Mujiks

“Si no te gusta la escuela no te preocupes, los Romero no han destacado ni se han interesado nunca en los estudios. ¿Cuántos de tus tíos y de tus primos han tenido carrera?” son palabras de mi padre, puestas por primera y única vez en mis oídos hace casi tres años. La reyerta de la noche en que dejé la universidad la primera de las dos veces, se ha ganado un sitio en los anaqueles de mi memoria. Estaba ebrio, con ganas despiadadas de orinar, mientras mi padre me sepultaba con el sermón esperado para una decisión que en aquel entonces consideraba límite. Pienso en ello en la depuración de una caminata que realizo un par de veces a la semana. Pasearse con apenas la caricatura como destino, por los rededores de mi morada, se ha convertido en un ejercicio poco definido que no cuenta con otro fin que el de poner las rodillas en marcha.

Por supuesto que la geografía del lugar le resta nobleza al acto; no es parecido a los parajes que trajinaba con pasos melancólicos Robert Walser: ni el fresco que recorre la nieve o bosques envolventes se presentan en mis peregrinaciones. Los páramos verdes, en apariencia bucólicos, esconden siempre vertederos donde sofás desvencijados o restos de pollo son abandonados por igual; en días el sofá es despojado del metal que guarece y el pollo que no es devorado por los perros se pudre y agusana trazando un radio intransitable por el lugar. Mascotas hinchadas por gases mortecinos son arrojadas en la oscuridad por sus amos anónimos, y residen a la intemperie hasta que un vecino se aventura y vacía cal sobre la bestia. Pascual Alcocer Vega es la última línea de asfalto en esta zona de la ciudad; la misma que recorren grupos ñañús para llegar a sus chabolas tras un cerro de San José el Alto, donde más de una vez he sido desafiado por jóvenes envueltos en los vapores del PVC.

Como he comprendido, las alternativas en las rutas son escasas, y me atrevo a transitar las zahúrdas malolientes que introducirme en las callejuelas de Villas de Santiago; dejo a los vecinos con sus tubas y acordeones; que recorran las banquetas con sus chancletas y atuendos color pastel. En lo más elevado, en la falda de la colina donde nada más puede construirse, admiro los fraccionamientos. Los minicomponentes detonan, los perros desfallecen en su líquido fecal y las familias se arrodillan ante el látigo de las telecomunicaciones, esforzándose para mantener la pobreza que les envuelve; cometiendo un crimen contra ellos mismos cuyas dimensiones y consecuencias no alcanzarán nunca a divisar.

Sin darme cuenta encuentro que Chejov me acompaña. Tuerce el labio al ver lo que he visto. “Es cierto que hay miseria, pero hay miserias y miserias –lo dice recordando uno de sus relatos–. Lo es, en realidad, y que Dios nos libre de ella, por ejemplo, estar en la cárcel o carecer de piernas o brazos. Si por el contrario, uno goza de libertad, tiene sano el juicio, los ojos y no le faltan miembros ni fuerzas, estar en la miseria es por culpa propia, es desidia y gandulería, señor, y no otra cosa.” Asiento con Chejov y le digo que tiene razón. Se acomoda el saco y el monóculo y le digo que siga acompañándome. “Aquí también, Antón, en esta, mi época, tenemos lo que en tu tiempo se llamaban mujiks. No son campesinos, pero conservan, y quizá en mayor grado, aquella insolencia que tú muy bien has descrito hace ya tantos años.” Él tose un poco, toma algo de aire y ambos, en calma, bajamos la colina de regreso a casa.  

 

 

 



Félix Romero (Querétaro, 1989) ha publicado crónicas, artículos y relatos en revistas y suplementos culturales locales. Recientemente ha mencionado su interés en colaborar con un suplemento cultural de conocida importancia. 

 

 
 

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