes son astillas que entran por los ojos hasta quedar bien fijadas a la memoria, donde siguen punzando su presencia. Es una novela violenta, de humor corrosivo que lleva a carcajadas estrepitosas; y al mismo tiempo, oscila entre las preocupaciones, desgracias y fracasos de cuatro amigos en cuatro décadas. Como toda buena novela, esta es indefinible, y lo que mis líneas aportan no son más que máculas insignificantes de este drama memorable.  

Es un relato directo, pero de ninguna forma simple; Welsh no es un escritor arrabalero de prosa plana y monolítica; no se parece a aquellos que, afanados en describir las calles y el espécimen social que lo habita, terminan realizando obras sociológicas en vez de una efervescente ficción.

Carl Ewart, un dj en proceso de desintegración, vuelve al equilibrio por una llamada de su padre enfermo; llamada que vuele a unir a las cuatro piezas de esta obra poderosa y memorable.

Nadie maldice e insulta como el promiscuo Terry, sujeto egoísta y misógino, que pese a estas propiedades tiene su atractivo; sí, Stefan Zweig tenía razón cuando dijo que los canallas nos seducen. La consciencia de ser desgraciado es de lo que se viste Gally, el malaventurado, que con dos estancias tras las rejas, todavía tiene que hacerle frente al sida y a la hija prematuramente perdida. Y el círculo se cierra con Billy, el más centrado y consistente de los cuatro, firme y ajeno a las crisis vitales; por eso es el más aburrido y el que me parece más ajeno de la cuadrilla.

Carajo, con las remembranzas de esta lectura mis preocupaciones parecen desvanecerse, tornando claro y respirable la atmósfera. Vivir es un asunto difícil, y más que compartir algunos discos, como salmodiaba líneas arriba, la lectura tiene la facultad de salvarme de la desidia y el trastorno. Sí, la lectura autista es y sigue siendo la sal de la vida.

 

 

 



Félix Romero (Querétaro, 1989) ha publicado crónicas, artículos y relatos en revistas y suplementos culturales locales. Recientemente ha mencionado su interés en colaborar con un suplemento cultural de conocida importancia. 

 

 
 

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