Moradas

A escasas manzanas de la puerta de mi casa, se ubica la colonia Unidad Nacional. Un lugar en donde los nombres de las calles tienen títulos como Concordia, Lealtad, o Del Pueblo, quizás deliberados para evitar que el voraz canibalismo acabe con los vecinos. Es una zona pobre, miserable sin eufemismos, en donde los transeúntes más comunes son sexagenarios camino a sus empleos de guardias de seguridad, mujeres maduras que jalan sus diablitos camino al tianguis más cercano y jóvenes supersticiosos, que se infunden rudeza al ser halados por sus musculados y jadeantes pitbulls. Territorio que en las madrugadas atemoriza a los taxistas, que se niegan a adentrarse en sus calles empedradas y silenciosas. Al sur de la avenida principal, apoltronado sobre una iluminada y transitada avenida, se yergue un Asturiano: el abrevadero al cual se acude para mercar el licor que inunda las calles los fines de semana. Cada par de meses los encargados de administrar el oasis, cambian de sexo, de edad y de rostro, pero lo que se mantiene con fijeza ceremonial, es que a las diez en punto de la noche, los empleados se encarcelan tras unos azules barrotes, para evitar las zarpas de la rapiña hasta el final de la jornada. Tal suceso, provoca que una sedienta multitud se comprima junto a las rejillas, donde los atiende un mozo que nunca tiene más de diecisiete años. La escena es de tal calaña que llega a sugestionar con las imágenes de los campos de refugiados, que se abalanzan desesperados ante un cargamento de medicinas o alimentos. Así que mientras se espera el turno de pedir su producto, se puede distraer viendo una serie de casas, construidas con temeridad sobre los costados de un cerro, casi un acantilado. Y si uno sube más la cabeza, podrá ver la carretera que lleva a San José el Alto, otro sitio periférico que suministra empleados sumisos a las infames corporaciones, las mismas por las que apuestan nuestros gobernantes. Allí vive un amigo, un antiguo miembro de la comunidad universitaria, que fue expulsado de ella por las pésimas condiciones de su estado académico. Un conocedor de drogas de todo tipo, pero el uso de estas, lo han incapacitado para poder transmitirnos su vasta sabiduría y sus balbuceos son apenas entendibles. Por esa carretera, que llega a los confines de la ruralidad, se alcanza a ver la gran capital. La vista basta para divisar hasta los fraccionamientos más recónditos desplegados sobre la abrasadora planicie del bajío mexicano.

Mi colonia no es muy diferente a la primera mencionada, pero me es evidente que su deterioro no es comparable; aquí las fachadas muestran que los dueños se dan el lujo de gastar unos cuantos pesos en embellecer sus moradas, y los autos, nunca nuevos, pero sí de aspecto respetable, gritan que aquí algún vestigio de la clase media, sobrevive. Hay datos que sostienen esta hipótesis. Cuando salgo de casa, advierto que en las pequeñas ratoneras de cemento, las delgadas pantallas de televisión adornan la sala; e incluso he visto a más de uno manosear una sofisticada pantalla con sus dedos analfabetos. El inofensivo espionaje que realizo, no corresponde de ninguna manera a alguna impopular perversión, sino al simple hecho de motivarme a conseguir una vida diferente. Si salgo a dar un par de vueltas a mi colonia para ver las clases vidas que llevan los vecinos, es porque al verles después de llegar de sus comunes empleos, con sus cuerpos vulgares empotrados en un sofá presenciando telenovelas, o descargando una costosa despensa para sus hijos repelentes y glotones, sé que el sinuoso sendero que he elegido para mis pasos, es a leguas mucho más estimulante. Solo he maquilado charlas con un puñado de ellos; charlas mundanas, de las que no tiene importancia o mérito alguno, rememorar.

Nunca he sido víctima de ningún atraco y ninguna maldad de estimada jerarquía ha tocado mi puerta. Evento anormal, impropio para los habitantes de la calle Santiago de los Valles, a los que han despojado de variados electrodomésticos, cortado y robado el cobre de sus tuberías o atentado contra los cristales de sus autos. Por lo que es común ver a las compañías de seguridad lucrar con las listadas desgracias, rodeando las madrigueras con cables de alto voltaje o con vigorosas alarmas, listas para lanzar aullidos cuando el intruso se encuentre presente. Y si se caminan más de cinco minutos siguiendo la calle, se llega a donde la flora recobra vitalidad. Un sitio al que la tormenta del progreso no ha pisoteado ninguna flor ni escavado una sola zanja. Más allá solo hay un conducto vial poco transitado por el que apenas conducen los largos vehículos transportistas.

He paseado por allí hace unos días, percibiendo los aparatos topográficos urdiendo el futuro que le espera a este verde yermo. Los que los manipulaban eran simples peones que utilizan los ingenieros y arquitectos para evitar que el sol machaque sus rostros. Si de algo servía un título universitario, era para evadir las insolaciones y las manifestaciones de la intemperie sobre sus pieles especializadas. ¿No eran así las ideas que los padres inoculaban a sus hijos, para motivarlos a arrinconarse en las aulas? Si se estudiaba no se tenía por qué sufrir, no señor. Miles de iletrados cederían sus manos para realizar aquellas faenas poco glamorosas, de las cuales no habrá nada digno de presumirse. Las imágenes atisbaron mi encéfalo con lo que con seguridad se presentaría, sin remedio posible, como el futuro. En unos meses escucharé los trinos de las excavadoras triturar la superficie, preparando la tierra para que los futuros pitbulls prosigan sus funciones fetichistas. Será un lugar donde las manos obreras organizarán nuevos gallineros que serán asaltados por las nunca saciadas comadrejas. Los niños vendrán con las nuevas residencias, y las despensas serán la obligación ineludible de cada semana. Y yo, seguiré merodeando por sus calles para persuadirme de que mi vida no es aún una total desgracia.

 

 

 



Félix Romero (Querétaro, 1989) ha publicado crónicas, artículos y relatos en revistas y suplementos culturales locales. Recientemente ha mencionado su interés en colaborar con un suplemento cultural de conocida importancia. 

 

 
 

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