Una nada sensata lección sobre escritura

Aunque intuyo que mi propuesta alarmará a casi todos los lectores, además de poner mi juicio en duda, no encuentro ni considero mejor recurso para revelar algo de la escritura y su misterio, que unas notas dedicadas a lo que ocurre justamente cuando no se escribe. Entonces, con toda seguridad de decepcionar pero sin ser este el objetivo, inicio un recorrido por un sábano en apariencia ordinario.

Por la mañana, lo primero que veo es mi librero desdentado y con ejemplares que no terminé o de los que ya no recuerdo nada. Es lo primero que veo en las mañanas y tiende a deprimirme, por lo que no dedico mucho tiempo a ello.

Después de un desayudo –café tibio y un bollo de Acámbaro– enciendo la computadora y busco ilustraciones de Adrian Tomine; luego busco un artículo de Richard Ford para después buscar fotografías de él, joven. Mis pesquisas me llevan a una foto junto a Raymond Carver; en ella, Ford sostiene a un Carver de aspecto enfermizo, aunque sonriente; un fantasma prematuro.

En la cocina preparo más café con el sedimento del día anterior. Para eso Hugo, uno de los compañeros de departamento, ya ha llegado de sus labores. Le invito un café que bebemos en la sala. Él habla casi todo el tiempo. Me explica sobre procesos industriales y además me enseña las fotografías de unas máquinas que vio en una destilería en Tequila, Jalisco. También de sus chicas. En eso pasa casi una hora, o más. Hugo es ingeniero.

Vuelvo a la cama para revisar mi teléfono. Como cualquier otro día no tengo llamadas ni mensajes. Por lo que escribo uno a Daniela. “Dime, ¿estas libre esta noche?”. No me responde. Sé que no lo hará y no puedo culparla. Sin embargo, pienso en lo que me dijo hace un par de días. Ella dijo que estaba libre el sábado y yo le había prometido no hablar de libros ni de los Arctic Monkeys; yo iba a mantener esa promesa, carajo si no.

Es desaire es interrumpido por Enrique, el otro compañero del departamento, que me pide la renta. Se me había olvidado, así que le doy quinientos pesos y le digo que el lunes tengo el resto. No le queda opción más que creerme. A mí tampoco.

Enciendo nuevamente la computadora y busco algunos certámenes y convocatorias. Veo dos que me interesan pero una cierra en un día y la otra en tres. Se me revuelven las entrañas al saber que se ha esfumado la posibilidad de tener dólares o euros entre mis dedos. Anoto uno sobre crónica y plasmo el enlace en un documento.

Vuelvo a la cocina dispuesto a comer; un plato de sopa acompañado con un guiso fugaz, y por lo tanto anodino, me mantienen de pie un día más. Luego me distraigo en el balcón –que es también un tendedero– a ver un rato eso del exterior; no fumo, pero si lo hiciera sería en ese lugar y momento. Atisbo a una manada de adolescentes que moran torno a las canchas. Luego avisto al mudo de pelo cano acompañado de un par de carcamales. Por lo menos hoy, así se ve San Roque.

Anochece y no tengo nada que hacer ni ganas de llamar a mis pocos amigos. Entonces decido ir al centro en mi bicicleta solo para ir a ver. Son la nueve y cuarto. Antes de salir solo me cambio los tenis y salgo con mi ligera camisa blanca. Recuerdo que a Enrique le rompieron la nariz antes de asaltarlo, aquí, a ridículos metros del departamento. Por ello dejo mi teléfono. Si un criminal quiere romperme la nariz por lo menos tendrá que ser rápido, o muy estúpido para perseguir una bicicleta; ya ni los perros persiguen bicicletas.

Pedaleo y me convierto en un relámpago que va del puente de los Alcanfores al templo de la Cruz en un tiempo que todavía me sorprende. En el centro veo demasiada gente. Creo que no había visto tanta, por lo que voy a pie un tramo por el riesgo de llevarme entre las ruedas a un niño o un anciano; eso tiene la temporada vacacional: aumenta el riesgo de arrollar a niños y ancianos. En el camino me pitan. Es un colega, Memo, que solo alcanza a decir mi nombre y yo el suyo. También, cercano a Plaza de Armas, veo a una joven hermosa. Ella no me ve pero sí su hermano o pareja. Al verme, con la camisa desabotonada y con mi pecho subiendo y bajando por la agitación, la toma de la cintura y caminan en otra dirección. Otra vez, no lo culpo. Llego al templo de la Cruz y me doy cuenta por qué no iba: me parece sucio, triste y repelente, por lo que vuelvo a casa de inmediato.

Entro a los condominios con los músculos tensos por el esfuerzo y cargo sin quejas mi bicicleta hasta el tercer piso. El dinero dado a Enrique solo me ha dejado unas cuantas monedas en mi poder. Carajo, nunca me había sentido tan libre y tan pobre. “Voy a ser el primero de mi grupo en titularme y voy a celebrar tomando agua con hielos”, eso le digo con toda sinceridad a Enrique que me ve contando mis monedas mientras cocina: es así porque gasté mi último billete en un par de piezas de pan dulce para completar mi próximo desayuno. Aun así salgo por una cerveza que todavía creo merecer. Frente al refrigerador de un A LA MANO me doy cuenta que me va a faltar un peso. Asustado, le digo a la señora que me atiende que me permita pagarlo después. Aunque algo avergonzado no tengo intenciones de soltar mi Heineken. ¡Un peso! Ya no cabe duda, soy yo un desgraciado.

Enciendo por última vez mi computadora y envió mi colaboración de la semana al único editor de carne y hueso que conozco. Se llama David. Me lo he tomado enserio y envío cada semana mis cuartillas que creo solo él lee; él y mis pocos amigos que saben que me he dedicado a esto, a esto de explicarme las cosas más de una vez. Una de las últimas colaboraciones es una crónica extensa. “¿Quieren literatura? Allí les van diez cuartillas de ella”. Ese soy yo, desafiando nuevamente a las sombras.

Después tomo un baño y me doy cuenta que esa sería el lugar y la forma en la que me gustaría morir: tomando un baño caliente; allí, en el minúsculo baño, me suicidaría; casi hasta tiene las dimensiones de un féretro en vertical. Al terminar me visto con una camiseta y un pants, descalzo. Así entro a la cocina para cenar café –esta vez con leche– y otro bollo de Acámbaro; hoy no me tomaré esa cerveza, pensar en el suicidio me ha dejado fresco y satisfecho.  

Lo bebo en la sala y reviso mis cuadernos de notas. Tengo dos: uno para mi novela y otro para todo lo demás. Me doy cuenta que los he confundido y una vez más mi logística queda estropeada. Por fin, vuelvo a la habitación para no salir hasta el amanecer. Voy a la cama con un libro de Philip Roth “Zuckerman Desencadenado” solo para revisar las líneas que subrayé; lo hago como acostumbro, con mi habitación iluminada por mi lámpara de escritorio; es algo que me relaja de inmediato.

 

La primera dice:

 

 “-Deja de organizarme encuentros con intelectuales. Yo no soy capaz de pensar tan deprisa”.

 

Otra más:

 

“-No lo intente– dijo él. –Si su vida consiste en leer, escribir y mirar la nieve acabará  usted como yo: treinta años de fantasía”.

 

La última:

 

“Hasta el propio juez lo sabía: la historia de la literatura es, en parte, una sucesión de novelistas insultando a sus compatriotas, su familia, sus amigos”.

 

Suspiro; por lo menos la tópica de insultar me sale muy bien.

Después tomo un libro que ya he leído muchas veces. “El guardián entre el centeno” y elijo un capítulo al azar, en donde Holden Caulfield habla sobre los patos y peces de Central Park con un taxista. Me hace reír y con ello algo ocurre. Para esto es la una y media de la madrugada.

Sin prisa tomo mi cuaderno de notas y empiezo “Todo lo tengo frente a los ojos”. Y minutos después: “Por la mañana, lo primero que veo es mi librero desdentado y con ejemplares que no terminé o de los que ya no recuerdo nada”. Y ya estoy escribiendo, sí, párrafos cortos, fugaces e inconexos, pero esto tomará forma o será desechado después. Es algo que no se sabe nunca.

Más o menos es todo lo que tiene que pasar antes de ponerme a escribir. No me preocupa. Mañana todo volverá a ser diferente y esa es quizá la única lección en la que creo: que mañana todo volverá a ser diferente. Por fin puedo ir a la cama y, en calzoncillos entre las mantas, recuerdo otra frase de un personaje de Roth: “Sin paciencia no hay vida”. Y antes de cerrar los ojos me digo: “Maldita sea, sin paciencia no hay nada”.

Como han podido ver, estos acontecimientos, en su conjunto, no son situaciones recomendables ni mucho menos nada para presumirle a nadie en absoluto. Aún con ello, y creo no equivocarme, es quizá la mejor muestra de lo que conlleva la escritura más allá de la faramalla y todos sus lugares comunes.

 

 

 



Félix Romero (Querétaro, 1989) ha publicado crónicas, artículos y relatos en revistas y suplementos culturales locales. Recientemente ha mencionado su interés en colaborar con un suplemento cultural de conocida importancia. 

 

 
 

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