El instituto

Durante una temporada viajé con frecuencia a un prestigioso centro de investigación del bajío mexicano. En el turbulento entusiasmo de mi fallida licenciatura –en ese lejano primer intento–, lo único que llegó a interesarme lo suficiente para atornillar mi trasero sobre un pupitre, fue la investigación científica, motivo por el que terminé clavando la suela de mi calzado en las calurosas estepas de los límites de la ciudad. Sometido por la currícula, tuve que elegir el sitio en donde realizaría las prácticas profesionales que la institución me demandaba. Aunque todo el grupo balbuceara estupideces cuando se les hacía la breve y medular pregunta de lo que era la educación, el plan de estudios, aquel talmud en que todo el ganado escolar debía agachar la cabeza, predicaba que, pese a la violenta ineptitud del estudiantado, se debía elaborar un proyecto con el cual retribuiríamos a alguna institución con los conocimientos adquiridos en dos años de adiestramiento. Como despreciaba las escuelas, y más aun a los infantes allí reclusos, intuí que lo más adecuado a mi temperamento e intereses estaba en los laboratorios de neurobiología que la UNAM había levantado en una áspera planicie a las afueras de la ciudad. No estuve solo en tan impopular afición, y solo una compañera, Alejandra, se aventuró en mi compañía.

Aquel sitio había sido construido para investigar las consecuencias en el desarrollo de los neonatos que sufrieron complicaciones al nacer, esto según un breve video, que tenía como presentador a un actor de telenovelas que casi nadie conocía. Nuestra tarea en el semestre tenía como objetivo levantar un diagnóstico institucional en el que podríamos vislumbrar cuáles eran los campos en los que podríamos intervenir. Por lo que estuvimos vagando por los pasillos con un puñado de encuestas bajo el brazo que nadie tenía deseos ni tiempo de responder. Las eminencias en el campo de la neurobiología que allí laboraban, nunca encontraron hueco alguno en sus comprimidas agendas para contestar un párvulo cuestionario lleno de preguntas bobas. ¿Cómo esos hombres y mujeres que gastaron tanto tiempo en doctorados iban a perder el tiempo en tonterías de aquella naturaleza? No tardamos en atisbar que en el sitio no había cabida para los estudiantes como nosotros. ¿La consecuencia? No hicimos más que un puñado de entrevistas a personas que nada tenían que ver con nuestros intereses; una secretaria y una psicoanalista venezolanas, fueron las personas que, quizá, más impulsadas por la lástima que por el veraz deseo de colaborar con un proyecto escolar, llenaron con sus opiniones los espacios en blanco de nuestros cuadernos.

Aunque en las primeras semanas intuimos que el proyecto estaba de un inicio varado en la cuneta, pudimos experimentar un poco sobre la naturaleza del empleo que añorábamos. Alejandra concordaba conmigo en que el mejor futuro posible que se podía obtener en la licenciatura, era el de dedicarse a la investigación porque, suponíamos, era la puerta que haría de nuestra vida un espectáculo menos nebuloso. Imaginábamos que una constancia como colaborador en una investigación o codearnos con los grandes decanos, servirían para engrosar un currículo que nos daría ventaja en la adquisición de una beca, un proyecto, o un benigno espacio en la docencia. Pero lo que vimos en esas pocas semanas dentro de los muros, fue lo que nos motivó a buscar alternativas ante la experiencia de aquel empleo. Simplemente me horrorizó la idea de dedicarme a lo que presenciaba al interior de aquellos gruesos muros. Como la pereza se ha apoderado de mí, seré breve. Solo comentaré que un par de sesiones siendo testigos de cómo una treintona ubicaba coloridos electrodos sobre el cráneo de un neonato, para ver la corriente eléctrica del cerebro –mundanas y oscilantes ondas somníferas– fue lo que me convenció de arrojar por la ventana aquellas incipientes ambiciones.

Alejandra, como yo, llegamos a intuir que habíamos errado de carrera; ella llegó a confesarme que debió haber elegido una ingeniería, y yo, carente de una alternativa que me enviara lejos de aquellas mazmorras positivistas, me limité a encogerme de hombros ante semejante desventura. Unos meses más tarde, abatida por la futilidad del proyecto y por la fecha de entrega cada vez más escueta, Alejandra viró sus gafas, no a una añorada ingeniería, sino a un proyecto menos extravagante en una escuela primaria. Yo, con una terquedad que en aquel entonces no conocía límites, decidí abandonar la universidad en la búsqueda de una vida sobria, carente de paupérrimas faenas como protocolos de investigación de los cuales, nunca llegué a escribir más de siete páginas.

Ahora, en el presente, después de haber virado varias veces el timón a una licenciatura, estoy a punto de concluirla. Y como en aquellas mañanas, parado en la llanura que pertenecía a la UNAM, presiento la percepción de un desierto abriéndose a mi paso, presentándome un nuevo horizonte al cual será extraño acomodarse. Justamente como se siente un aldeano al poner un pie fuera del feudo conocido. Y ahora ¿podré dedicarme de una vez por todas a las letras o habrá un alud de ignotas contingencias? Lo supongo, y la verdad que mi opinión es tan clara como el destello del sol, porque nunca, esto de las letras, ha sido de otra manera.

 

 

 



Félix Romero (Querétaro, 1989) ha publicado crónicas, artículos y relatos en revistas y suplementos culturales locales. Recientemente ha mencionado su interés en colaborar con un suplemento cultural de conocida importancia. 

 

 

 
 

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