Exequias

Como poseo un bolsillo desgraciado, costearme los ejemplares que añoro desde hace años es, hasta este momento, una entelequia más de la que deseo deshacerme. La moral que me atenaza hace imposible gastar más de doscientos pesos en un libro, sea cual sea este, sin importar los beneficios éticos y morales que pueda ofrecerme. El contenido de mis bolsillos, incapacita los músculos de mi brazo para extender el tan preciado billete verde, a las manos de un ganapán de librería para tener uno de los ejemplares codiciados; como soy tímido, no diré nunca los nombres de las novelas que se encuentran hasta ahora atascadas en la orilla de un horizonte que se niega a aproximarse. Como es de esperarse, tal dilema me mantiene en un estado atroz de ignorancia constante. No me malinterpreten, la tacañería no es la roca que estorba la conclusión de mis deseos: cualquiera en mi situación optaría por gastar el dinero en una semana de magnánimas comidas corridas; si la cantidad evocada sirve para evitar alimentarme como un perro, nada logrará convencerme de lo contrario. Sé también que algún fetichista de las máquinas encontrará una salida sencilla a mis problemas, apuntalando que la extensa biblioteca de la red resolvería aquel conflicto. Parco, le contestaría que lo que me interesa es la literatura, no la jodida mercadotecnia.

Por lo tanto, para desarrollar un oficio, que en la actualidad solo trae más que desprestigio y casi ninguna seguridad monetaria, he tenido que recurrir a la desdentada biblioteca del estado. Si digo desdentada, es porque carece de los títulos que actualmente me interesan; dicho de otra manera, se encuentra lo de siempre; desde el icónico Cervantes hasta los costosos y poderosos títulos de Philip Roth, y entre ellos lo más común de la literatura universal. Más de un académico arqueará el ceño y se rascará su polar barba al advertir que mis quejas no tienen fundamento, que aquellos títulos bastan para consumir una vida entera. Sin duda comparto en parte estas sospechas: sé que aquellos títulos obsequian elementos invaluables para hacer de los hombres algo más que una canasta de escoria. Y aunque la veleidad de mi temperamento añore otros títulos, el escueto bolsillo que cuelga a mi costado, me lanza a tomar los ejemplares más diversos para escuchar lo que aquellos hombres tenían que decir del mundo.

No todas mis visitas han recaído en conflictos inútiles con los encargados o con los espectáculos desoladores que se llevan a cabo en una soleada explanada; de esto último aún guardo el nítido recuerdo de una vulgar coreografía, que un cúmulo de reses perfeccionaban para un concurso televiso. También he sido testigo de eventos mucho más benevolentes para mis ánimos, y en una ocasión, casi un milagro de irrepetible solvencia, un grupo de danza árabe, nada menos que jóvenes de hermoso y desnudo vientre plano, tomaron el pasillo sombreado que me llevaba a las estanterías de árboles muertos. Eso fue todo. Lo demás que he presenciado por los pasillos, son estruendosos eventos mercantiles y extensas filas de viejos formados para recibir un cheque miserable: la recompensa por haberse sobrepuesto años y años a los escollos del subdesarrollo.

En una entrevista Truman Capote argumentaba que era capaz de concluir una novela normal en un par de horas. Nunca explicó qué era una novela normal, pero imagino que el norteamericano podía pasar por sus córneas unas trecientas páginas en el tiempo predicho. Como no comparto semejante voracidad, sumando a esto que soy distraído, tengo que peregrinar semanalmente al establecimiento para tramitar una renovación. Los encargados de hacer la maniobra que me dará cinco días más el mamotreto, son mozalbetes universitarios, que realizan su servicio social vigilando la entrada y salida de objetos que poco o nada les interesan; así es como estos universitarios, soldados del saber, retribuyen con su conocimiento a sus compatriotas: recibiendo libros y ordenando papeletas en oxidados archiveros. Con otro puñado de insuficientes días para leer con cautelosa paciencia, salgo del edificio camino a casa. Para acudir a la espera del transporte público, como se les llama a los tétricos establos móviles, tengo que pasar al lado de una funeraria. No ha habido ocasión en que no me encuentre con una multitud de rostros taciturnos, algunos aún estupefactos por la sorpresiva tragedia, y otros luciendo una tristeza envidiablemente serena. Por lo que cada una de mis visitas equivale a un féretro camino al cementerio. ¿Cuántos muertos llevo? Quisiera precisarlo pero he perdido la cuenta. ¿Qué no advertí antes que era distraído?

 

 

 



Félix Romero (Querétaro, 1989) ha publicado crónicas, artículos y relatos en revistas y suplementos culturales locales. Recientemente ha mencionado su interés en colaborar con un suplemento cultural de conocida importancia. 

 

 
 

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